París: las lágrimas y algo más

 

Se le atribuye al primer rey borbón de Francia, Enrique IV, la famosa frase de “París bien vale una misa” (1589), al culmen de su conversión del protestantismo calvinista al catolicismo romano. Sus tiempos y contextos merecen ser recordados. Las guerras de religión asolaban Europa y a Francia en particular, prolongándose desde el siglo XVI hasta 1715 pese a la Paz de Westfalia (1648). Esta fue suscrita por 300 Estados diferentes con fronteras e identidades en disputa que buscaban destruirse los unos a los otros. Los últimos 30 años que precedieron a la Paz de Westfalia –conocida como Guerra de los 30 Años- se equipara, en su devastación como conflicto de ropaje religioso, con las dos guerras mundiales pues las cifras indican el aniquilamiento brutal de más del 25% de la población de los territorios del Sacro Imperio Romano. Esta era la Europa –hoy civilizada, culta y democrática- de hace 500 ó 300 años.

Por entonces, los soldados católicos de un rey católico, Carlos V, arrasaban con Roma en lo que históricamente se conoce como “el saqueo de Roma.” La Inquisición, en sus dos períodos, –antes y después de la Reforma Protestante- torturaba y masacraba a cientos y miles. En París, en 1572, en la histórica Noche de San Bartolomé, miles de protestantes calvinistas eran brutalmente asesinados, extendiéndose semejante carnicería por el resto del país. Eran quemados en la hoguera, pasados a cuchillo, ahorcados o decapitados, mujeres y hombres por igual. ¿Quiénes eran entonces “los bárbaros y salvajes”? ¿La Europa de estas prácticas genocidas o el mundo islámico de Suleimán el Magnífico, donde musulmanes, cristianos y judíos vivieron un largo período de tolerancia y convivencia pacífica?

Cuando la evolución histórica y sus revoluciones convirtieron a París y Europa Occidental en lo que son hoy, el nazismo estuvo a punto, en agosto de 1944, de volar en pedazos puntos claves de esta Meca de la cultura occidental antes de batirse en retirada. En ese famoso libro de Collins y Delapierre y en el filme que le siguió en los años 60, ¿Arde París?, se documenta brillantemente el fallido plan hitleriano.

El Estado Islámico (ISIS) ahora acomete el mismo encargo pero, con otras características, en otro contexto y con “mejores” resultados. El mundo Occidental “en estado de shock” se conmueve y llora ante la barbarie, enarbola amenazas y contragolpes demoledores; el desquite, la xenofobia anti-árabe y asimilar el terrorismo con el Islam, alcanzan el clímax.

La asimetría de esta III Guerra Mundial –caracterización formulada por el papa Francisco por primera vez durante su visita a La Habana- no acaba de ser comprendida. Mientras los aviones franceses y sus soldados arrasaron, a sangre y fuego, con los yihadistas de Mali y el sur de Argelia, haciendo otro tanto en Libia y ahora contra los baluartes de ISIS en el Medio Oriente –precedidos, acompañados y sobrepasados por Estados Unidos desde Afganistán, Iraq y Siria- ocasionaron un monumental costo humano que se describe e intenta disculpar bajo la fórmula de “daño colateral”. Término este edulcorado para disminuir o atenuar los impactos emocionales.

Lo que vivimos hoy es una variación ampliada de la Noche de San Bartolomé, en otra envoltura, solo que esta vez se extiende desde las montañas del Hindu Kush hasta los Montes Atlas, desde la Mesopotamia hasta el Sahara, y cuya contornos trágicos y peligrosos nadie se detiene a razonar en sus causas y consecuencias reales.

De un lado los F-18, los misiles cruceros, las “bombas inteligentes” y los drones; del otro lado, las bombas caseras “no inteligentes,” los AKs, cuchillos y pedradas, y las tácticas terroristas que, naturalmente, deben golpear también las metrópolis a fin de debilitar la voluntad y firmeza de las políticas de intervención, guerras y genocidio. ¡Qué espectáculo más horrendo el de cortar cabezas o meter bombazos! Hiere la sensibilidad de la cultura occidental y su maquinaria mediática.

