Los postulados leninistas y el modelo de prensa en Cuba

Además de la poca agilidad y atractivo del tratamiento noticioso, el peor mal de la prensa cubana es la omisión de asuntos de interés público

Resulta contradictorio que en los debates más publicitados sobre la prensa cubana, no se considere el análisis crítico y profundo de los postulados de Vladimir Ilich Lenin acerca de la libertad de expresión, la relación del Partido con los medios y la función de estos en las sociedades socialistas. Por suerte, algunos autores (Arencibia, 2016; García Luis, 2013; Rodríguez Rivera, 2011) sí mencionan las similitudes entre el modelo cubano de prensa y el idealizado por Lenin e instaurado por Stalin en la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por eso, resulta oportuno señalar algunos de los rasgos y principios del modelo de prensa soviético.

Lenin definió las funciones y principios de la prensa revolucionaria que, según él, debía ser un instrumento para la información, la organización y la movilización social (García Luis, 2013; McNair, 2006). Ya en 1905, Lenin defendía un modelo de prensa centralizado (Hopkins, 1965) en el que los medios actuarían como vehículos propagandísticos y de agitación colectiva.

La eficacia del Partido y de sus medios de comunicación eran cuestiones indisolubles. Las personas que trabajarían en el órgano central serían “agentes del Partido”, atentos a las circunstancias locales pero siempre guiados por la política general de esa organización. La combinación de actividad revolucionaria y labor periodística, la necesidad de una organización partidista disciplinada y el carácter público de los medios, redundaría en una prensa con un activo rol en la organización de la sociedad socialista (McNair, 2006).[1]

En los días de la Revolución de Octubre de 1917, Lenin había elaborado buena parte de sus principios acerca de la prensa, entre los que se destacaban los siguientes:  a) en cualquier sociedad la prensa sirve a la clase dominante; b) el financiamiento de los periódicos debe ser controlado por el Estado y dirigido por el Partido que representa al proletariado; c) los periódicos forman parte de las organizaciones políticas y sus periodistas son activistas políticos; d) la libertad de prensa se promovería en la medida en que los medios tecnológicos para la publicación de periódicos estén a disposición de todos los segmentos de la sociedad; e) permisibilidad de la diversidad de opiniones, dentro de los límites del pensamiento marxista (Hopkins, 1965).

Concordamos con Hopkins (1965) en que si bien estos principios limitaban el desarrollo de una prensa con independencia política, no sugerían que esta debía someterse a estrictos mecanismos de control, ni impedían que la prensa representara las varias facetas de la opinión pública, proporcionara información y estimulara el pensamiento. Sin embargo, el principio que dictaba el control de las organizaciones políticas sobre la prensa y los periodistas pervirtió la libertad de prensa, incluso en el modo que Lenin la concebía. En la práctica, todo el sistema de medios de comunicación dependería de “la buena voluntad y la sabiduría” de los titulares de esas organizaciones, y funcionaría en beneficio de la expresión individual y del intercambio saludable de información e ideas, siempre que los dirigentes consideraran la necesidad de esa función (p. 529).

El principio de que la prensa servía a la clase dominante –una crítica implícita al control capitalista de los medios de producción simbólica– fue determinante en el desarrollo del modelo de prensa soviético y legitimó las medidas que impidieron que actores leales al antiguo régimen tuvieran acceso a los medios. A partir de él surgió la idea de que la libertad de prensa no se restringía a un estado de derecho que protegiera la libre expresión. Para garantizarla, sería necesario tornar en propiedad pública la estructura económica de la prensa, su infraestructura de producción y de distribución. La socialización de esos elementos garantizaría el acceso de todos los ciudadanos a la prensa. Teóricamente, como en el nuevo régimen la prensa estaba en manos del proletariado, su voz debía predominar en cuanto fuera publicado (Hopkins, 1965).

Al subordinar los medios de comunicación al Partido Comunista, Lenin sentó las bases de un aparato mediático que reflejaría la naturaleza cambiante del Partido en el poder y muy vulnerable a la explotación y el abuso de Stalin y sus partidarios (McNair, 2006). Si bien Stalin no hizo aportaciones originales a la teoría de la prensa soviética, el nuevo líder defendió un modelo prensa funcional e ideológicamente pura, que en la práctica actuaba como un obediente y estéril servidor del Partido” (Hopkins, 1965).

