Prólogo al libro Cuba: tierra indefensa, de Alberto Arredondo.


Cuando el corto grupo de españoles bajo el mando de Diego Velázquez pasó en 1511 de la Española a Cuba, con el propósito de conquistarla y tratar de asentarse permanentemente en ésta, se lanzaba a la realización de una de las más difíciles empresas imaginables en la expansión de los pueblos colonizadores: la de fundar y asegurar la continuada existencia de una colonia civilizada en los trópicos.

La ruda labor que el grupo conquistador y fundador iba a emprender en Cuba no estaba representada, precisamente, por la lucha contra el reducido número de indios, sin armas y sin organización ni espíritu bélico que acaudilló por breve tiempo, hasta ser hecho prisionero y quemado vivo, el cacique Hatuey, después de escaramuzas de escasa importancia, en los cuales ningún español fue gravemente herido o muerto, según el autorizado testimonio de Fray Bartolomé de las Casas. Los formidables enemigos con los cuales Velázquez y sus compañeros habrían de enfrentarse, eran otros: la naturaleza tropical, por una parte; y el aislamiento, por otra, en un país totalmente salvaje, a tres mil millas de distancia y cerca de un año en viaje redondo de ida y vuelta, de la lejanísima metrópoli.

El fondo permanente de la historia, escribí en la introducción al tomo I de mi Historia de Cuba, en 1921, está representado por la lucha del hombre contra los elementos naturales. Ese tipo de lucha, en la forma peculiar y recia determinada por las condiciones especiales de la naturaleza cubana, y de la extensión, forma y posición geográfica de Cuba, era la que iniciaban Velázquez y sus secuaces en 1511, continuada, en forma fundamentalmente la misma, hasta el año actual de 1944 por heterogéneo grupo español-indo-africano que no tardó en integrarse a la Isla. Al cabo de 433 años, el resultado general duro conflicto, ha sido la formación del pueblo cubano actual, con siglos ya de existencia, y la fundación de la República de Cuba, tal como es también actualmente, con su historia de cerca ya de medio siglo, en este año de 1944. Entiendo que, sin exceso de vanidad nacional, bien podemos pensar que el éxito alcanzado por la labor emprendida en 1511 y proseguida sin solución de continuidad durante más de cuatro siglos (que es, por siglos, como debe contarse propiamente la historia) no resulta desdeñable. Sobre todo, si dicho resultado se compara con el que obtuvieron, al fin y a la postre, en la misma zona del Caribe, Gran Bretaña, Francia y Holanda.

A Velázquez y a la gente que lo reconocía por jefe, se han atribuido, y se les puede continuar atribuyendo, por siempre, propósitos de enriquecimiento fácil mediante la búsqueda de oro, o cualquiera otro fin o ambición del mismo juez. La evidencia histórica, sin embargo, es que venían a asentarse en la Isla y a poblar. Como prueba de este aserto, puede citarse el hecho de que comenzaron por repartirse tierras y fundar pueblos, constituidos en municipios del clásico tipo castellano; y el de que, al mismo tiempo que buscaban oro afanosamente, a dedicaron también a “sembrar y a criar para comer”, a reserva de vender más tarde un poco de casabe y del sobrante de sus crías, comercio con el cual obtenían algún numerario.

Corrobora lo que acabo de manifestar, otro antecedente, igualmente significativo. En el testamento de Velázquez, citado por Arredondo en Cuba: tierra indefensa, que fue dictado por el Gobernador meses antes de su muerte, ocurrida en la noche antes del 11 al 12 de junio de 1954, consta que éste poseía 19 estancias, hatos y conucos situados en diversas regiones de la Isla. Consta, asimismo, que en ellos había más de 200 mil “montones” de yuca, maíz y boniato, más de mil reses cunas, 3 mil cerdos, mil ovejas, centenares de caballos y asnos, y aves en gran número. Nada de minería, según se ve. “Frutos menores” y ganado. Las mismas bases, esencialmente, de la subsistencia del pueblo cubano en la actualidad al cabo de 420 años, contando a partir de la muerte de Velázquez. De igual clase eran los bienes que poseían otros pobladores representativos de entonces, tales como Vasco Porcayo de Figueroa, Manuel de Rojas y algunos más, del hombre y situación de los cuales hemos llegado a tener conocimiento.

