¿Prójimos verdaderamente próximos?

Una mujer bastante mayor, de pelo canoso y muy segura de sí, miraba con calma unos pañitos de cocina, y al hacerlo repetía un gesto casi ancestral en nosotras: palpar la tela para saber si era la adecuada para el uso que pretendía darle. Al momento de pagarle a una vendedora situada a su lado, otra, que hasta ese minuto hablaba por teléfono en el extremo del local —un atelier con una pequeña área de ventas—, salió disparada y gritando que la clienta llevaba varias piezas en su cartera. En fracción de segundos se colocó junto a ambas para, en forma descompuesta, continuar acusando a la anciana. Esta tiró al suelo su bolso humilde, al tiempo que pedía ser fusilada si era capaz de algo así. Aclarado el incidente, la empleada repitió una frase que yo misma he escuchado varias veces: “Es que nadie tiene un cartel en la frente”.

Efectivamente, me dije, nadie tiene un cartel de “decente” —palabra hoy en desuso—, pero ¿acaso lo tenemos de “indecentes”? Sabido es que el timador puede vestir las mejores galas y usar las maneras más finas, sabido es que hay verdaderos linces en eso de sustraer cosas ajenas; no soy tan ingenua como para pretender vivir en un mundo libre de tales felonías, mas —y es la pregunta que tantas veces me he hecho—, ¿se justifica acaso el maltrato al que TODOS somos sometidos? Sí, porque la desconfianza no disimulada es una forma del maltrato.

Cada vez que converso estos temas con mi papá me repite lo mismo: la poca ética de quienes atienden al público. Él, nonagenario hoy en día y dueño en sus mocedades de una pequeña tienda de ropas, me refiere las más variadas anécdotas. Me cuenta, por ejemplo, de una señorita muy encopetada que sin necesidad alguna sustraía medias dentro de una sombrilla. Los de la tienda lo sabían, y se hicieron de la vista gorda hasta un día en que muy discretamente pudieron sorprenderla. El temor al escándalo era mayor que el posible daño económico. Él me lo dice una y otra vez: el asunto es prestar un servicio y cobrar por ello, no pretender aprovecharse del otro, vivir del otro o cosa semejante. Para él la ética comercial debe tener ese primer asidero.

En todas las épocas se han cocido habas, me digo mientras imagino a la muchacha, seguro de amplias faldas y zapatos corte salón. Parecía muy honrada y, sin embargo, no lo era. Y aun así, la lógica y eticidad de aquel negocio pueblerino no la sometieron al escarnio público.

A la anciana, con el visible peso de los años, la trataron de manera muy diferente. La ofendieron, pues creo que no hay insulto mayor que la certidumbre de la culpabilidad aun cuando no haya indicio probatorio alguno. Incluso, si lo hubiera, ¿no hay otras maneras, más delicadas, de resolver cualquier situación?

Pero no, se suele preferir el ultraje, y nos hacemos sus cómplices cuando no reaccionamos. Sé que del tema se ha hablado, de esa indolencia y apatía que nos carcome, pero aun así —precisamente porque el silencio me convertiría en una secuaz—, he querido compartir estas ideas.

Volviendo a los refranes. Hay uno que me gusta muchísimo: “No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti”. Esa idea, y la contenida en el segundo mandamiento cristiano —“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”—, me parecen esenciales como filosofía de vida, y creo que si las aplicáramos con un mínimo de coherencia, nuestro entorno sería un poco menos hostil.

Cada día, sin embargo, abundan más los momentos como el descrito, cuando ambas ideas son desconocidas y hasta burladas, maltratadas al tiempo que el prójimo es maltratado: aun cuando la cercanía física pueda ser mucha, aun cuando tengamos que por necesidad compartir un mismo espacio, la otra proximidad, esa que daría cuenta de afectos, consideraciones y sensibilidad respecto “al otro” y su mundo, se vuelve rara, tanto como un animal en extinción.

Podría poner otros muchos ejemplos —y usted, quien lee esto, también—, tristísimos todos, en los que, a diferencia del poema de Mario Benedetti, el prójimo no deviene amparo ni tampoco “prójimo-pasamano en que me apoyo / cuando desciendo la escalera y temo / que algún peldaño pueda estar podrido”. Ni mucho menos ese “próximo prójimo / hermano a borbotones”.

Y lo más amargo me sigue pareciendo esa calma con que asumimos tan lamentable estado de cosas. Apenas discutimos, o damos la callada por respuesta. ¿Cómo es posible, me pregunto, que asumamos el daño que otros nos hacen con su indolencia, y ni siquiera creamos válido reaccionar? Aun cuando la protesta en un ámbito estrecho no pase de ser un gesto inútil, ¿por qué censurarla? ¿Por qué no recordar que somos ciudadanos con derechos? Clientes —o usuarios o pacientes— con el derecho a recibir una atención esmerada, a satisfacer nuestras inquietudes. Seres humanos, en fin, que merecemos ser tratados como tales.

Pensemos nuevamente en el mandato cristiano, en esta idea que equipara el amor al otro con el amor a uno mismo. Está claro que los maltratadores no aman al prójimo, ni siquiera consideran prójimo al otro. Sin embargo, ¿se aman a sí mismos los incapaces de ponerse en la piel del otro? ¿Los que ven al otro como a un enemigo, o lo desprecian? ¿Se aman a sí mismos quienes no pueden sentir junto al otro, ni acompañarlo, ni servirle con amabilidad y buen ánimo? ¿Se aman a sí mismos quienes no reaccionan a la injuria que otros les hacen?

No crean que me considero libre de cuanto describo. El maltrato se ha naturalizado, reitero, mas porque creo en la perfectibilidad humana, el silencio me parece un pecado de lesa dignidad. Tal compromiso —ante todo conmigo misma— me hizo estudiar Periodismo. Tal compromiso me hace permanecer en el aula. La educación debe estar asentada en la idea del mejoramiento humano, del crecimiento personal. Mísera humanidad sería esta si olvidara tales nociones. Mísera sociedad la que no persiga su mejoría, ni la humanización de todos sus procesos. O lo que es igual, que estén hechos a la medida del ser humano y que potencien lo mejor que en nosotros haya.

Por eso aplaudo a la anciana y su gesto airado. Ella me reconcilia con un sentido de la dignidad que va siendo una rareza. Y me reprocho una y otra vez haber callado en ese instante del que fui testigo, haber dado la espalda, con un nudo en la garganta, es cierto, protestando por lo bajito, también es verdad, pero colocándome, con mi retirada discreta, del lado de los maltratadores. Ya no puedo hacer nada por ella, ni tan solo sonreírle para mostrarle mi solidaridad. No puedo volver atrás, a esa mañana en la que también yo me mancillé. Estas páginas nacen de ese silencio. Las he tenido atragantadas todos estos días. No hay vuelta atrás, lo sé, pero tengo al menos este paliativo. A él me aferro para mi propia salvación.

Sobre los autores
María Antonia Borroto Trujillo 4 Artículos escritos
Periodista y ensayista. Doctora en Ciencias de la Comunicación Social. Julián del Casal: modernidad y periodismo —Editorial Oriente 2016 y mención en el Premio Casa de las Américas 2014— es su libro más reciente.
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