Repensar la sociedad civil cubana en el siglo XXI

El debate sobre la sociedad civil ha recorrido un azaroso e intermitente camino en el contexto cubano. Como han explicado estudiosos del tema, el concepto llegó en Cuba en los años 90, a raíz del colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista. Posteriormente, quedó sujeto a un período de silencio a partir de la incipiente recuperación de la economía cubana en la segunda mitad de esa década, para renacer después en el contexto de la Cumbre de las Américas en el 2015, cuando el gobierno cubano debió enviar una delegación representante de la sociedad civil cubana, teniendo que definir, por ende, los fundamentos de lo que entendía y entiende por “sociedad civil” (Recio en: Rethinking Cuban Civil Society Alfonso).[1]

No hay que olvidar que, durante los años 90 en Cuba, el término fue rechazado por algunos, por “encarnar” el ideal del liberalismo. Baste recordar el artículo ¿Sociedad civil o gato por liebre?, de Raúl Valdés Vivó, de 1996, en el que el autor se refiere a éste como un término “empleado por los imperialistas para hacer planteamientos positivos.”[2] El siglo XXI llegó, por el contrario, con ciertos eventos que contribuyeron a la apropiación y acogida definitiva del concepto por el estamento oficial cubano (en el contexto de una esperada normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos     —anunciadas el 17 de diciembre del 2014—, y antecedida por el proceso de reformas o actualización del modelo iniciado por el presidente Raúl Castro).

Este artículo no pretende realizar una macro-conceptualización sobre la sociedad civil en la Isla; simplemente busca esbozar una aproximación mínima sobre el tema en el contexto de una Cuba post-17D. Intentaré, no obstante, seguir algunas de las sinuosidades de este debate, prestando atención a uno de sus momentos más complejos: el de la autonomía. En este sentido, me referiré a los intersticios de una “zona gris” intermedia, de una sociedad civil cubana pujante que se está redefiniendo como espacio liminal (esto es, ni opositor, ni revolucionario; ni totalmente autónomo, ni totalmente interdependiente). Presentamos desde aquí la posibilidad de hablar de la emergencia de una zona de “intersticial” de autonomía de la sociedad civil cubana.

Para ello me referiré, primeramente, y de manera muy breve, a la trayectoria del término y a los retos metodológicos que su uso impone, en particular, con respecto al concepto de autonomía. Seguidamente, haré referencia al contexto actual de relaciones entre Cuba y Estados Unidos en el que se redefine el debate sobre la sociedad civil. Incluimos, al final, un trailer de nuestro documental Rethinking Cuban Civil Society (Repensando la sociedad civil cubana), de próximo estreno, el cual recoge entrevistas con actores de la sociedad civil de la Isla, quienes debaten muchas de las ideas que este artículo expone.

 I. Sociedad civil y autonomía

La autonomía es un tema clave dentro del desarrollo del concepto de sociedad civil. Las primeras definiciones de “sociedad civil” no contemplaban a la autonomía como uno de sus elementos constitutivos. Aristóteles, por ejemplo, se refiere a un concepto parecido al de nuestra moderna “sociedad civil” como “kimona (comunión, asociación) politiké (polis, república, unidad política)”, en el cual la “sociedad civil” es concebida como la asociación de ciudadanos en la República política; y, en tal concepción, no se aludía a una separación entre instituciones políticas y sociedad.

Para los filósofos contractualistas Thomas Hobbe y John Locke, sociedad civil no era lo que se opone al Estado, sino la sociedad en su conjunto (incluyendo a sus instituciones políticas) en oposición al estado natural (entendido como la naturaleza). Sociedad civil era, entonces, sinónimo de “civilidad.”

Es durante la Ilustración, con la emergencia de los salones como espacios de discusión intelectual públicos, que se introduce la idea de sociedad civil como instancia autonómica, diferenciada del Estado. Correspondería a Marx, a Gramsci y a otros filósofos en siglos posteriores, complejizar el concepto; añadiendo nuevos matices interpretativos. Para Marx, por ejemplo, la sociedad civil se definiría como el lugar de opresión de la burguesía a la clase trabajadora; para Gramsci, sería la instancia a través de la cual el Estado despliega su hegemonía mediante el consenso.