Al considerar los antecedentes expuestos, no es posible dejar de convenir en que las condiciones peculiares de la naturaleza tropical cubana, y la extensión, forma y posición geográfica de Cuba, fueron entonces y continúan siendo en nuestros días, como en vida de Velázquez, substractum de nuestra historia. De esas condiciones depende, como lo prueba una experiencia que ya es varias veces secular, el mayor número de los difíciles y complicados problemas con los cuales se enfrenta para vivir el pueblo cubano en la actualidad. Los “frutos menores” y la ganadería son aún, como en tiempos de Velázquez, la base de nuestra subsistencia, por una parte. Por otra, teniendo nosotros la misma imprescindible y urgente necesidad de entonces de exportar para cubrir el costo de no menos imprescindibles y urgentes importaciones que la vida civilizada exige, si no oro, metal precioso del cual no tenemos en Cuba minas que lo produzcan en abundancia, nos vemos forzados a remitir afuera azúcar, tabaco, café, y otros varios productos que valen oro.  Bien pudiera imputársenos, pues, por quienes se entretienen en moralizar sobre los hechos históricos, que tenemos tanta o más sed de oro que la que se juzga como un crimen en los conquistadores. En realidad, es que las mismas causas producen, en igualdad de circunstancias, los mismos efectos. Cambian ciertos aspectos y detalles de las cosas, pero la historia, en lo profundo, regida por las mismas leyes, sigue su curso a lo largo de idénticas líneas, determinadas por las mismas condiciones naturales de vida que han prevalecido, prevalecen y continuarán prevaleciendo en Cuba.

Y esas condiciones, hay que reconocerlo, ya que el hombre no tiene en la vida guía más segura que la verdad, no han sido suaves y fáciles, sino extraordinariamente duras y difíciles para vivir civilizadamente. La lucha con que hubieron de enfrentarse en ese orden de cosas en Cuba los primeros pobladores europeos en su época, y cada generación posterior en la suya hasta el día de hoy, ha sido dura y recia. Puede apreciarse su verdadero carácter si se considera que al cabo de 433 años de iniciada, sustituido el corto grupo originario por el actual, de cerca de 5 millones de seres humanos, connaturalizados con las condiciones de vida en el trópico, conocedores al detalle de la tierra que pisan y los nutre, provistos de todos los instrumentos y las máquinas inventadas por el hombre para el trabajo y el transporte, y en posesión de los adelantos científicos de la humanidad y de la experiencia acumulada por sus antepasados en la Isla durante más de cuatro siglos, dicha lucha se continúa casi con los mismos obstáculos y la misma incertidumbre. El pueblo cubano, en efecto, no ha podido resolver todavía el problema vital aparentemente sencillo, de asegurarse la subsistencia abundante, base primaria del nivel de vida decoroso –nivel de vida civilizado– que fija como un objetivo a realizar la Constitución de la República.

Y es que, en contra de la creencia, tan arraigada y extendida como superficial y falsa, de que la vida en Cuba es cosa fácil, el hecho cierto es que el vivir con las comodidades y los adelantos de la vida civilizada en un país como el nuestro, requiere esfuerzos continuos e infatigables de trabajo, inteligencia e indomable voluntad. Posible, aunque muy dudoso parea mí, es que las condiciones naturales de Cuba no hayan sido extremadamente duras para el vivir salvaje de los indios, en los tiempos anteriores a la conquista española. Pero en lo que a la vida civilizada toca, no hay duda de que dichas condiciones crean enormes obstáculos aun a los hombres de mayor reciedumbre, vigor físico, espíritu de iniciativa y capacidad intelectual del más alto tipo.

No puedo extenderme, en un prólogo que no debe pasar de unas cuantas cuartillas, en la amplia exposición de mi tesis sobre las enormes dificultades que deben ser vencidas para sostener y mantener en avance constante un alto nivel de vida civilizada en Cuba, dadas las condiciones naturales de nuestro país. Tentador es el tema para mí puesto que considero que formarnos un correcto y claro concepto del asunto es un paso previo en la determinación de una política nacional ajustada a las condiciones reales de la existencia de nuestro pueblo, lleno de ansias de progreso y de perennidad. Me atreveré, por lo menos, a fin de destacar la importancia de la cuestión, a hacer, en conexión con la misma, algunas observaciones sobre comercio exterior.

