Pasado, presente y futuro de la izquierda en América Latina

(…) la democracia es el peor de todos los sistemas, prescindiendo de los demás.
Winston Churchill. Discurso pronunciado ante la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947.
Citado por: Biglino Campos, Paloma: No es solo la representación, sino también el control (1).

Todavía tengo frescos en mi memoria aquellos momentos de finales del siglo XX y principios del XXI cuando, uno tras otro, fueron ocurriendo procesos electorales en nuestra región que llevaron al poder a gobiernos de izquierda. Unos más radicales que otros; unos más vociferantes del término socialismo; unos más autoproclamados socialistas; pero todos con programas políticos y una manera de gobernar diferente a la que se había conocido en la época de esplendor del neoliberalismo durante los 90. De repente se puso de moda en muchos medios de prensa y círculos académicos una frase del presidente de la República de Ecuador, Rafael Correa, acerca de que estábamos “viviendo un cambio de época y no una época de cambios”. Hubo, incluso, quien se ilusionó con gobiernos que tal parecía seguirían los vientos izquierdistas, pero al final eso no ocurrió, por ejemplo, ni en el Perú de Ollanta Humala, ni en el Chile de Michel Bachelet.

América Latina había vivido durante la última década del pasado siglo, la proliferación de gobiernos de ultraderecha que aplicaban, sin vacilación alguna, las recetas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Esto trajo consigo la aplicación de medidas económicas orientadas, sobre todo, al recorte del gasto social, lo que generó una fuerte repulsa en los estratos más pobres de las sociedades de cada país. Paralelamente, se fueron fortaleciendo, en todos los órdenes, una serie de movimientos sociales y partidos políticos de izquierda, que se mostraron como la alternativa para lograr una distribución más equitativa de la riqueza nacional y lograr, así, mayor inclusión social.

De esta manera, comenzaron a acceder al poder una serie de personalidades y fuerzas políticas, estas últimas más o menos heterogéneas en su composición según el caso, que, basándose en un fuerte nacionalismo, proclamaron nuevas fórmulas para gobernar. La primera victoria de la izquierda, y a su vez la más radical, ocurrió en Venezuela con la llegada al poder de Hugo Chávez Frías, en 1999. De inmediato comenzó un fuerte proceso de nacionalizaciones, sobre todo de la industria petrolera (principal recurso económico del país), orientadas a aumentar el gasto social y redistribuir mejor los ingresos.

Luego del caso venezolano, en otros países ocurrió algo similar. Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Uruguay, e incluso Paraguay y Honduras, fueron gobernados o aún lo son, por la izquierda. No obstante, este momento de esplendor, la realidad también indicó, desde un inició, que el sostenimiento en el poder de esas fuerzas no sería fácil. Estaba claro que la llamada burguesía latinoamericana no se quedaría cruzada de brazos; máxime cuando siguieron conservando el control de amplios recursos económicos, políticos y mediáticos.

Además, quizás el principal escollo al que ha tenido que enfrentarse la izquierda, es la forma por la que ella misma llegó al poder: la vía electoral. Incluso después de la adopción de nuevos textos constitucionales (Bolivia, Ecuador y Venezuela), se han mantenido en vigencia una serie de “reglas del juego” que implican la coexistencia de disímiles partidos y fuerzas políticas, así como de herramientas jurídico-constitucionales que pueden servir para cuestionar, e incluso para dar por terminada, la gestión del gobierno.

Dadas las actuales circunstancias, en donde ya no todo es color de rosa para la izquierda, los procesos más o menos revolucionarios, radicales o de cambios profundos (úsese el término que más convenga a cada quien), no han podido romper del todo con las estructuras políticas, económicas y sociales anteriores a su llegada al poder. Y es que, para impulsar una verdadera revolución social, llevándola hasta las últimas consecuencias, o se quiebra con lo “viejo” y se le sustituye por lo “nuevo”; o se corre el riesgo de perderlo todo en el mediano o largo plazo. Sencillamente no ha ocurrido una transformación política de fondo, mientras que los sucesos más recientes y la historia demuestran que en estos extremos no pueden existir medias tintas.

