La población negra cubana ante la denominada “cultura nacional”

La cultura nacional, fundada en el libre albedrío de la élite blanca, se traduce como la naturalización de la operatividad de las mentalidades colonizadas
Foto: internet

“[…] La raza no depende de nuestro albedrío, la cultura sí, y la “libre determinación” es lo que vale en nuestro tiempo.”

Gustavo Urrutia (1929)

 

El imaginario patriótico relata que un 20 de octubre de 1868 Pedro Figueredo socializó, en público, la letra del “Himno de Bayamo” o “La Bayamesa”. Realmente, la música y las estrofas habían sido compuestas un año atrás y “Perucho” no estuvo solo en ese empeño. Pero en las escuelas se continúa diciendo que el ilustre abogado, montado en su caballo, la redactó y al rato todos la entonaron con fervor. Nuestro Himno Nacional es un canto marcial de lucha anti-colonialista y de llamado a la redención perpetua. Días antes, el 10 de octubre, Carlos Manuel de Céspedes convocó a manzanilleros, bayameses y demás personas de otras jurisdicciones orientales, a tomar las armas contra el colonialismo español. En ese instante, Céspedes libertó de palabra a sus esclavos para incorporarlos como soldados a la lucha por la independencia de Cuba.

Octubre, un mes otoñal, aportó esas dos fechas como símbolos patrióticos de nuestra historia nacional y de la forja de una nación: un acto de rebeldía anti-colonial y un incidente cultural inspirador del amor eterno a la Patria. En el medio de ambos hechos estuvo la situación de los sujetos/as racializados/as como negros/as. No es mi objetivo cuestionar si Céspedes debió o no poner en libertad a sus esclavos mucho antes del 10 de octubre; ni tampoco me urge precisar si los/as negros/as, que estaban en Bayamo el día 20, cantaron con la misma pasión que la vecindad el himno redentor. Me interesa reflexionar cómo los significados de tales fechas históricas de la centuria decimonónica influyen todavía en las relaciones raciales entre cubanos.

 

“Ustedes son libres gracias a Céspedes”: los ecos del colonialismo mental

La cuestión de la esclavitud fue un problema muy discutido políticamente en la Manigua, ya que los principales jefes eran propietarios de riquezas materiales, contaban con humanos bajo su servidumbre, además de ostentar capitales culturales y simbólicos de alcurnia en la sociedad colonial. La visión de Franco (1950) explicó lo que pasaba por la cabeza de la mayoría de aquellos hombres: el miedo al negro seguía justificando la constante inferiorización de los/as sujetos/as esclavizados/as. Los blancos criollos de la clase dominante insular, al igual que los españoles, se consideraban una raza superior respaldada por el duplo privilegio de la vigencia del régimen esclavista y del mantenimiento de “la trata”, que era ilegal hacía mucho tiempo. Las dificultades para renunciar a las prerrogativas socioeconómicas fueron un punto clave; pero no el único.

El comienzo de la lucha contra España estuvo matizado por el fantasma de la esclavitud, y eso provocó varias tensiones. La reproducción del esclavismo en el campo de batalla militar y político era considerado un lastre para los objetivos de la lucha. Díaz (1975) explicó que Céspedes se debatía entre su opinión personal de corte radical y su deber como líder político de poder convocar a más gente pudiente, que aportase recursos financieros para la causa. Los hombres del Camagüey, imbuidos en la experiencia de la Revolución Francesa, creían que ya era hora de darle un golpe definitivo a dicho régimen de ignominia. En este sentido, Díaz coincidió con la opinión de Betancourt (1928) afirmando que el elemento camagüeyano, con Ignacio Agramonte como figura sobresaliente, hizo valer su criterio tajante sobre dicho asunto en Guáimaro a nombre de la unidad entre cubanos, otro problema harto discutido durante la Guerra de los Diez Años y después también.

Céspedes llamó a la lucha

Céspedes llamó a la lucha

Desde el inicio, Céspedes hizo política oscilando entre la propuesta de una abolición gradual e indemnizada (Manifiesto de 10 de octubre de 1868), pasando por la oferta de una abolición condicionada a la voluntad de los dueños (Decreto de 27 de diciembre de 1868), hasta anunciar la orden de la abolición total (Circular del Ejecutivo de 15 de diciembre de 1870). En ese proceso, que involucraba el liderazgo de Céspedes, también hubo avances y retrocesos en el debate sobre la forma de abolir la servidumbre, pues durante la Asamblea de Guáimaro fue acordado que “todos los habitantes de la República son enteramente libres” y que “la República no reconoce dignidades, honores especiales, ni privilegio alguno” (Artículos 24 y 26 de la Constitución del 10 de abril de 1869), lo cual significaba una abolición radical; pero después la Cámara de Representantes, en uso de sus facultades, legisló lo contrario mostrando una actitud eminentemente colonialista (Reglamento de Libertos del 5 de julio de 1869). Esta postura del órgano legislativo de la República de Cuba en Armas, y la radicalización de la guerra, provocaron la decisión final del presidente Céspedes, que fue dada a conocer en 1870.