En el trienio (1959-1961) que siguió al triunfo de la Revolución liderada por Fidel Castro, acontecieron importantes transformaciones en el sistema político cubano que repercutieron significativamente en sistema mediático del país. En esa etapa, la mayoría de los medios privados (diarios, revistas y empresas de radio y televisión) desaparecieron o fueron estatizados. Los medios se convirtieron en elementos estratégicos para la defensa de la joven Revolución y, por tanto, se restringió el uso que la oposición hacía de ellos (Valdés Paz, 2009). La conformación del nuevo sistema de comunicación pública se debió al interés del Gobierno en que las formaciones políticas y populares que lo apoyaban fueran acompañadas por medios afines al proceso revolucionario que “actuaran de modo coherente y que evitaran la atomización” (García Luis, 2013, p. 79).

En 1965, el sistema de medios fue reorganizado y unificado en torno al Partido Comunista de Cuba (PCC), creado ese mismo año. Aunque se ganó más coherencia entre la política del PCC y el trabajo de la prensa, el resultado de ese proceso, afirma García Luis (2013), no fue un periodismo de mayor calidad. Aquel modelo, añade, fue forjado a partir de la idea de una sociedad cohesionada, un Partido único y una prensa sin espacio para las estrategias de Estados Unidos y de la contrarrevolución.

A partir de la década de 1970, Cuba inicia un proceso de institucionalización que terminó implantando en la Isla un sistema de organización social, política y económica similar al existente en la URSS y sus aliados de Europa. Las transformaciones emprendidas repercutieron en el sistema de comunicación y, en consecuencia, comenzó a configurarse un modelo de prensa próximo al soviético.

Las tesis y resoluciones sobre medios de difusión masiva aprobadas en el I Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), celebrado en 1975, constituyeron la guía para la instauración del modelo mediático vigente en Cuba. Los medios, definidos como órganos del Partido, el Estado y las organizaciones afines a ambos, se convirtieron en “instrumentos de la lucha ideológica y política”. Además, correspondería a los medios la función de educar, informar, orientar, organizar, movilizar y entretener al pueblo (PCC, 1975).

El cónclave comunista anticipó que, en sintonía con la concepción leninista, la Constitución socialista (promulgada en 1976) reconocería las libertades de palabra y de prensa —conforme a los fines de la construcción del socialismo—, consagraría la propiedad estatal y social de los medios de difusión masiva y prohibiría la existencia de medios de comunicación privados, lo que garantizaría el uso de los medios al “servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés social” (PCC, 1975).

El monopolio mediático debía mostrar los logros políticos, económicos y sociales obtenidos en Cuba e incluso los de los países socialistas encabezados por la URSS. El tratamiento de las noticias internacionales, generadas por agencias capitalistas, se realizaría a tono con la interpretación marxista-leninista del proceso histórico y la política exterior del Partido y del Estado.

Diez años después de la adopción de ese modelo, la autocensura de periodistas y directivos de medios, la burocratización del periodismo, las restricciones para acceder a las fuentes en organismos estatales y en el propio PCC (“síndrome de misterio”), lastraban el trabajo de la prensa. Además de la monotonía, la superficialidad, la reiteración, la poca agilidad y atractivo del tratamiento noticioso, el peor mal de la prensa cubana es la omisión de asuntos de interés público (García Luis, 2013).

Se escucha con frecuencia el error conceptual que iguala los medios oficiales cubanos a los medios públicos. Lo cierto es que los principales medios cubanos son estatales en términos de propiedad y oficiales por su supeditación al Gobierno, propósitos y contenidos, así como procuran acumular (incluso monopolizar) el poder comunicacional. Se caracterizan también por mecanismos de participación y autonomía frente a agendas partidarias y privadas, así como por la prevalencia de intereses comunes que se alejan de la propaganda y el comercialismo (Waisbord, 2013). Los medios públicos, en cambio, sirven a intereses ciudadanos, ofrecen espacios comunes para el entretenimiento, la educación, el diálogo y la diversidad (Chagueceda; Padilla, 2016).