Recuérdese como ejemplo de todo esto la carta de Lula da Silva a los brasileños en 2003, cuando asumió la presidencia por primera vez, donde les manifestaba que cumpliría con los compromisos asumidos con el FMI(2). En definitiva, la izquierda latinoamericana solo ha sido, bien en el poder o bien luchando por él, una alternativa política, y al coexistir con otras estará siempre sujeta a requerimientos de la oposición y de sus propios seguidores.

La realidad ha demostrado que tales circunstancias operan como un coctel molotov. Por una parte, la derecha continuará haciendo todo cuanto esté a su alcance por reconquistar el poder. El que haya pensado lo contrario en algún momento cometió un grave error. Para ello acudirá tanto a métodos sucios e ilegítimos como a determinados mecanismos de control sobre los poderes públicos absolutamente legales. Sirva de ejemplo de esto último los procesos de juicio político (impeachment) contra Fernando Lugo, en Paraguay, o contra Dilma Rouseff, en Brasil. Incluso, pudiera ocurrir que instrumentos jurídico-constitucionales implementados por los propios gobiernos de izquierda sean empleados en su contra, como la presunta utilización del referéndum revocatorio en perjuicio de Nicolás Maduro, en Venezuela.

De cualquier forma, y esto es algo que me parece esencial aclarar dada la vulgarización del término en muchos medios de comunicación, en los casos brasileño y paraguayo no han ocurrido “golpes de estado parlamentarios”, pues estos no existen. Sencillamente se ha hecho uso de un instrumento de control de los poderes constituidos, mediante el cual el legislativo ha sometido ante el máximo órgano judicial, a los ejecutivos de esos países. En ambos casos, el punto de partida fue la obtención de una mayoría de escaños en el parlamento por fuerzas políticas opuestas a esos presidentes.

¿Qué se han tergiversado los hechos para impulsar esos procesos? Es cierto ¿Qué se ha manipulado a la opinión pública? También es verdad ¿Qué detrás de todos estos sucesos se esconden oscuros intereses? Sigue siendo cierto. Pero de ahí a catalogar lo que ha pasado como un “golpe de estado” hay una gran diferencia; solo se podría tolerar el uso de esos términos como un peyorativo político. No puede considerarse como tal a procesos que han ocurrido mediante el empleo de instrumentos reconocidos por el ordenamiento jurídico, y tolerados políticamente en su existencia por el propio gobierno. ¿Acaso catalogaríamos como golpe de estado un referéndum donde se destituya al presidente de Venezuela, cuando este sea promovido por el parlamento y cuyos resultados definitivos dependerá del pueblo?

Continuando con la idea central, no puede soslayarse el hecho de que como todos los gobiernos del mundo, los de izquierda también cometen errores. Lo que ocurre es que estos, en un contexto de confluencias de varias fuerzas políticas que disponen de todo tipo de recursos a su disposición (incluidos los que el propio ordenamiento jurídico les reconoce), pueden estar constantemente sobredimensionados en su alcance y consecuencias.

Además, en muchos casos una vez en el poder la izquierda no ha sabido mantenerse cerca de sus bases populares, así como tampoco ha logrado mantener a las mismas en constante estado de movilización. En estas condiciones, muchos de los movimientos sociales que llevaron al poder a figuras como Evo Morales, Rafael Correa y Dilma Rouseff, perdieron vitalidad. Incluso, en algunos casos, se han distanciado de esos gobiernos, entre otros factores, debido a la excesiva burocratización y la corrupción.

