¿Qué hace democrática una república? Una reflexión sobre el origen de la democracia, y algunos malentendidos

Democracia y república.

Hablemos de la democracia. Lo primero que hay que hacer es localizarla temporalmente. Su origen se ubica entre los años 500 hasta mediados de los 300, antes de nuestra era. Luego, es necesario establecer su significado. Democracia no quiere decir gobierno “de los más” o “del pueblo”. El vocablo está compuesto por dos palabras griegas: dêmos  y krátos. Lo que significa dêmos  en griego clásico es el sentido que sobre la democracia se mantuvo prácticamente hasta mediados del siglo xix. Pero, ¿qué quiere decir democracia?

Si leen a Aristóteles —que era un enemigo moderado, pero enemigo de la democracia, el dêmos  era lo que podemos llamar, en nuestro español actual, “pobres libres”. Podéis ver a qué Aristóteles llamaba “pobres libres” en La política y en La Constitución de Atenas, las dos grandes obras políticas que han llegado hasta nuestros días. Deben saber que el grueso de su obra política se perdió. Aristóteles escribió más de 140 constituciones, y sólo ha sobrevivido La Constitución de Atenas. Incluso este texto estaba perdido, pero se encontró a finales del siglo XIX. Según Aristóteles, el dêmos, los pobres libres, estaba compuesto de cuatro clases sociales.

Estas cuatro clases sociales son: georgoi (campesinos propietarios de sus tierras), los banausoi (pequeños artesanos) y agoroi (pequeños comerciantes). Luego hay una clase “misteriosa”, que a veces Aristóteles llama, por ejemplo, gentes, y otros autores —no Aristóteles— les llama misthotoi. Todas estas palabras están usadas en plural. Luego, tenemos campesinos, artesanos, pequeños comerciantes y trabajadores asalariados, jornaleros, domésticos. Aristóteles define, de modo genial, el trabajo asalariado como “esclavitud a tiempo parcial”, en una forma que será retomada en el siglo XVIII por Adam Smith y en el xix por Carlos Marx.

Como estos sujetos son formalmente libres, está en disputa si ellos son realmente libres: si son trabajadores asalariados, por tanto, son esclavos a tiempo parcial. Entonces, democracia quiere decir gobierno de estas cuatro clases sociales. Quiere decir gobierno del dêmos en griego clásico: pobres libres, pobres no esclavizados, o, como diríamos en castellano también clásico: gentes que trabajan con sus manos.

Hay un paso en Aristóteles, en La Política, que explica lo siguiente: los pobres libres normalmente componen la mayoría de una polis, de una ciudad, de una república. Por eso, suele confundirse y creerse que la democracia es el gobierno de la mayoría, pero no es así. Si, por casualidad, los pobres libres fueran una minoría de una ciudad y esa minoría mandara, a ese régimen le seguiríamos llamando Democracia.

La palabra “pobres”, en el sentido en que la emplea Aristóteles, existe desde finales del siglo vi y su uso está ligado a la reforma de Solón. Solón es el fundador de la república de Atenas. Su reforma consistió en dos hechos que, aunque se produjeron hace 2,500 años, tienen una actualidad terrible, sobre todo para Europa y particularmente para la Grecia actual. Solón fundó la democracia ateniense a finales del siglo VI, sobre la base de dos grandes reformas.

La primera consistió en el reparto de la tierra, lo que quiere decir hoy reforma agraria. Se trató de un proceso de expropiación de tierra a la antigua oligarquía ateniense, que redistribuyó tierra más o menos de modo igualitario. Así, liquidó los grandes latifundios de la Atenas pre-democrática.

La segunda gran medida política de Solón fue la abolición de la esclavitud por deudas. ¿Qué significado político tenía esta medida? Los pobres libres de todo el mediterráneo antiguo —no sólo en el mediterráneo oriental sino también en el occidental— tenían sobre su cabeza permanentemente una espada de Damocles: si habían contraído una deuda con otro ciudadano libre, y no podían suprimir ni honrar esa deuda, la ley permitía que el acreedor pudiera esclavizar al deudor. Una gran reivindicación de todos los partidos revolucionarios democráticos del mediterráneo antiguo, fue siempre la cancelación de las deudas. En Roma, por ejemplo, que nunca llegó a ser una República democrática, aunque tuvo sus momentos plebeyos muy importantes, jamás llegó a aprobarse una ley tan radical como para prohibir la esclavización por deudas.