La vida civilizada no puede mantenerse en Cuba sin un excepcionalmente activo y amplio intercambio comercial con el extranjero. Esto es evidente. Pero el habernos creado la imprescindible necesidad de ese intercambio, requisito que no existía para el indio nativo, ¿qué otra cosa significa sino el habernos vinculado estrecha, vital, indisolublemente a algo tan inseguro, tan mudable, tan fuera de nuestro control y sujeto a contingencias imprevistas y de consecuencias a veces tan formidables y destructivas como son las transacciones del comercio internacional? Las relaciones comerciales exteriores están determinadas por factores, internacionales también, de incontrastable fuerza. Grandes cambios en las mismas dependen frecuentemente, de decisiones individuales, basadas en los juicios y ajustadas a las conveniencias o necesidades, de unos pocos hombres situados en posiciones dominantes de uno, dos o tres emporios de la industria y del comercio, con fuerza bastante para imponer por tiempo indefinido, su voluntad al mundo. ¿Vivir sujetos a tales condiciones de inseguridad es, acaso, vivir fácilmente?

En las espesas selvas del Amazonas, en las selvas no menos temibles del Congo o del Níger, o en las heladas tundras boreales, pueden vivir aislados durante siglos, fácil o trabajosamente, según quiera juzgar cada cual, pequeños grupos de seres humanos –indios, negros, esquimales– sin cambio sensible en las condiciones de su existencia, ajustada a un patrón casi inmutable.

En Cuba, en cambio, estamos pendientes cada día del cable, de minuto en minuto, a la hora en que funcionan las bolsas extranjeras. La razón es obvia. El tipo de una cotización puede significar el status quo, la ruina o la riqueza. Igual o mayor es nuestra ansiedad en las temibles horas en que se ventilan, en la guerra o en la paz, por los grandes poderes a que nos liga nuestra condición de civilizados, los destinos de los pueblos como el nuestro. Cuando se vive así, y eso es nuestra vida, de 1511 a la fecha, con mayor vinculación y dependencia en lo esencial cada día, porque los adelantos materiales de la civilización concurren todos a determinar una situación de ese género en el mundo entero, ¿qué bases, qué fundamentos existe para afirmar que la vida civilizada es fácil en Cuba?

En nuestro país existe, no hay duda, un nivel relativamente elevado de civilización. Crearlo y mantenerlo no ha sido fácil y suave. Ha sido dura labor secular de oscuro y agobiante trabajo, de penalidades y miseria extenuantes, de bárbara y despiadada explotación del hombre por el hombre, de tala a golpe de hacha e incendio constante de selvas y de bosques, de agotamiento, con el incesante cultivo, de la natural fertilidad de la tierra y hasta de devastadoras guerras de exterminio. Ha sido también labor de infatigable aplicación de la inteligencia y la voluntad, en tensión agobiadora, al propósito de asegurarnos la libertad de trabajar a nuestra manera y para nuestra propia subsistencia, acuciados por el ansia de vivir civilizadamente. Día tras día, año tras año, siglo tras siglo hemos acudido al ensayo, la experimentación y la prueba, a ciegas casi, tanteando en la desconocida naturaleza tropical. Finalmente, hemos tenido que vivir, asimismo, con la atención fija en el estudio sin tregua de los problemas no ya de Cuba sino del mundo, ante los cuales no podemos mantenernos descuidados o indiferentes, sin exponernos al quebranto y a la ruina de todo lo que hemos levantado a un alto costo de sudor, lágrimas y sangre en más de cuatro siglos de trabajo, y firmes en el propósito, además, de ir más arriba y más adelante. ¿Y es esto vida abundosa y fácil? ¿Es esto vida plácida y suave en el seno de una naturaleza pródiga?