Parafraseando a la propia Dilma, ella es presidenta porque 54 millones de brasileños así lo decidieron; pero aún esos millones no han salido a las calles pidiendo que retorne a la presidencia. En este caso, también vale destacar la desunión interna dentro del propio Partido de los Trabajadores (PT). No olvidemos que diputados de esta organización han apoyado, y continúan haciéndolo, la salida de Dilma de la presidencia. Evo Morales fue reelecto presidente de Bolivia en 2015 por el 60% de los electores; sin embargo esos mismos votantes no lo apoyaron en el referendo constitucional para aspirar a la reelección indefinida. La revolución bolivariana en Venezuela ha entregado más de un millón de viviendas para personas que anteriormente vivían en pésimas condiciones; no obstante desde esas mismas casas se grita en contra del gobierno ante la escases. Los hechos hablan por sí solos, y queda probado que muchas veces los órganos más débiles del cuerpo humano son el estómago y el bolsillo.

Tampoco puede olvidarse que se trata de países con una fuerte cultura de la alternancia política, que cuando se produce el agotamiento de un modelo político sencillamente lo castiga optando por otro. Por ejemplo, resulta muy difícil convencer a sociedades habituadas a que los principales cargos del país estén sometidos a límites de tiempo en su gestión, de que apoyen proyectos políticos que intentan introducir fórmulas contrarias a esa cultura. A los primeros que hay que tratar de sumar a tales intenciones es a la propia base electoral izquierdista, algo que como ha demostrado el caso boliviano no siempre es posible en su generalidad. Otra evidencia de esto es que cuando un gobierno no demuestra ser del todo eficiente en la satisfacción de las necesidades básicas y cotidianas, en la primera oportunidad que las urnas brinden se emite un voto de castigo en su contra. El ejemplo obvio es Venezuela, con la actual composición de su órgano legislativo.

En fin, nos queda claro a todos que la izquierda latinoamericana ha tenido que gobernar, desde el principio, enfrentándose a poderosas fuerzas internas y externas. También lo es que nadie ha hecho más por la inclusión social y el mejoramiento de las condiciones de vida de millones de personas en este continente. Basados en los grandes ingresos económicos provenientes de la exportación de materias primas básicas, como el petróleo y los alimentos, en una época de precios exorbitantes para esos productos en el mercado internacional, la inversión social conoció niveles sin precedentes.

Pero tan cierto como lo anterior, es que su gestión gubernamental no ha profundizado los cambios impulsados por ella misma; al menos no lo suficiente como para romper con las viejas instituciones de poder y, aún más esencial, crear y establecer una nueva cultura política. No basta con la adopción de textos constitucionales verdaderamente revolucionarios, ni con el empoderamiento de la ciudadanía hasta extremos casi desconocidos. No es suficiente brindar más y mejores oportunidades a los que menos han tenido históricamente. Hay que destruir mientras se construye, y acceder al poder por la vía electoral parece que no es el camino para ello. Sigue siendo más difícil mantenerse que llegar, y el ejercicio de la política es, ante todo, una carrera de resistencia.

Notas:

1- Vid. CARBONEL, MIGUEL et. al. (Coords.) (2015). Estado Constitucional, Derechos Humanos, Justicia y Vida Universitaria. Estudios en Homenaje a Jorge Carpizo. Estado Constitucional. Tomo IV, Volumen I, México D.F, Universidad Nacional Autónoma de México (U.N.A.M), p. 283.

2- Citada por Boaventura de Sousa Santos en una entrevista concedida a Blanche Petrich, periodista del diario mexicano La Jornada, el día 23 de noviembre de 2015.

Sobre los autores
Raudiel Peña Barrios 17 Artículos escritos
(La Habana, 1988). Licenciado en Derecho por la Universidad de La Habana. Ha publicado artículos sobre varias temáticas jurídicas y políticas en revistas especializadas de Ecuador, Chile, Costa Rica y Alemania. Además, es colaborador de la Revis...
0 COMENTARIO

Dejar una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Puede utilizar estos atributos y etiquetas HTML:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

EditorialMedios en Cuba