Ahora, existía un “pequeño” problema: participar en el gobierno de la ciudad, mandar en la ciudad, mandar en Atenas —como en cualquier otra de las polis democráticas del oriente del mediterráneo— era una actividad que consumía mucho tiempo. ¿Cómo se accedía a un cargo público de Atenas? Todos los ciudadanos libres podían presentar su candidatura. Atenas estaba gobernada por un consejo de 500 personas, diez por cada gremio o “distrito” de la ciudad (un “barrio”, diríamos ahora). Cualquiera que aspirase a un cargo ponía su nombre en un saco escrito en una tabla de arcilla. Se sacaban por sorteo 500 tablillas. Este procedimiento —llamado en teoría política “votación por insaculación”— fue seguido en Europa hasta bien entrada la edad moderna. Por ejemplo, se hacía así en Barcelona, a través del Consell de Cent.

Esto es, se suponía que los ciudadanos libres podían poner su nombre en la tablilla y salir elegidos. Sin embargo, participar en el consejo de gobierno de la ciudad exigía mucho tiempo, y mucha energía, y más aún, señaladamente, para los campesinos pobres que vivían fuera del núcleo urbano de Atenas, donde “fuera” quiere decir que podían vivir a 2,000 kilómetros de distancia. Es necesario pensar en las dimensiones de esa Atenas: lo que hoy es la península de Crimea pertenecía a Atenas. A menudo se cree que las polis eran —como se traduce a veces— una “ciudad estado”, lo cual es impreciso. Atenas llegaba hasta la península de Crimea, que era el granero de Atenas. Se trataba de un imperio territorial. Imaginaros cómo un campesino que estuviese en Crimea, podía acercarse al núcleo urbano de una polis. Era imposible. Para los pequeños artesanos dejar de trabajar un día en su taller era algo prohibitivo. Luego, en la práctica de la democracia solónica, aunque ya se habían hecho esas dos reformas antes mencionadas, seguían mandando los ricos viejos. Los que tenían ocio suficiente como para poder dedicarse a la política.

Aquellos de vosotros que habéis leído a Aristóteles tanto como filósofo político como filósofo moral, probablemente recordaréis lo siguiente: para tener virtud, para ser virtuoso, y para poder deliberar en política, lo más importante es el ocio. Ocio en griego es Skholè (σχολή) —de donde viene “escolar” y “académico”—. Quien tiene ocio puede dedicarse a deliberar racionalmente; en cambio, los que viven de sus manos, deben estar excluidos necesariamente de la vida política porque no tienen tiempo para deliberar, y porque, además, sus actividades son innobles. De modo que los ricos viejos, los aristócratas —Aristóteles les llama los “excelentes”— y los que disponen de ocio — a pesar de esas dos reformas, y a pesar de que teóricamente, el dêmos podía poner, si quisiera, su nombre para acceder al gobierno de la ciudad— contaban con un privilegio exclusivo para mandar sobre la ciudad.

Una gran revolución reaccionó sobre este problema hacia el año 461 a.d.e. El cambio estuvo asociado básicamente a estos nombres: Aspasia, una mujer fascinante —y la mujer más difamada de la historia—, Ephialtes, y un joven llamado Pericles, el amante de Aspasia —una señora mucho mayor y mucho más sabia—. Esa revolución consistió en introducir un salario: dar ingresos a los políticos, a los representantes populares.

¿Qué garantizó esa reforma? Que cualquiera, fuera trabajador asalariado, pequeño comerciante, pequeño artesano, campesino, cualquiera, pudiese poner su nombre en el saquito desde el que se sacaban las tablillas y si, por azar —nunca mejor dicho— su nombre resultaba entre los elegidos, sabía que su familia no iba a morir de hambre por dedicarse al gobierno de lo público. La nueva medida fue vista como terrible e inaceptable por la vieja oligarquía. Si leen con cuidado La República, de Platón, encontraréis dardos venenosísimos contra la introducción del salario en los cargos públicos. Sin embargo, fue eso lo que garantizó que la república de Atenas perviviera durante 150 años de modo ininterrumpido —salvo dos o tres intentos de golpes de estado fallidos— como una república plebeya.

En ese proceso, Atenas fue una república que garantizó el poder de los pobres libres.