Mi tesis o conclusión general histórica, no es de la vida fácil en Cuba. Es la de la vida difícil –vida civilizada de alto nivel. Discrepo, en este punto, del juicio, que me parece ligero y fundado en una observación superficial, de Alejandro de Humboldt, como discrepan también del mismo, en lo que a México concierne, muchos historiadores, economistas y hombres de ciencia mexicanos que conocen a su país mucho mejor de lo que Humboldt pudo llegar a conocerlo. Un mal entendido orgullo nacional puede inducir, a quienes se detienen en la superficie de las cosas, a aceptar la aparentemente halagadora conclusión de Humboldt. Lo cierto es, no obstante, que las condiciones naturales hacen sumamente difícil e inseguro para el pueblo cubano el poder mantener y aumentar un alto nivel de vida civilizada en Cuba; y que eso es lo que está en el fondo de nuestros tropiezos y caídas, tanto, por lo menos –y a mi juicio más– como las faltas, los errores, la incomprensión, el egoísmo, la ignorancia y los crímenes de los hombres, a quienes ni juzgo con lenidad ni trato de excusar y exonerar de sus responsabilidades históricas. De ahí, de esas difíciles condiciones de vida, la complicada historia cubana, el largo período de oscura gestación de nuestro pueblo, la lentitud en asegurar la conquista de la independencia, y las catástrofes económicas que de tiempo en tiempo han sacudido a Cuba hasta sus cimientos, con todo el cortejo de destrucción, miseria, y profundas conmociones políticas y sociales que son cosa corriente en nuestro pasado.

Para un pueblo de vitalidad robusta, no obstante, me apresuro a consignarlo, no hay mal que por bien no venga. La dura e insegura vida que hemos tenido que vivir, tengo para mí que ha sido uno de los factores que más han contribuido a hacer del pueblo cubano uno de los más adelantados de América, y lo que quizás, si no nos aflojamos y cambiamos de rumbo, nos esté creando la posibilidad de llegar a ser un pueblo de positiva grandeza en lo futuro.

Lo que actualmente poseemos, obra constructiva de civilización –como patrimonio colectivo– nuestras ciudades y pueblos; nuestros campos extensamente cultivados, adicionada la flora aborigen con plantas traídas de todos los confines de la tierra; nuestras crías de animales importados de otras partes; nuestras industrias de todos los tipos, grandes, medianas y pequeñas, establecidas con maquinaria comprada a alto precio en el extranjero; nuestros puertos acondicionados para el tráfico mundial; la labor sanitaria y la investigación científica, que ha asegurado, entre otras garantías para la vida humana, la eliminación de una de las peores plagas –la fiebre amarilla–  opuesta a la vida en el trópico; el gran caudal de libros y de estudios escritos por cubanos sobre todos los grandes problemas, de todo orden, de Cuba, para contribuir a resolverlos de manera adecuada a las condiciones de nuestra tierra, para no referirme sino a cosas materiales y tangibles, etc. Todo eso, que es nuestro y gracias a lo cual hacemos vida civilizada, no nos ha sido dado graciosamente por nadie, ni es el regalo tampoco de una naturaleza excepcionalmente pródiga y exuberante. Constituye el acervo que han ido acumulando lenta y trabajosamente unas tras otras, las generaciones cubanas, empeñadas en vivir en plano de civilización y de decoro, en lucha con la naturaleza, con la adversidad y con nuestras faltas y debilidades, en medio del torbellino de cuatro siglos de historia moderna y contemporánea, de depredaciones, guerras, revoluciones, cataclismos y conflictos internacionales de todo orden, siempre con violentas repercusiones en Cuba. Siglos de perturbaciones y transformaciones profundas, durante los cuales hemos sido obstaculizados en nuestra oscura labor la mayor parte del tiempo por la dominación metropolitana y en no pocos casos por injerencias extranjeras, y favorecidos, asimismo, con alguna ayuda, justo es reconocerlo, de la propia metrópoli y de los Estados Unidos, aparte de recibir los adelantos generales de la civilización, obra colectiva de la humanidad, a la cual hemos contribuido también con algún modesto aporte.

En 1922, a guisa de prólogo de mi Historia Elemental de Cuba, escribí algunas palabras dirigidas a los maestros, resumiendo el proceso histórico de la creación de la patria cubana, obra de la naturaleza y de las pasadas generaciones, a que acabo de referirme. Sinteticé entonces mi pensamiento en la siguiente forma:

“La Naturaleza dio la materia prima tosca y ruda –el suelo virgen y el bosque salvaje– y ellas (las generaciones pasadas) la pulieron y la conformaron a su voluntad, le infundieron su espíritu y produjeron una obra nueva: la patria tal como ella es. Lo que ellas quisieron, ahí está”.