A partir de esas actitudes de Céspedes en torno a la cuestión de la esclavitud entre 1868 y 1870, una parte del imaginario social de la nación cubana, creado desde posiciones de poder, lo ha colocado en un pedestal y, sin sutilezas, continúa induciendo a los/as negros/as a ser agradecidos/as con el Padre de la Patria por haber pensado en nuestro derecho a la libertad. Eso comenzó a ser estimulado por varias razones, y solo me detengo en tres de ellas, que considero puntualmente:

– No reconocer el largo proceso de lucha anti-esclavista y anti-colonial desencadenada por los sujetos/as africanos/as esclavizados/as y sus descendientes desde el siglo XVI, por medio de prácticas de cimarronaje y de la creación de palenques como espacios de enunciación del derecho inalienable a la emancipación: Maluala, Bumba, El Frijol y, anteriormente, el caso de los Cobreros, por citar casos de la región oriental. Y también conspirando como José Antonio Aponte o sublevándose como Carlota en la zona occidental. ¿Alguno de ellos conoció a Céspedes?

– Invisibilizar el origen de varias personas negras que participaron en la Guerra de los Diez Años. La familia Maceo y Grajales no era la única cuyos miembros eran negros libres jurídicamente. Tal vez muchos todavía piensen que generales santiagueros como Guillermo Moncada, Agustín Cebreco y Quintín Bandera vinieron al mundo bajo la condición de esclavizados, lo cual está muy lejos de la verdad. No obstante, aquellos/as que sí nacieron esclavizados/as y estuvieron dispuestos a entregar su vida por la independencia se ganaron a pulso su libertad, la cual tuvo que ser reconocida durante la pacificación de 1878 llevada a cabo por el general Arsenio Martínez Campos ¡Ninguno de ellos le debe nada a Céspedes, todo lo contrario!

– Restar el protagonismo social de otras personas negras que ya eran figuras importantes antes de 1868. Antonio Medina y Céspedes ya venía destacándose como Maestro de Instrucción Elemental, que tenía su propio colegio (Nuestra Señora de los Desamparados), dirigió un periódico (El Faro) en La Habana y hasta ocupó cargos en la Administración colonial. Fue el mentor de Juan Gualberto Gómez, uno de los pensadores más relevantes de nuestro país, y también se afirma que los afamados músicos José White y Claudio Brindis de Salas fueron sus alumnos. ¿Alguno de ellos le debe algo a Céspedes?

En fin, todo eso tiene que ver con el imaginario social de que los/as negros/as debemos lo que somos a la generosidad del hombre blanco, pues se sigue afirmando que nacimos para ser comandados/as. Es decir, la constante alusión a esa larga sombra del discurso del Conde Arthur de Gobineau sobre lo que él definió como las “razas superiores” y las “razas inferiores” (en este caso debemos colocar el adjetivo inferiorizadas para ser más precisos). En las guerras por la independencia de Cuba se derramó sangre de blancos/as y de negros/as. Como afirmó De la Fuente (2001) se concretó una alianza multirracial; pero en la práctica eso no significó que el modo de pensar las relaciones raciales, acuñado por Gobineau y otros cientistas occidentales, haya sido olvidado por la élite blanca criolla; más bien todo lo contrario. Eso puede ser percibido en las reclamaciones de Rafael Serra, Evaristo Estenoz y otras personalidades negras en los inicios de la República de 1902.

 

La cosificación del éxtasis: una estrategia de la denominada “cultura nacional”

El sistema partidista de la República de 1902, al igual que Céspedes, también hizo política con la población negra. En este caso, me refiero a la lucha por conseguir el voto del sector masculino. Ese fue un punto relevante de las tensiones entre Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado, dos líderes que la historia nacional nos presenta como sujetos alejados por sus diferencias. Además, nos ayuda a entender, en cierta medida, el porqué de la decisión de Estenoz cuando fundó una asociación alternativa, que devino Partido Independiente de Color, en 1908. Helg (1995) abordó el proceso de movilización política que emprendió Estenoz desde el año anterior y cuyo desenlace puso en tela de juicio las narrativas de la igualdad entre cubanos.

