Reflexiones políticas: los partidos de razas

A cargo de Walter Espronceda Govantes

Este artículo de Juan Gualberto Gómez, publicado en el periódico La Igualdad (La Habana, 28 de enero de 1893), constituye una joya del ensayismo político dentro del periodismo cubano de todos los tiempos. Un análisis de la inclusión del negro en la esfera pública de la Isla exige del autor la identificación de los puntos álgidos dentro la articulación institucional de entonces (tanto en Cuba, como en los espacios de poder de la política metropolitana), pero procurando siempre atisbar desde el posicionamiento de los liberales como referentes de la Modernidad, aun cuando la postura del articulista sea de respeto absoluto a la diferencia. Este artículo es, al mismo tiempo, una pieza maestra para cualquier empeño relacionado con la construcción histórica en un instante clave de la formación de la patria cubana.

Reflexiones políticas: los partidos de razas

Por Juan Gualberto Gómez

La política cubana atraviesa en estos momentos por uno de esos períodos de crisis, que son decisivos en el porvenir de los pueblos, puesto que al salir de ellos, necesariamente, y sin que nadie pueda impedirlo, su porvenir se  fija en un sentido determinado.

Dos notas características reviste la hora actual: la transformación de los partidos locales, y la entrada en la vida pública del elemento de color, que pide su parte de influencia y de representación en la vida de esos partidos. Sobre esos extremos vamos a discurrir, siquiera sea de un modo rápido y conciso.

Que nuestros partidos se transforman, no hay que dudarlo. Los conservadores dan un paso de avance en la senda liberal, creyendo que de ese modo conservarán su predominio en este país. El cálculo carece de originalidad.

Uno de los prohombres más importantes sostiene que la Unión Constitucional debe realizar todo el programa autonomista, menos la autonomía. La libertad política, la descentralización económica y administrativa, las reformas arancelarias, el presupuesto bajo, el desarrollo de la cultura intelectual, el fomento material del país; todas esas medidas simpáticas las debe reclamar y obtener la Unión Constitucional, sin abandonar el credo asimilista, de manera que al sentirse en posesión de esos bienes el país, no experimente la isla de Cuba la necesidad de que se implante el régimen autonómico. “Los pueblos –nos decía ese conservador– no pelean por formas sino por sustancias. Donde exista una monarquía liberal como la de Inglaterra, siempre habrá pocos republicanos. Si aquí vienen todas las libertades, y todos los intereses prosperan con la asimilación, no habrá poderosa corriente de opinión que reclame la autonomía”.

Partiendo de esa creencia, errónea o verdadera –que esto no lo discutimos ahora– los conservadores se muestran dispuestos a liberalizarse.

Por otra parte, los autonomistas, a juzgar por los discursos de los señores Fernández de Castro y Montoro, parecen inclinarse a una campaña de reivindicaciones enérgicas, pero con la firme intención de ganar la batalla o renunciar a la lucha en el terreno constitucional. Van a las Cortes a gestionar con denuedo las conclusiones de su programa; pero si las elecciones no se hacen con legalidad y si no tiene positivas ventajas de la acción, parlamentaria, no volverán a la abstracción ni al retraimiento sino se disolverán por completo. Aunque pudiera ser hábil no reclamar reformas parciales, puesto sus adversarios creen que con ellas se aplaza el triunfo de la autonomía, los liberales desdeñan esa habilidad. Tienen confianza en la virtualidad de sus ideas, y estiman que mientras más libertades, derechos y garantías se otorguen al país, mayor será el número de los que comprendan que el coronamiento indispensable de todas las medidas liberales que se dicten tiene que ser el régimen autonómico.

No hay duda de que es interesante el estudio de la situación en que respectivamente se van colocando los dos partidos locales. Nos vamos alejando, de ese modo, de la vieja disputa de personas y de la mezquina lucha de intereses privados, para entrar en el terreno en que se mueven los grupos que alientan aspiraciones de índole general. Los conservadores, al cabo, se convencen de que hay que conquistar la voluntad del país con reformas y libertades; y los liberales se persuaden de que para que un partido pueda vivir dentro de la legalidad, es indispensable que esa legalidad imparcialmente distribuya su amparo a todos los que la acatan y reconocen. A los partidos coloniales, más que a otros ningunos, interesa especialmente el cumplimiento de esta condición; porque siendo los Poderes metropolitanos jueces de las reclamaciones de esos partidos, si uno de ellos tan sólo cuenta con el apoyo de aquellos Poderes, resulta que el pleito que se trata de fallar se lleva al conocimiento de quien es a la vez juez y parte en el asunto. Absurdo jurídico que nadie puede sostener como bueno en política.

Han de ser, por todo esto, muy instructivas las faenas de las futuras Cortes, en lo que afecta a la posición definitiva de los dos partidos que en la colonia se agitan. En ellas veremos hasta qué punto llega la firmeza de los neo-conservadores en materia de liberalismo y de descentralización; y veremos también qué grado de energía despliegan los liberales en la defensa del programa “autonomía o disolución” –pocas veces se habrán planteado aquí las cuestiones con mayor claridad. Hay que esperar, por todo ello, que entraremos en un terreno en que se obtengan resultados positivos, en un sentido u otro.

Pero si esta evidente modificación de la actitud de los partidos es digna de fijar la atención, no lo es menos la que ha adoptado la clase de color. Cuando hace dos o tres años se iniciaron los trabajos preliminares que han dado por resultado el movimiento actual, algunos creyeron, y hasta vociferaron –con buena fe o sin ella– que toda tentativa de concentración de los elementos procedentes de la raza negra, necesariamente tenía que provocar recelos y animosidades que, de un modo indefectible, habían de traer la guerra de razas –así como suena– la guerra de razas.