Aún existe una cuarta reforma por mencionar, muy importante: la isegoría —a veces mal traducida como “libertad de expresión”—. La isegoría quiere decir “igual capacidad para expresar una opinión ante la asamblea popular”. La asamblea popular se reunía una vez cada año. En griego clásico asamblea popular es ekklesía. La Iglesia católica fue muy astuta y se apropió de muchos nombres de la democracia antigua, entre ellos el de ekklesía . Pero este término nombraba la asamblea popular como forma de deliberación pública abierta, donde todo el mundo podía hablar. ¿Qué quería decir que todo el mundo “podía hablar”?

Primero, literalmente, que todo el mundo podía hablar. Tanto los pobres libres como los esclavos, como las mujeres que, por algún motivo, aunque fuesen libres, no tenían derecho a presentar su candidatura para un cargo público —como las que estaban sometidas a un varón, por ser huérfanas o estar casadas—. (Las solteras y las viudas podían presentar su candidatura sin impedimentos). El hecho era de importancia crucial: incluso las mujeres, como los esclavos, tenían derecho de palabra en el ágora.

La república de Platón contiene frases horribles sobre este aspecto. Allí se afirma que la democracia es el peor régimen posible y equivale a un “gobierno de los esclavos”. ¿Por qué? Por la isegoría, porque Aspasia dio igual libertad de palabra en la asamblea popular —no igualdad de voto, pero sí total libertad de palabra—, tanto a las mujeres no propiamente ciudadanas como a los esclavos. Y eso parecía una alevosía.

Aristóteles no llega tan lejos como Platón, pero hace unas finas observaciones mostrando que una vez que la isegoría permite que cualquiera pueda llegar a un cargo de magistrado o de gobernante, o de juez o de ministro ante la República, esto representa un valor, pero no garantiza en sí la virtud. Sin embargo, lo más relevante que está en el fondo de este asunto es que, al dar libertad de palabra a las mujeres, la democracia subvierte el orden doméstico.

La democracia aparece como el orden civil público, pero por debajo del orden civil público, está el oikos, lo que los romanos luego llaman la familia: la unidad de producción y reproducción básica. En ella, el jefe de familia, el pater familias, se dice en latín, es un despotēs: tiene un gobierno despótico sobre las mujeres, sobre los esclavos y sobre los hijos. Aristóteles, muy fino, en el libro I de La Política muestra que el verdadero gobierno doméstico, del padre de familia, es despótico con los esclavos, quiere gobernar monárquicamente a los hijos y debe gobernar política o republicanamente a la mujer. (Entre paréntesis, es muy interesante esta idea. Solo anoto aquí que San Pablo está muy por detrás de Aristóteles, sus ideas produjeron un gran cambio, y resultó un gran retroceso para las mujeres.)

Aristóteles muestra cómo a las mujeres se les permite hablar libremente y deliberar francamente sobre las cosas más importantes de la república una vez al año. La democracia subvierte el orden doméstico y por ello es, como le llamó Platón despectivamente, un “gobierno de las mujeres”.

Nada de esta historia a favor de la democracia ha sobrevivido. De todos los testimonios sobre la democracia plebeya, que es la que tenemos mejor atestiguada, como la ateniense, han sobrevivido las críticas de sus enemigos, algunos suficientemente ecuánimes como para describirla con cierta objetividad, como es caso, sobre todo, de Aristóteles. Sin embargo, todos los testimonios a favor de la democracia fueron destruidos, ya en su tiempo, o luego, por los filósofos cristianos. Por ejemplo, los discípulos de Platón quemaron todo lo que encontraron de Demócrito, que fue un gran autor pro-democrático. De Demócrito han sobrevivido solo fragmentos.

Ahora bien, como testimonio de lo que fue la democracia antigua, nos quedan los grandes escritores clásicos. Estos no sólo fueron demócratas convencidos, sino que algunos de ellos, como Sófocles, fueron dirigentes importantes del partido de los thetes, o sea el partido democrático. ¿Por qué al partido democrático se le llamaba el partido de los thetes? Porque como dice Aristóteles, hay varios tipo de democracia, según domine una de las cuatro clases sociales que componen el dêmos.

En ese argumento, la “democracia” más feliz y menos peligrosa es la democracia campesina, porque los campesinos viven muy lejos del núcleo urbano, y no molestan. De modo que se puede organizar el gobierno como si no fuera democrático. Más dañino es cuando predominan los artesanos o los pequeños comerciantes. Pero la peor forma de democracia es aquella en que dominan los trabajadores asalariados o los jornaleros. Esa es la peor: como en la democracia ateniense predominaban los asalariados, el proceso fue visto como la invasión del vulgo.