En la República continuó funcionando la dinámica de inclusión/exclusión, que venía desde los años en la manigua redentora. Pero las relaciones raciales en el siglo XX (y lo poco que hemos vivido del XXI) no solo deben ser analizadas desde el prisma de la política. Aquí se encaja el factor denominado “cultura nacional”, que no presenta una definición única. Gustavo Urrutia (1929) tenía razón cuando afirmó que la cultura tiene que ver con el albedrío y una “libre determinación” de la voluntad humana. Y si notamos que ella está investida de tanto poder de decisión por parte de las élites blancas, entonces la situación puede ser más compleja cuando se habla de las relaciones raciales entre cubanos. Precisamente, desde esa base se construyen y articulan los ecos del imaginario social, reforzando el colonialismo mental desde una perspectiva cultural, que consigue dialogar con lo político; aunque no siempre solemos verlo con tanta nitidez.

Desde su experiencia, Urrutia (1928) nos ayuda a entender lo que pasaba por la cabeza de los defensores de la denominada “cultura nacional” en aquella época; y que, de cierta manera, no ha sido borrado del imaginario social actual. Las siguientes cuatro frases fueron anotadas por él con el objetivo de reflexionar sobre las narrativas de la cotidianidad, que revelaban cuál era la posición real de los/as negros/as en el entorno insular y que traduzco teniendo en cuenta las dinámicas de nuestra propia vivencia en el Nuevo Milenio:

– Cuba es un país de blancos y deben dominar los blancos. Aquí es posible hablar sobre la fuerza del racismo estructural (que también es conocido como institucional), de lo cual poco o nada se habla. Entonces, me urge preguntar a quienes dudan de la operatividad de la colonialidad del ser/saber/poder: ¿qué significan los letreros que en La Habana dicen: “esta unidad se reserva el derecho de admisión”? Ese rótulo elitista está dirigido a un sector poblacional considerado non grato, cuyo color de la piel y procedencia social ya sabemos. Por tanto, ¿de qué igualdad entre cubanos estamos hablando?

– El negro debe cultivar su orgullo racial. Esto se relaciona con la autoestima, que es una construcción social basada en la estructura psicológica y emocional de las personas con una influencia importante del contexto temporal y espacial. En este caso, me refiero a aquellas personas que han tenido que (sobre)vivir y luchar siendo en todo momento inferiorizadas, estigmatizadas e invisibilizadas. Pregunto: ¿cómo sería posible hacerlo hoy cuando sabemos, por ejemplo, que el último Censo de Población y Vivienda (2012) miente deliberadamente negando –al igual que los anteriores– que la población negra es mayoritaria en Cuba? ¿En qué medida podemos creer en un orgullo de ser negros/as ante el dominio del canon de belleza occidentalizado? Además, la mentalidad colonial es muy fuerte en aquellos/as que se niegan como negros/as para pasar por blancos/as, lo cual es una patente de corso para acceder a las riquezas y privilegios de la sociedad actual.

– Los negros no deben reclamar como negros. En Cuba todavía se habla de esta manera e inclusive los/as mismos/as negros/as enarbolan esa frase conformista y contemporizadora. Ahí viene el argumento de “ser cubano” antes que “negro” o “blanco”, lo cual es una herencia de la forma de hacer política de José Martí en torno a las relaciones raciales. La masacre de 1912 continúa teniendo una sombra muy grande en nuestra sociedad, después de su centenario. Si un negro se expresa denunciando los ultrajes que sufre cotidianamente es tildado de racista y no faltarán represores para intentar “romperle la boca” por malagradecido.

– El problema del negro es asunto de cultura. Esta afirmación continúa vigente porque ayuda a invisilizarnos como sujetos políticos. Los/as negros/as siguen siendo vistos/as como agentes transmisores de algunos tipos de cultura para el entretenimiento, que tributan a un denominado orgullo nacional para validar su aceptación por las élites blancas. Aquí opera una cosificación del éxtasis, que activa una forma de autoestima de base artificial y enajenada de las personas negras, que realmente son vistas como simples objetos de la llamada “cultura nacional”. En este contexto, estoy entendiendo “éxtasis” como la producción y reproducción del placer durante una actividad humana.

Los/as negros/as cubanos/as continúan teniendo una posición marginalizada en lo que ha sido definido desde el poder como “la cultura nacional”. Los sonidos del imaginario social siguen teniendo éxito en sus argumentos de negación de la afirmación anterior. Para quienes detentan el poder cultural, la población negra tiene protagonismo en las manifestaciones culturales que caracterizan lo cubano. Ahí comienza la conveniencia de que la población negra se destaque solo en algunas actividades humanas basadas en la espectacularidad, entendida como la consumación de un determinado éxtasis que convenga a los intereses de las élites blancas.