Jürgen Habermas, metodológicamente, concibe la sociedad civil como una zona autonómica con respecto al Estado, al articular las nociones de “mundo de la vida” y “sistema”. La sociedad civil, encarnada por el “mundo de la vida”, se constituye comunicativamente, y se enfrenta al poder del mercado y del Estado. Está conformada por asociaciones voluntarias, más o menos espontáneas, que tratan los problemas en los ámbitos de la vida privada y los elevan al nivel de discusión pública. El “sistema”, por el contrario, está conformado por los mecanismos de dominación política y económica (el Estado y el mercado), independientes del “mundo de la vida.” Es en este sentido que Habermas se refiere a la sociedad civil como el “guardián del Estado”, al cual se opone, controlándolo, salvaguardando una fortaleza “que no se ha de tomar jamás” (el ámbito de las relaciones interpersonales).[3]

En las últimas décadas ha existido un interés notable en deconstruir las concepciones dicotómicas de la relación sociedad civil vs. Estado. Nancy Fraser y Neera Chandhoke por ejemplo, cuestionan ambas las bases heteronormativas de la sociedad civil habermasiana (patriarcal, blanca), y las limitaciones de su alcance. Fraser arguye que al no poder concebir “esferas públicas otras” (diferentes a una blanca, heteronormativa, patriarcal, masculinista y burguesa), Habermas termina idealizando una esfera pública liberal, autónoma, diferenciable del Estado.[4] Chandhoke, por su parte, cuestiona el concepto de autonomía que se deriva de los planteamientos habermasianos, al establecer que la sociedad civil, si no depende del Estado, va a depender de otras instituciones (financieras o proveedoras de apoyo de otro tipo) que promuevan su florecimiento (concretamente se refiere a como las ONGs han venido a cumplir ese rol en un mundo post-Guerra Fría).[5]

Las referencias al tema sociedad civil-autonomía/interdependencia no estuvieron ausentes del debate cubano de los años 90. Rafael Hernández, uno de los primeros que aborda en la Isla el tema de la sociedad civil desde una perspectiva renovadora, incluye en su análisis nociones que han ido tradicionalmente mano a mano con el concepto de autonomía y sociedad civil (disidencia, democracia, pluripartidismo, entre otros), en su antológico artículo Mirar a Cuba, publicado en La Gaceta del candente agosto de 1993.[6]

En Sociedad civil y hegemonía, publicado por Temas en junio de 1996, el filósofo Jorge Luis Acanda analiza el tema de la autonomía a partir de una lectura gramsciana. Para Gramsci, el poder, en su empeño de justificar su estatus coercitivo, recurre a la legitimación de sus patrimonios de coacción a través de su interrelación con instituciones que justifiquen y legitimen sus mecanismos de control. Dichas instituciones de la sociedad civil (la Iglesia, la familia, la cultura, etc.), son parte de esta especie de consenso tácito a través del cual el poder se establece, no ya como imposición, sino de forma natural, cuasi religiosa (Acanda, 91).[7]

Es en este espacio de consenso (inconsciente, involuntario, incontrolado) de las instituciones de la sociedad civil, donde el poder articula su hegemonía. Que estas sean totalmente autónomas es, por tanto, una ilusión; pues el poder se vale de ellas para instituirse y lograr su hegemonía. Dentro de esta lógica, el Estado no es sólo un cuerpo jurídico, sino la sumatoria de las relaciones orgánicas entre sociedad política y sociedad civil (Acanda, 91). “Es esta acepción amplia de la política y del poder como dominación  —arguye Acanda— lo que nos permite escapar de un modo de sociedad como agregado de esferas separadas y bien diferenciables entre sí” (Acanda, 89).