Interrogado sobre las características que definen al actual sistema de comunicación en la Isla, Arencibia (2016) lo describió como una maquinaria ineficiente que pertenece y es administrado por el Partido-Estado-Gobierno, con una misión, esencialmente, propagandística. Y agrega: “no es extraño entonces que, por lo general, prime un enfoque en exceso ideologizado de los asuntos, una incorrecta y poco democrática selección y renovación de los directivos mediáticos, y una deficiente política de inversión en recursos tecnológicos”.

Tras más de 50 años de prolíferas discusiones, elaboración de propuestas, orientaciones del Buró Político, nueve congresos de la UPEC[2], la desaparición de la URSS, críticas de la sociedad, etc., resulta contradictorio que continúe vigente un modelo de prensa tan similar al soviético, al que García Luis (2013, p. 70) calificó de “desechable” y de virtual “bomba de tiempo”. Él mismo recuerda que pese a “las reiteradas intervenciones, indicaciones y normativas de la alta dirección del país fue imposible “modificar el estilo, el contenido y las formas de actuación de la prensa”. Esto demostró las dificultades de cualquier “intento de reajustar el funcionamiento de la prensa desde afuera” (p.121, énfasis en el original).

Lo anterior sugiere que los profesionales del sector deben ser los protagonistas de la transformación del modelo de prensa. Sin embargo, los cambios requieren de “una mayor participación de la sociedad en la toma de decisiones” cuestión que “se decide en el Sistema Político, no en el Sistema de Comunicación” (Elizalde, 2013, p. 14).

Aunque se ha dicho que la UPEC cuenta con los referentes teóricos que sustentarían a transformación definitiva el actual modelo de prensa, el gran público y los estudiosos del tema desconocemos cuáles son las bases del nuevo modelo. Aquí surgen varias interrogantes: ¿superará el nuevo modelo la subordinación de la prensa a los intereses políticos, incluso cuando estos contradicen los intereses de la sociedad? ¿Es posible cambiar el modelo de prensa en ausencia de una cultura democrática y del debate? Considero que a 100 años de la Revolución Rusa y a 26 de la disolución de la URSS, la discusión sobre el modelo de prensa cubano debe cuestionar los principios que le dieron origen.  No se trata, como tantas veces, de detonar o tirar por la ventana las ideas de Lenin, sino de rescatar aquellas que contribuirían a la democratización de la comunicación y el acceso de la sociedad a los medios.

Por ejemplo, Lenin propuso como principios para mejorar la eficacia de la prensa como instrumento de la construcción socialista (McNair, 1991) la  vinculación con las masas (narodnost), lo cual concebía la colaboración de los ciudadanos en la producción de contenidos. Los medios deben estar abiertos a los puntos de vista y opiniones de las masas y funcionar como órganos de la democracia socialista. Asimismo, los medios vinculan al Partido con las masas y funcionan como mecanismos de transmisión de opiniones desde abajo (sociedad) hacia arriba (Estado). Las cartas de los lectores y la institución de los corresponsales obreros y campesinos (rabselkor) fueron resultado de la narodnost.

Otro de los principios fue la glasnost (transparencia, publicidad) que, por un lado, daría a conocer los hechos positivos de los ámbitos económico, social y cultural del país, y del otro, garantizaría la crítica de los fenómenos económicos y sociales negativos, lo que coadyuvaría a mantener el impulso del espíritu revolucionario necesario para la construcción socialista. La glasnost, apunta Gross (1987) no solo fue pensada para rectificar las tendencias socioeconómicas negativas, aumentar la productividad laboral y acelerar el desarrollo económico, sino también para castigar la mala práctica burocrática y estimular la participación pública en la vida política.

Esperamos que los delegados  del X Congreso de la UPEC, a celebrarse en abril de 2018, consigan esbozar un modelo de prensa socialista que en un contexto de cambios económicos, de marcada diversidad y pluralidad política, satisfaga las necesidades de información, expresión y participación de la ciudadanía.