El razonamiento empleado para justificar esas suposiciones, entra en la categoría de los simples. “Se llama –se decía– a la raza de color, para que se agrupe separadamente alrededor de un programa: luego, en vez de unir, se separa; y al separar aquí las razas, se las lleva a la guerra de unas contra otras”.

Pero ese argumento simple pecaba por la base. No se llamaba un elemento ya unido a otro para constituirlo separadamente; sino que a un elemento ya separado desde hace siglos, y que era el que más sufría por esa separación, se le decía: “Vamos a trabajar porque desaparezcan los obstáculos que se oponen a la unión, y a robustecer nuestras aspiraciones con la mayor suma posible de concursos, para que reine la igualdad, y sobre ella se cimiente la concordia”.

Nadie predicaba con tesón y constancia las doctrinas de igualdad y unión. ¿Quiénes debían abogar por ellas? Indudablemente los que más necesitaban que imperasen, y estos eran, en el caso concreto de Cuba, los miembros de la clase de color.

Agrupáronse, pues, constituyeron una representación –la más autorizada que hasta ahora ha tenido esa clase, tanto por lo explícito de los que contribuyeron a formarla o se adhirieron a ella más tarde. Esa representación ha empezado a funcionar; y a despecho de todos los meros pasos no han podido ser más fecundos en buenos resultados. Los partidos que aquí se disputan la opinión han podido convencerse de que no se trata de constituir un partido más, basado en el hecho de la raza; sino por el contrario, se trabaja por la desaparición de desigualdades y preocupaciones que alejaban a los elementos negros de la órbita en que los partidos cubanos se mueven. Borradas esas desigualdades, amortiguadas esas preocupaciones, no tendrán ya los hombres de color aspiraciones particularistas que defender, y podrán ingresar más fácilmente en los diversos partidos cubanos, sin que al elegir entre ellos, tenga un hombre negro que obedecer a más razones que las mismas que determinan la elección de los hombres blancos cuando se deciden a entrar en una agrupación.

Desde el instante en que en la esfera pública y social no existan diferencias entre blancos y negros; desde el momento en que ciertas aspiraciones no sean especiales y privativas a los individuos de una sola raza, no habrá agrupación de raza posible, y el hombre de raza dejará de existir para dar nacimiento al hombre, sin adjetivo. En esa hora suprema, el más grave de los problemas cubanos se habrá resuelto satisfactoriamente, y en vez de un país como el que tenemos actualmente en el que se venía prescindiendo del concurso de la tercera parte de los habitantes, por ser éstos de raza negra, tendremos un país en el que todos los individuos gozarán de la parte de influencia que les corresponde, y en el que los individuos se agruparán por razón de sus ideas, de sus intereses, de sus tendencias, de sus necesidades y sus aspiraciones. Los que tengan ideas conservadoras; blancos y negros, irán al partido autonomista, si son autonómicas sus aspiraciones; en tanto que los que profesen el ideal de la independencia, irán al separatismo.

Lejos, pues, de llevar a la creación de un partido negro, la concentración que para realizar el programa igualitario se ha efectuado en el seno de la clase de color, lo que prepara es la fusión de las razas en lo que a la vida pública se refiere. Así lo han visto los jefes de los partidos, que todos han manifestado en recientes conferencias, que también alientan esa noble y patriótica aspiración, por estimar que es civilizadora y progresista.

Sería necesario estar cegado por la pasión para no conocer la importancia moral de ese resultado, y para negar trascendencia a la correcta actitud con que en el campo de la política patria realiza sus primeras evoluciones la clase de color. Gracias a esa corrección, a la mesura y prudencia, no exenta de firmeza, con que formula sus justas reclamaciones, la raza de color es hoy un factor al que se empieza a estimar y que cada día será más y más atendido.

Las circunstancias de que ha sabido armonizar sus necesidades  con el bien común, ha contribuido también a ese resultado. Pero no hay que ocultar, de todos modos, que es un dato de mucho valor, para apreciar el movimiento político actual el que significa la entrada, como factor influyente en la vida de los partidos, de elementos que hasta ahora venían siendo postergados, y con los cuales no se contaba para la resolución de las graves cuestiones que nos ocupan y preocupan.

Mucho cabe esperar que ese suceso, que ha de trascender en la existencia de esta colectividad. La misma coincidencia del acceso de la clase de color en la vida pública, en los momentos en que nuestros partidos se transforman, no deja de ser significativa. Todos, lo mismo los de la derecha que los de la izquierda, lo mismo los que viven dentro que fuera de la legalidad, han de recibir rica savia con la participación del nuevo elemento. Y cabe la alentadora esperanza de que, disipados los recelos, desterradas las prevenciones, la solución final del problema cubano se encuentre con más facilidad, desde el momento en que desaparezcan las diferencias que hacían de los negros y los blancos castas separadas, más dispuestas a repelerse que a respetarse y a amarse, como fracciones hermanas, como hijas que son de la misma patria.

Estas consideraciones, que un examen concienzudo de la situación actual nos hace formular, permiten que abriguemos grandes esperanzas en el porvenir de nuestras ideas, y que digamos a todos nuestros compatriotas y convecinos: “!Adelante! La lucha por la igualdad, es la lucha por la libertad y por la ventura de nuestro país.”

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