Nadie recuerda ya, o no quieren recordar, los bombazos de las OAS compuesta por franceses muy cultos, ni tampoco los cientos de patriotas argelinos y marroquíes decapitados por Madame La Guillotine hasta los años 60. Nadie tiene la más mínima idea de cuántas decenas de miles de civiles inocentes han sido víctimas de la parafernalia bélica e inteligente de la cultura occidental en estas últimas décadas. Los muertos en la muy educada cultura occidental de hoy se pagan ante los tribunales mientras en otros mundos y culturas en estadíos históricos diferentes –similares al París del siglo XVI- se pagan mediante la venganza colectiva y el conflicto comunalista. No se quiere entender éstas y otras muchas dimensiones de mundos y contextos desiguales que escapan -¿por ignorancia o manipulación?- a los titulares mediáticos de Occidente y a las declaraciones y amenazas solemnes de los estadistas.

Esta guerra entre ambas latitudes se expresa de esta manera brutal y total, donde cada cual mata a partir de su cultura y nivel tecnológico, agudizándose con cada golpe que debe ser reciprocado. Una matanza a machetazos en África, Asia o América Latina resulta chocante a la sensibilidad visual; un piloto en un F-18 aprieta un botón, suelta, sin cargo de conciencia y con absoluta impunidad, su carga mortífera y ni siente ni padece lo que pueda ocurrir 30 mil pies más abajo, sea sobre un supuesto objetivo militar o una población indefensa.

Rastrear los orígenes de esta guerra es un ejercicio necesario y riguroso, donde debemos desechar simplificaciones, estereotipos y manipulaciones. Son muchos sus capítulos desde las políticas coloniales, “la cuestión del Oriente”, el acuerdo Sykes-Picot, la Declaración Balfour, las particiones arbitrarias, las guerras en el Medio Oriente desde 1948 hasta nuestros días, los contextos históricos desiguales, la diversidad de componentes étnico-confesionales, el petróleo y otros muchos episodios. Pero la fase actual de esta guerra interminable apenas comienza. Mientras, seguiremos abrumados por las lágrimas de todos, y no sólo de París, alentados por la repetición ad infinitum de mensajes fabricados para condicionar estados de ánimos y conductas entre los cultos de Occidente frente al “terrorismo islámico.” Todos estamos obligados a interpelarnos ante semejante peligro.

Sin embargo, cabe la siguiente pregunta. ¿Es posible aportar una solución a este conflicto? En mi opinión, lo único razonable sería que las partes foráneas y extrañas se abstengan de cualquier interferencia, de cualquier bombardeo “inteligente”, de cohetes cruceros y todo lo demás. Los muertos que causan, en su mayoría no combatientes, multiplican los odios y las venganzas, y ofrece argumentos para continuar culpando a ése Occidente de sus males mayores.

Resulta necesario dejar a los actores locales, sin acudir a los estereotipos de buenos y malos, ventilar sus diferencias y conflictos en sus respectivos contextos socioculturales y políticos, y esperar que lo hagan con respeto y atención. Únicamente sus dinámicas internas, propias, las que nacen de sus raíces, sin injerencias culposas, serán las que determinarán el curso futuro de su historia, de su identidad. Y entonces, tras ventilar sus poblaciones diversas, por ellas mismas, sus conflictos y evolución histórica, será posible que Siria o Iraq, y los kurdos sin nación, Yemen o Arabia Saudita, y otros, cristalizarán o no como naciones o como fragmentos balcanizados.

No fueron las invasiones alemanas las que pusieron fin al conflicto entre católicos y protestantes e hicieron llegar la Belle Epoque. No olviden la frase famosa de un brillante político al producirse la unificación italiana en la segunda mitad del siglo XIX: “Ahora lo que nos hace falta son italianos”. Tampoco fueron los rusos los que unificaron a Alemania a base de cañonazos en 1871. No olvidemos que hace apenas unos años vimos desintegrarse, a sangre y fuego, y por medio de intervenciones extrañas, a la propia URSS y a la unidad yugoslava urdida en Versalles, en 1919. ¿Y de dónde salió Bélgica que todavía hoy padece los peligros de la división comunalista? ¿Y qué fuerzas y conflictos amenazan la unidad multinacional del Reino Unido y de España?

Resulta evidente: dejen a los árabes hacer su propia historia, una arquitectura propia de sus destinos, con sus valores y recursos. Será doloroso el parto, como lo fue, en sus tiempos respectivos, en todas partes.

La modernidad o post-modernidad de la que tanto algunos hablan, no se adquirió en Galerías Lafayette o El Corte Inglés; nacieron a sangre y fuego, como resultado de procesos y actores muy diversos.

Sobre los autores
Domingo Amuchástegui 31 Artículos escritos
(La Habana, 1940). Licenciado en Historia por la Universidad Pedagógica. Máster en Educación por la Florida International University. Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami. Fue Jefe de Departamento en el Ministerio de Re...
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