En el siglo XX, autores analfabetos en historia, como Karl Popper —como epistemólogo tenía ideas interesantes, pero como historiador era una catástrofe— hablaba bien de la democracia ateniense, porque nunca entendió su significado. Pero este es un hecho del siglo XX, en el XIX todo el mundo sabía que la democracia era un “monstruo terrible”. Toda filosofía política tenía un argumento en contra de ella.

Pero volvamos atrás. El peor enemigo clásico de la democracia —porque era terriblemente inteligente— fue el comediógrafo Aristófanes. A diferencia de lo sucedido con la cultura artística del mundo moderno, con un contenido eminentemente democrático —como democrático es, desde luego, Cervantes—, Aristófanes pudo hacer un gran número de comedias contra la democracia. La más famosa es la titulada Asamblea de Mujeres. Algunas feministas norteamericanas —similares a Popper como historiadoras—, creen que es una gran obra feminista. En ella Aristófanes defendió imágenes pacifistas y cuestiona —lo que es ya una convención— la actitud belicosa de los dirigentes de la democracia ateniense, contra la cual las mujeres proponen una huelga de úteros para oponerse a la guerra. Parece encantador. Ya nos gustaría que mujeres hicieran huelga de úteros para oponerse a algo. Sin embargo, en ese contexto, ese hecho tenía un significado completamente diferente. A Aristófanes le parecía un despropósito que las mujeres pudieran deliberar políticamente. Para él, las mujeres eran una colección de tontilocas absolutas. Jamás utiliza la palabra isegoría, porque es una palabra demasiado noble. Utiliza una palabra griega que luego Foucault —en otra confusión, porque no era un helenista— también empleó: la famosa parresía. Foucault no entendió —como aquellas feministas norteamericanas— que se trataba de un insulto terrible, del chismeo de porteras y criadas, una crítica con un contenido de clase muy profundo. La isegoría se trataba en Aristofánes de “chismear”. La democracia había permitido el gobierno de las mujeres, incapaces e irracionales. Y un régimen político que permite que las mujeres se expresen y deliberen políticamente está condenado al suicidio. La democracia ateniense merecía el suicidio puesto que había dado voz a las mujeres.

Ciertamente, la democracia ateniense vivió en constante asedio de otras polis no democráticas —como Esparta— y tuvo que hacer la guerra constantemente. El bastión de la democracia fueron los guerreros que la liberaron por tres veces de un golpe de estado. Esas mujeres, en la comedia de Aristófanes, se oponen a la guerra que es el fundamento de la democracia ateniense.

Según la Epístola segunda a los efesios, de San Pablo, la democracia ateniense cayó en el siglo IV. Sin embargo, todavía la democracia se mantuvo en algunas ciudades, tras la conquista del imperio macedonio. Y sobrevivió, sobre todo, a la conquista romana, en ciudades como Éfeso. Cuando San Pablo visita esa ciudad, había una ekklesía —de allí se toma el nombre para la iglesia—, esto es, una asamblea popular democrática. Como cuenta el propio San Pablo, le echaron del templo. No era un templo de adoración, era una reunión democrática, no apta para ir predicando San Pablo sus cosas extrañas.

San Pablo conocía esa tradición pro-femenina de las democracias antiguas. Por ello, elaboró esa fórmula terrible de que las mujeres deben obedecer siempre a su hombre, sin afeites y en silencio. Debo decir que yo soy hijo de la posguerra española y viví una dictadura “nacional-católica”, así se llamaba, y éste era uno de sus preceptos. En las bodas, muchos curas leían este párrafo. Las mujeres “sin afeites y en silencio” es un recuerdo que todavía quedaba del siglo IV a.n.e, una memoria del monstruo que fue la democracia griega.

Resumiendo: democracia quiso decir, desde el siglo V antes de nuestra era hasta 1848, para toda persona culta, este horror. El horror de un gobierno de pobres. Fijaros hasta qué punto llega la difamación que considera que la democracia era un gobierno de pobres, abyectos, analfabetos, y por supuesto, demagogos. Ahora bien, este supuesto populacho, demagogo, horrible, abyecto, sin formación, fue el público de Sófocles, de Aristóteles, del propio Aristófanes.