Pagóse, para alcanzar tal resultado, un alto precio de sudor, lágrimas y sangre, lo repito. Pero la tarea fue rendidora: Un pueblo de alta civilización, el nuestro, quedó creado en el trópico, con posibilidades de un glorioso porvenir. De esto es de lo que, en justicia, podemos sentirnos notablemente orgullosos, no de imaginarnos que somos dueños de una tierra en la cual podemos echarnos a dormir a la sombra de un árbol en la seguridad de que la pródiga naturaleza del trópico, habrá de hacer caer de sus ramas abundoso maná para nuestro regalo. Versión es ésta, tendenciosamente despectiva para nosotros, de una superficial observación de gente extranjera, que no sabe lo que es vivir de “frutos menores, y vendiendo azúcar y tabaco a los grandes países industriales en los cuales adquirimos lo que la vida civilizada impone.

Cuba: tierra indefensa, la obra de Alberto Arredondo para prólogo de la cual he escrito las anteriores páginas, está destinada al estudio de algunos importantísimos aspectos de la gran labor de creación histórica a que me he referido en los mismos. Si algún lector tiene el mal gusto de leer este prólogo antes de dedicarse a la más provechosa lectura de Cuba: tierra indefensa, me confortaría mucho el que el cuadro que he tratado de bosquejar pudiera serle de alguna utilidad para situar dentro del mismo la valiosa producción de Arredondo, y apreciarla de un modo más cabal y más fácil, en su copioso contenido de experiencia histórica sobre problemas vitales de Cuba, en sus fines prácticos con miras a la determinación de una política nacional directamente encaminada a resolver tales problemas, y en sus méritos intrínsecos como trabajo de investigación, exposición y crítica.

En el amplio conjunto de las cuestiones con las cuales las generaciones cubanas han tenido que enfrentarse para vivir e ir adelante en lo pasado y en lo presente, la de la distribución y el uso de la tierra –“cuestión agraria”–  y la de los instrumentos y los medios para trabajarla y hacerla producir –“capital y crédito”– han estado siempre en primer plano necesariamente. De la tierra se ha vivido y se vive en Cuba. Distribuirla con equidad y facilitar su uso de manera justa, ya que la tierra no ofrece como en los felices tiempos de la Edad de Oro descritos por Don Quijote de la Mancha a los cabreros: “ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían”. En los nuestros se requiere que el viejo corvo arado “visite las entrañas piadosas de nuestra primera madre”, o mejor aún el moderno arado de disco, el cual, brutalmente las desgarrará en lo más hondo, en una labor impuesta como castigo a los hijos impíos que ahora la poseen o creen poseerla.

Como Arredondo cuida de hacer constar en “Unas palabras al lector” al comienzo de su obra, no trata por igual la cuestión agraria y la crediticia. Concreta más su atención y sus esfuerzos en esta última, sin dejar de atender ampliamente a la primera, desde luego. No hay nada que reprocharle por esta preferencia. Un estudio completo sobre las dos grandes cuestiones mencionadas, tan íntimamente vinculadas con todas las restantes de la vida cubana, abriría un campo inmenso, de manera que sería imposible extenderlo y profundizarlo en todos sus aspectos sin escribir una serie de volúmenes en lugar de un solo libro. Las cuestiones relativas al crédito, por otra parte, han sido objeto de muy escasos trabajos dedicados especialmente a las mismas, consideradas históricamente en toda su amplitud; y como todavía dichas cuestiones continúan representando problemas del día muy premiosos, en necesidad de ser resueltos de manera adecuada, todo estudio que contribuya a destacar su importancia y a esclarecerlos, hay que estimularlo como del más alto valor y a la más grande actualidad.