La denominada “cultura nacional”, fundada en el libre albedrío de la élite blanca, puede ser traducida como la naturalización de la operatividad de las mentalidades colonizadas que se empeñan en clasificar a la población negra como artífices de acciones folklorizadas en el entorno cultural. La música y el deporte son los mayores ejemplos. Pero, ¿de qué música y de cuáles deportes estamos hablando? Evidentemente, la referencia es a los deportes de fuerza física, destacando los de combate (el boxeo como máximo ícono) y a la música popular bailable (guaracha, son, songo, changüí y hoy el reguetón/cubatón). En este contexto, la danza de raíz callejera y arrabalera también entra en ese proceso de cosificación del éxtasis. La idea de las élites blancas es que los/as negros/as deben siempre hacer el papel de payasos/as, hazmerreíres, mamarrachos y excéntricos porque, desde esa perspectiva, ellos/as solo sirven para divertir a los otros como los gladiadores en el Coliseo Romano, las odaliscas en los harenes árabes y los bufones de las cortes europeas.

Folklore cubano

Folklore cubano

No se trata de desmerecer el éxito conquistado por glorias como Kid Chocolate o Teófilo Stevenson; Arsenio Rodríguez o Elio Revé; María Teresa Vera o Rita Montaner; Celeste Mendoza o Moraima Secada. Lo que está en discusión es la forma en que todavía somos concebidos por las mentalidades colonialistas de las élites blancas. Los/as sujetos/as negros/as no nos sentimos representados en el esquema de la denominada “cultura nacional”. ¿Por qué solamente se nos acepta en la función de objetos culturales productores y reproductores del éxtasis en un ring, una tarima o en los carnavales? El aporte de la población negra a lo cultural de Cuba no se reduce a lo espectacular que lleva multitudes al éxtasis; como por ejemplo, mover las caderas, como objetos del placer sensual, a ritmo de reguetón o cubatón. Los/as negros/as somos sujetos/as de la cultura cubana fundada desde abajo y vibrante de Oriente a Occidente; pero también hemos colocado nuestros esfuerzos y estilos en la llamada alta cultura, a decir de Jorge Mañach. Lo cultural en una nación tiene alcances ilimitados que impiden desenvolver una definición exacta, porque las dinámicas humanas abren las puertas a excepciones de la regla y también traen ricas ambigüedades de diferentes subjetividades en diálogo con un perfil dialéctico.

¿Cómo la población negra de hoy se va a sentir parte de una denominada “cultura nacional” que, por tener problemas para lidiar con las diferencias, opera naturalizando las prácticas racistas, las actitudes discriminatorias y los gestos prejuiciosos, o sea, que nos desprecia, rechaza, marginaliza, estigmatiza e invisibiliza? No solo el mes de octubre provocó estas reflexiones, puesto que la Historia de Cuba tiene otras fechas, cuyo simbolismo me llevarían por el mismo camino; aunque reconozco que: ¡me apremiarían a meditar con mayor profundidad!

 

Bibliografía

Betancourt Agramonte, Eugenio (1928). Constitución de Guáimaro. En: Matilla Correa, Andry y Villabella Armengol, Carlos Manuel (Comp.). Guáimaro. Alborada en la historia constitucional cubana. Camagüey: Ediciones Universidad de Camagüey, 2009. pp. 37-56.

Díaz, Tirso Clemente (1975). La labor constituyentista de Ignacio Agramonte. En: Matilla Correa, Andry y Villabella Armengol, Carlos Manuel (Comp.). Guáimaro. Alborada en la historia constitucional cubana. Camagüey: Ediciones Universidad de Camagüey, 2009. pp. 144-168.

Franco, José Luciano (1950). La Revolución de Yara y la constituyente de Guáimaro En: Matilla Correa, Andry y Villabella Armengol, Carlos Manuel (Comp.). Guáimaro. Alborada en la historia constitucional cubana. Camagüey: Ediciones Universidad de Camagüey, 2009. pp. 95-112.

Fuente, Alejandro de la (2001). A nation for all. Race, inequality and politics in Twentieth-Century Cuba. Chapel Hill & London: The University North Carolina Press.

Helg, Aline (1995). Our rightful share. The Afro-Cuban struggle for equality, 1886-1912. Chapel Hill & London: The University North Carolina Press.

Urrutia, Gustavo E. (1928). No es tan fiero el león… En: Diario de la Marina, p. 7.

__________ (1929). Raza y cultura. En: Diario de la Marina, p. 7.

Sobre los autores
Pedro Alexander Cubas Hernández 18 Artículos escritos
(La Habana, 1969). Licenciado en Historia (1996). Máster en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina, El Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana (2002). Diplomado en Cultura Cubana por el Centro Nacional de Superación para la Cultur...
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