La democracia griega, la democracia ateniense, tenía un sistema de impuestos muy duro sobre los griegos ricos. Los impuestos en griego se llaman liturgia —otra palabra de la que se apropió la Iglesia católica. Una liturgia es un impuesto en el sentido técnico fiscal. La democracia ateniense imponía liturgias enormes para los griegos ricos —y también contaban con reglas de expropiación de los terratenientes— y con esos impuestos financiaban su teatro. No solo financiaban a los actores, o a los que escribían las obras presentadas, sino que todos los ciudadanos griegos que querían ir a ver a Sófocles —o cómo la democracia de verdad también se expresaba aquí, los que querían ver a Aristófanes, su peor y más venenoso crítico— cobraban de la república.

Hoy es difícil entender lo que estoy diciendo. Es como si ahora, por ir al cine, la república —digamos mal y rápidamente “el Estado”— te diera un dinero porque así te cultivas como ciudadano. En aquellas democracias, se financiaba con impuestos cobrados a los ricos. Estamos hablando del público de la cultura artística literaria clásica, la que ha moldeado todo el gusto occidental. El público de esa cultura es el que los textos de teoría política presentan como un público de pobretones de espanto, sometidos a demagogos terribles. Pero esa es la historia. Vosotros podeís ver que en toda la historia de la filosofía occidental europea, desde el fin de la democracia ateniense, no hay una sola palabra a favor de la democracia hasta la revolución francesa, y particularmente, hasta septiembre de 1792, cuando Robespiere sube al poder. Antes, las únicas palabras mínimamente buenas para referirse a la democracia se cuentan con los dedos de las manos, y eso con mucha prudencia.

La toma de la Bastilla (ilustración)

La toma de la Bastilla (ilustración)

Marsilio de Padua, el gran filósofo político de la Edad Media, hizo una defensa de la democracia que le costó el exilio. En Spinoza  hay unos pasos laterales donde se aprecia a la democracia como algo que no era “tan malo”. Pensad que en la revolución norteamericana, con la declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776, no hay una sola palabra a favor de la democracia. Técnicamente, Estados Unidos no eran una democracia. No hay un sólo documento público norteamericano que diga que es una democracia. En el primer debate de Filadelfia hay palabras muy gruesas contra la democracia. La república norteamericana está constituida como una república mixta en ese debate constitucional, que debe evitar los dos grandes errores del mundo antiguo. El error ateniense —la democracia— y el error romano —la concentración latifundista en la propiedad que llevó al Imperio—. Por eso, la república norteamericana es una república mixta, que de ningún modo es democrática. Estados Unidos no se asumen como democracia, con esta palabra, hasta entrado el siglo XX. La democracia era un nombre muy grueso hasta 1848.

*Este texto es la trascripción de una conferencia ofrecida por el profesor Antoni Domémech en FLACSO-Ecuador, en agosto de 2016. Trabajaron en la trascripción Lucrecia Saltzmann, Ailynn Torres y Julio César Guanche. El profesor Dómenech aprobó el texto final. Este texto que edita Cuba Posible es un adelanto, pues el material es más extenso y será publicado íntegramente más adelante.

EN ESTE DOSSIER:

 

La república de los plebeyos, de Hiram Hernández Castro

 

República y ley en Cuba: reflexiones en tiempo de reforma, de Amalia Pérez Martín

 

La ciudadanía republicana: el género y otros “márgenes”, de Ailynn Torres Santana

 

Raza y fraternidad republicana en Cuba: entre la “trampa” de la armonía racial y el antirracismo en las primeras décadas del XX, de Julio César Guanche

 

Democracia y república. Vacuidades y falsificaciones, de Julio Fernández Bulté

 

De la necesaria reconstrucción del proyecto emancipador del socialismo para el siglo XXI: ¿’Quo vadis’ socialismo?, de Eduardo González de Molina Soler

Sobre los autores
Antoni Domenech Figueras 1 Artículo escrito
Militante, desde muy joven, en la resistencia clandestina antifranquista desde las filas del PCE-PSUC. Estudió filosofía y derecho en la Universidad de Barcelona. En Barcelona se formó intelectualmente con profesores como los helenistas Emilio Lle...
1 COMENTARIO
  1. cesar henriquez dice:

    desde Caracas felicito la iniciativa de cubaposible; ojalá Cuba alcance una nueva síntesis entre el poder,la democracia y la economía,no nos fallen.

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