II. Estados Unidos y Cuba

Si revisamos los modelos de sociedad civil que se presentan como “ideales” por los gobiernos de Estados Unidos y de Cuba, llama la atención (además de la insultante insistencia con que el vecino norteño se inmiscuye en el destino de Cuba): 1. La visión binaria y dicotómica de Estados Unidos (la sociedad civil debe ser independiente para que sea auténtica); 2. La visión unitaria y exclusivista del gobierno cubano (la sociedad civil está conformada mayormente por las organizaciones de masa revolucionarias, y por las organizaciones no-gubernamentales que no existan en una posición de conflictividad con la ideología revolucionaria). Ambos modelos parecen dejar fuera la riqueza de un sector intersticial conformado por una sociedad civil intermedia, a medio camino entre lo estatal y lo autonómico: “disensora”, pero no necesariamente opositora; independiente, pero no obligatoriamente autónoma.

¿De qué hablamos cuando nos referimos a una sociedad civil cubana? ¿Es su autonomía un ideal anhelable, o más importante aún, plausible, alcanzable? ¿Lo es su interdependencia? Comencemos por echar una mirada a algunas de las formulaciones sobre este tema, propuestas (¿impuestas?) por gobierno de Estados Unidos.

Por ejemplo, el 2 de marzo de 2014, Antony J. Blinken, secretario de Estado adjunto del Departamento de Estado de Estados Unidos expresa en una Declaración Nacional en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra:

“Estamos cada vez más preocupados acerca de las detenciones breves de activistas pacíficos por parte del gobierno, que alcanzaron cifras récords en enero. Exhortamos al gobierno cubano a abandonar esta táctica de acallar protestas pacíficas. En unas semanas el presidente Obama realizará una visita histórica a Cuba y destacará que sería mejor para el pueblo cubano que existiera un ámbito donde la gente se sienta libre de escoger sus partidos políticos y sus líderes, expresar sus ideas, y donde la sociedad civil sea independiente y se le permita prosperar” (Blinken, énfasis mío)”.[8]

Si revisamos los documentos en los que el Departamento de Estado justifica cada año el presupuesto destinado a transferir/imponer modelos democráticos a Cuba, vemos como en dicha narrativa subyace el ideal de una sociedad civil autónoma. Citar cada uno de estos documentos haría este artículo excesivamente extenso. Solo voy a referirme a una de las últimas instancias en que dicha institución reitera explícitamente su afinidad por esta narrativa, en el nuevo contexto de restablecimiento de relaciones.

Tres días después de concluida la visita del presidente Obama a Cuba, el Departamento de Estado anuncia que ha destinado “753,989 dólares para programas dirigidos a líderes emergentes de la sociedad civil cubana”. Estos programas “incentivarán el desarrollo, por parte de sus participantes, de un plan de acción para promover actividades comunitarias no gubernamentales en Cuba”. Luego siguen líneas como éstas:

“El Departamento de Estado está en conexión con grupos independientes de la sociedad civil en torno a los temas de educación, comunicación y asuntos cívicos.

…………………….

Para apoyar un progreso mayor, el Departamento de Estado ha destinado 753, 989 dólares de los Fondos de Apoyo Económico del año fiscal 2015, al programa de desarrollo profesional en apoyo a las organizaciones independientes en Cuba. (Todos los énfasis son míos)”[9]

Aún dentro de un panorama de normalización y restablecimiento de relaciones, el gobierno de Estados Unidos no sólo escoge mantener una posición obviamente intervencionista hacia la soberanía de Cuba, sino que sigue adscrito a un modelo de sociedad civil a todas luces reduccionista y dicotómico, que desestima las complejidades de cualquier dinámica social, no sólo de la cubana.

Por otra parte, en entendible reacción al injerencismo norteamericano, y también en un intento de subsanar la antigua posición que sustentaba la incompatibilidad entre sociedad civil y Estado socialista, actores diversos de la oficialidad cubana han redefinido su ideal en las antípodas del modelo promovido por el Departamento de Estado norteamericano. Prefiguran así una sociedad civil cubana socialista, compuesta por organizaciones mayormente afiliadas al Estado, cuya prioridad parece ser su supeditación a una ideología posible: la revolucionaria. (Hay que destacar, no obstante, que también consideran a las organizaciones no gubernamentales como parte de la misma, siempre que estas queden definidas ideológicamente dentro de estos perímetros).