Al trazarme mentalmente el plan de este prólogo después de la lectura, de gran interés para mí en diversos sentidos, de Cuba: tierra indefensa, en ningún momento pensé que sería pertinente proceder a un análisis detallado de la obra ni hacer comentarios sobre tales o cuales asuntos tratados en la misma. Libros de esta clase los leen personas interesadas en el contenido de los mismos, con bastante preparación, como mínimo, para formarse su propio juicio y establecer sus propias conclusiones.

Mi interés, además, por Cuba: tierra indefensa, es por la obra en sí, considerada como un todo, no por la forma en que resulten expuestos y apreciados por el autor tales o cuales hechos en particular.

En primer término, Cuba: tierra indefensa, es para mí un estudio histórico de una clase de la cual necesitamos muchos trabajos por muchos autores. El campo está casi virgen, y urge explorarlo con la debida preparación y la indispensable objetividad que requiere toda labor histórica realizada de buena fe, con fines intelectuales honestos. En ese sentido, Alberto Arredondo aporta a nuestra literatura histórica, una contribución valiosísima, cualesquiera que sean los lugares que una crítica minuciosa y severa pueda encontrar mañana en su trabajo, bastante en algunos particulares, a apreciaciones que puedan estimarse un tanto faltas de objetividad, o a conclusiones demasiados absolutas, sin suficiente base documental.

Con Cuba: tierra indefensa, Arredondo ha trazado un camino, ha desbrozado un campo, y ha levantado una sólida construcción. En lo sucesivo, marchar por esta ruta será tener una orientación segura, hallar menos obstáculos al paso, y contar con abundantes materiales a la mano para cualquiera nueva fábrica que quiera erigirse. Por lo demás, en historia, nadie puede pretender hacer obra impecable y definitiva. La historia de un país, en cualquiera de sus aspectos, nunca acaba de escribirse. “Cada generación –dije en el prefacio de mi Manual de Historia de Cuba– debe escribir la historia con los materiales disponibles en el momento. Un país no puede tener jamás una historia, sino muchas historias. Esta no pretende ser sino una de tantas”. Lo mismo puede decir Arredondo de su historia de la cuestión agraria y del crédito en Cuba. Será una de las historias del asunto en el mañana. Pero por ahora es Cuba: tierra indefensa, la que él ha compuesto, fruto de su talento y de su laboriosidad. Que otros escriban las suyas, pronto y bien, como ya lo ha hecho Arredondo, y la historia de la cuestión agraria y de la crediticia irá ampliándose y mejorándose, sin llegar a terminarse nunca, desde luego.

Cuba: tierra indefensa me satisface mucho, además, en otro sentido. Durante años, se ha venido entendiendo, muy equivocado a mi juicio, que la historia de Cuba comenzaba, a decir verdad, a partir de la toma de La Habana por los ingleses. Todo lo anterior, doscientos cincuenta años nada menos, era historia colonial sin contenido casi, obscura y monótona, que no valía la pena de ser estudiada. Como no lo he entendido así porque la historia de esos años es parte del conocimiento de nuestra propia vida, en mi labor de historiador me he esforzado siempre por realizar una obra integral también, sin soluciones de continuidad, ha sido la de la gestación, constitución y desarrollo del pueblo cubano desde que hubo de quedar fundado hasta que, con plena conciencia de sí mismo, luchó por su independencia y su libertad, conquistándolas con ingentes sacrificios. Arredondo en su obra, realiza labor de integración histórica también. Para él la historia de Cuba, de 1511 al día de hoy, es una. Es lo verdadero, lo correcto y lo propiamente cubano, y nacional, además. En ese punto, como en el anteriormente tratado, me complazco en expresarle mis más sinceros parabienes.

Una observación final para dar por terminada esta larga disertación. Tocante a la cuestión crediticia, respecto de la cual Cuba: tierra indefensa será una valiosa e indispensable obra de consulta en lo futuro, tengo para mí que las mismas condiciones naturales que han hecho difícil la vida, en general, más relativos al crédito, hecho que, acaso, es de extrema conveniencia poner de relieve.