Otro de los temas que deberá ser discutido es el de la necesidad de una Ley que regule el ejercicio del periodismo en Cuba. Es pertinente precisar que el periodismo es tan solo una de las áreas de ese conglomerado llamado “comunicación social”. En un mundo más interconectado los periodistas comparten la producción simbólica con publicistas, comunicadores sociales, especialistas en marketing, políticos, activistas y ciudadanos que usan las TIC para visibilizarse a sí mismos y divulgar sus ideas. Por tanto, hay que superar intereses corporativistas e incluir a toda la ciudadanía en la discusión de normas que conviertan en derecho el acceso a la información.

 

[1]Pese a ser asumida como una “guía general” para los medios en la otrora Unión Soviética, la función organizativa atribuida por Lenin a la prensa, fue una respuesta a las críticas que afirmaban que un periódico no podría un organizador de hombres e ideas (Hopkins, 1965).

[2] Unión de Periodistas de Cuba.

Sobre los autores
Alexei Padilla Herrera 4 Artículos escritos
(La Habana, 1985). Licenciado en Comunicación Social por la Universidad de La Habana y master en Comunicación Social por la Universidad Federal de Minas Gerais. Se ha desempeñado como profesor y traductor.
3 COMENTARIOS
  1. Interesante. Ahora resulta que retomamos a Lenin para criticar a la prensa cubana, desde una web pagada con dinero extranjero.
    Pero además, de las cosas que plantea Lenia, la actual prensa cubana, que en nadra se parece a la del 2010, por ejemplo, cumple bastantes. Aunque le falta aún, pero me llama la atención, como ya dije…esto me recuerda cuando comienzan a atacar a los revolucionarios consecuentes diciendo que han “traicionado” a la Revolución. Y se publican libros sobre “revoluciones traicionadas” cuando estas no se quedan en las reformas tímidas de la burguesía.
    Y me parece que en Cuba, hay más que nunca, acceso a la información.

  2. Adrián, primero, La Revolución traicionada, junto a la Revolución permanente, son las obras más conocidas del revolucionario soviético Lev Trotski. Imagino que no haya leído ninguna de ambas obras. Solo así se explica su tentativa de hacer una analogía entre reformistas y el pensamiento trotskista.
    A propósito de los cien años de la Revolución rusa, le recomiendo leer “Cien días que estremecieron al mundo”, de John Reed. Le recomiendo, especialmente, el último capítulo. Le ayudará a sustentar con argumentos la cuestión de la prensa en la sociedad soviética.
    En otro orden, si vive usted en Cuba debe saber que lo que come diariamente es, en parte, pagado con dinero extranjero. Sí, de los préstamos que suministrados por el Club de París, ente financiero integrado por más de un país miembro de la OTAN, como le gusta recalcar algunos.

    Se lo que interesa es debatir sobre la prensa cubana, cuáles serían los cambios que desde 2010 está exhibe? Me gustaría conocer sus puntos de vista porque nada es estático.

  3. Nuria Barbosa León dice:

    Me gustó el análisis y está bien sustentado. Sólo falta decir que hemos ejercido el periodismo bajo la presión de un bloqueo y una guerra ideológica que ningún otro país la tiene. Recuerda que en la actualidad la prensa se vuelve el cuarto poder en la sociedad (legislativo, ejecutivo y judicial) y que ha cambiado gobierno y derrotado revoluciones.
    En nombre de la glasnost (Yo lo viví en Moscú en el año 1989) se introdujeron tendencias ideológicas en la prensa no para defender el socialismo sino para derrotarlo, como ocurrió en 1991. Estoy de acuerdo que debemos mejorar nuestro modelo de prensa, ya he visto pasos. Fijate en el periódico Granma que sale los viernes donde se le dedican dos planas a las cartas de los lectores que ha convocado a respuestas de organismos y base para otros trabajos periodísticos.
    Pienso que el cambio a producirse no es en el plano teórico o académico sino en el modo de actuar para no estar a la espera de las orientaciones del organismo superior, sino de buscar el tema de la agenda por nosotros mismos. Lo he puesto en práctica, créeme, y nunca he sido sancionada por ello. Saludos desde La Habana con el calor del trópico.

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