Así quedó establecido desde 1996 en el V Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, donde se afirmó que la sociedad civil cubana está compuesta por:

“(…) nuestras potentes organizaciones de masas (CTC, CDR, FMC, ANAP, FEU, FEEM e incluso los pioneros), las sociales, que como es sabido agrupan entre otros a los combatientes de la Revolución, a economistas, juristas, periodistas, artistas y escritores, etc., así como otras ONGs que actúan dentro de la legalidad y no pretenden socavar el sistema económico, político y social libremente escogido por nuestro pueblo, a la vez que aun cuando tienen su personalidad propia e incluso su lenguaje específico, junto al Estado revolucionario persiguen el objetivo común de construir el socialismo”.[10]

Veinte años después, en el Foro de la Sociedad Civil Cubana Pensando Américas, que sirve como preámbulo preparativo a la delegación cubana que participaría en la Cumbre de Panamá, Abel Prieto reitera que “nuestra sociedad civil está formada por organizaciones revolucionarias” y que “no se puede confundir lo no estatal con lo contrarrevolucionario” (Prieto citado por autores varios, Juventud Rebelde).[11]

Prieto retoma su visión de sociedad civil cubana revolucionaria en su intervención en la Comisión 1 del VII Congreso del PCC, cuando expresa:

“Pero en Cuba tenemos un tipo de democracia única, que tiene que ver con la sociedad civil revolucionaria. Un ministro cubano está obligado a presentarse ante las organizaciones y rendir cuenta de su trabajo. Tenemos una fórmula extremadamente democrática donde las políticas son sometidas a debate por nuestro pueblo organizado, de forma no gubernamental, que no quiere decir no revolucionaria”. (Prieto citado por Elizalde, Cubadebate)[12]

Dejando a un lado el tema de que la democracia cubana se reduzca a que un ministro esté obligado a presentarse ante las organizaciones a rendir cuentas (en caso de que así sucediera siempre), puede inferirse que, aunque la narrativa oficial cubana establece un espacio de aceptación hacia lo “no-gubernamental” como componente de la sociedad civil, este gesto parece nacer más bien desde una tolerancia, y no desde la inminente necesidad de la promoción y la escucha de las voces alternativas que componen el tejido social cubano actual. Es decir, la sociedad civil cubana es socialista, en esencia, con voces y organizaciones no gubernamentales que existen en la periferia de un núcleo, sin establecer conflictividad alguna con él.

No por gusto Prieto reitera el temor de que estas últimas (las no gubernamentales) sean confundidas con “no revolucionarias.” La confusión se deriva de la excesiva ideologización que ha permeado a la sociedad cubana, y de la sospecha que generan alternativas ciudadanas que tengan como prioridad, no la mentalidad de bastión ideológico, sino la solución a los acuciantes problemas prácticos que afectan a la sociedad cubana.

Nuevos imaginarios para la sociedad civil cubana

Para visualizar estas visiones encontradas (en el sentido más polisémico de la palabra) de sociedad civil (la dicotómica-binaria y la unitaria-exclusivista), retomemos algunas de las teorizaciones sobre el modelo de una sociedad civil interdependiente. Fraser y Chandhoke, cuestionan, como vimos, el mito de la sociedad civil eminentemente autónoma. Ambas pensadoras reconocen la agencia y poder transformativo de esa sociedad civil interdependiente (es decir, no autónoma). Por ejemplo, Fraser explica como la sociedad civil, entendida no como una entidad opuesta al Estado, sino parte constitutiva de él, puede provocar transformaciones más radicales que si se concibiera ésta como un dominio autónomo.[13]

Chandhoke, por su parte, cuestiona tanto la imposibilidad de un modelo radical de autonomía como la legitimidad y alcance del mismo. Chandhoke explica que las ONGs, que son el espíritu de la sociedad civil en un mundo post-Guerra Fría, han venido a sustituir el concepto de regímenes autoritarios. Son ahora estas ONGs las que, subvencionadas por agencias donantes (como, por ejemplo, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional), dictaminan cuáles son los nuevos habitus de aceptabilidad dentro de la discusión pública, con sus “cuerdas atadas” a sus donantes. Esto, arguye Chandhoke, oscurece y debilita el trabajo de resistencia de sectores verdaderamente alternativos, al presentarse en su lugar, o dárseles crédito, a este otro tercer sector que, a fin de cuentas, depende de otras entidades y no es tan autónomo como se presenta.[14]