El crédito en Cuba ha tenido que ser siempre, directa o indirectamente, crédito agrícola, porque Cuba, a causa de esas condiciones naturales sobre las cuales siempre insisto, ha tenido que vivir,  en primero y en último término, de la agricultura. Ahora bien, el crédito agrícola, en razón de la inseguridad de las cosechas y del tiempo requerido para la recolección de éstas, ha sido siempre y en todas partes, difícil de obtener, aun en aquellos países en los cuales las cosechas son más seguras y el capital más abundante. En Cuba, todos los productos agrícolas nuestros, en su condición natural o semi-manufacturados, cosechados u obtenidos en cantidades considerables, han estado destinados siempre a la exportación, lo mismo en el período colonial que en el presente siglo y en la actualidad. A la inseguridad de la cosecha, se han agregado otras igualmente riesgosas; la del transporte, durante siglos, la de la venta o sea la del mercado, y finalmente, la del precio. En estas condiciones, ¿cabe imaginar que el crédito hubiera podido florecer en ninguna época en Cuba? Toda persona con algún capital ha tenido que demandar toda clase de garantías, más sobre bienes inmuebles que sobre los productos de la agricultura, antes de arriesgarse a perder el principal y los intereses de su préstamo. Escaso el crédito por esta causa fundamental, aparte de otras, la ley general de la oferta y la demanda ha debido operar siempre inflexiblemente, en el sentido de encarecer el crédito, en todas las formas del mismo. No ha sido, pues, el egoísmo desenfrenado y sin entrañas de los hombres exclusivamente, lo que ha hecho encarecer y escasear el crédito en Cuba, sino la naturaleza de nuestra producción, determinada por nuestro clima. Las facilidades y la rapidez del transporte marítimo moderno, han atenuado algunas de las dificultades del pasado, pero no las han eliminado en su totalidad, ni aun en lo que a dicho transporte se refiere. La única mercadería que en Cuba ha tenido un relativo valor permanente ha sido la caja o el bocoy de azúcar en los tiempos coloniales y el saco de azúcar en nuestros días. La razón es evidente. La caja de azúcar, bajando el precio, tenía siempre comprador, lo mismo que ocurre con el saco de azúcar en la actualidad. De manera que algo, aunque fuese muy poco y con un alto interés, podía obtenerse a cuenta de azúcar. Respecto de lo demás, nada, porque ni había seguridad de venta ni previsión posible tocante al nivel a que habría que bajar el precio para poder vender. En esas condiciones, ¿quién facilita crédito si posee capital disponible? Nadie. Acude, si acaso, a la hipoteca, el negocio creditico que ha florecido siempre en Cuba. Pienso que Arredondo no habría hecho mal en destacar estas realidades y no imputarle casi exclusivamente a una desaforada usura las dificultades del crédito en Cuba. Situaciones como las que he apuntado, no se resuelven por el libre juego de los intereses económicos en la sociedad capitalista, sino de una manera incompleta y sumamente costosa siempre. Requieren la intervención del Estado. La profundidad y la magnitud de los obstáculos con que hay que luchar así lo exigen.

Al terminar las últimas líneas de este trabajo, no me sentiría tranquilo en mi condición de modesto historiador, ni habría procedido con Arredondo con toda sinceridad con que procuro proceder siempre, si no dejase constancia de una apreciación mía, que viene al caso expresar sobre el fin perseguido por la insurrección iniciada por Céspedes en La Demajagua. No considero que existen evidencias históricas, a base de las cuales pueda afirmarse que la gran revolución del 68 no tuvo en su origen un carácter puro y exclusivamente separatista. La insurrección comenzada contra España el 10 de Octubre, tenía un objetivo único e inconfundible: la conquista de la independencia. El anexionismo no fue planta que floreciera en Oriente nunca, y a Céspedes no es posible cargarle, sin flagrante injusticia, el sambenito de anexionista. Céspedes fue un separatista de convicción y de sentimiento, inquebrantable en su fe en la independencia. Cuba independiente fue el ideal de su vida y por ese ideal luchó con indomable heroísmo y cayó en San Lorenzo. La verdad histórica es esa; no porque yo la aprecie así, sino porque es así. De algunas menores diferencias de criterio con Arredondo no tengo por qué hablar. Si yo fuese a hacer la crítica y la rectificación de mis propios trabajos, no tendría para terminar nunca, y Cuba: tierra indefensa no es acreedora a que se le hagan pequeños reparos, sino a que se le tributen sinceros y calurosos aplausos.

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Ramiro Guerra 0 Artículo escrito
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