Es a esos sectores verdaderamente resistentes, contestatarios y emancipadores de una sociedad civil socialista interdependiente (y no autónoma) a los que parece referirse Acanda en el contexto cubano de los años 90, cuando establece que “la sociedad civil no puede ser percibida tan sólo como zona de enraizamiento del sistema hegemonial de la dominación, sino como el espacio desde donde se le desafía” (91) Añade al respecto:

“La nueva hegemonía liberadora tiene como objetivo potenciar una sociedad civil que sea escenario de acción creadora de los sujetos que la componen. Sujetos de la revolución, sujetos que son congruentes entre sí, y que son capaces de rebasar imprescindibles conflictualidades porque son todos ellos, no meros portadores sino coautores de un proyecto liberador al cual no pueden renunciar (…); proyecto que someten a constantes restructuraciones, en la medida en que las circunstancias internas y externas se transforman”. (Acanda, 91-92).

De acuerdo con estas visiones centradas en torno a la imposibilidad e inefectividad —ya sea descriptiva o prescriptivamente— de concebir una sociedad civil totalmente autónoma, independiente y víctima de un Estado hegemónico, la sociedad civil cubana socialista, interdependiente de un Estado del cual es parte, encarnaría acaso este paradigma transformativo en cuanto a su capacidad de agencia de contestación. Los individuos, parte de instituciones interdependientes, dentro de tal visión, retan, cuestionan, desafían los momentos hegemónicos de ese Estado, más allá de la falacia de una supuesta autonomía.

Es cierto que los actores de la sociedad civil socialista cubana han ganado en cuanto a la capacidad de visibilizar sus demandas y de articular sus agendas. Sin embargo, la tácita expectativa de que son parte de un proyecto común emancipador al cual se deben, les ha privado en muchos casos de una capacidad de agencia mayor. Existe, como generalidad, una desconexión entre su capacidad contestataria y su capacidad de ejercer cambios reales que afecten los comportamientos hegemónicos de ese poder. Es esto lo que explica la emergencia de toda una zona espontánea, semi-autónoma, dentro del espacio público cubano, que viene a complementar, con nuevas negociaciones y potencialidades, el vacío dejado por el estatismo inoperante.

Lo que estoy tratando de decir es que, si bien el cuestionamiento a la separación dicotómica entre sociedad civil y Estado es necesario y aporta luces a una comprensión más profunda de estas dinámicas, no es suficiente contentarnos con el imaginario de una sociedad civil socialista, supuestamente exitosa, conformada básicamente por las organizaciones vinculadas al Estado, y donde las agendas de las no-gubernamentales y no-estatales queden supeditadas a filtros ideológicos.

Quizás se impondría hablar, en lugar de la dicotomía tajante entre sociedad civil y Estado —como la que anhela el Departamento de Estado norteamericano al financiar grupos opuestos al gobierno cubano—, o de supeditación de la sociedad civil a la línea ideológica favorecida por el Estado, —como hace el gobierno cubano—, de las porosidades que comunican lo autonómico y lo interdependiente en Cuba; de las “entradas a” y “salidas de” zonas de autonomía de todo un sector de la sociedad civil cubana que busca potenciar nuevos imaginarios, sin necesariamente tener la oposición frontal o la autonomía total como premisa. Más que de autonomía o de la ausencia de ella, estaríamos imaginando la posibilidad de zonas de “autonomía intersticial” (o de los “intersticios de un poder autonómico”) de la sociedad civil cubana, que exhorte a la consecución de una praxis contestataria y realmente transformadora con respecto a los mecanismos de control hegemónico.

No hay que subestimar, por supuesto, el contexto de asedio en el que se ha conformado nuestra historia, con respecto a Estados Unidos. Sin embargo, quizás sea saludable comenzar a poner el énfasis en una plataforma común nacionalista y anti-embargo, donde la defensa de la soberanía, más que los tamices ideológicos, sean ostentados como valores unificadores. La sociedad civil cubana actual es mucho más rica, conformada como está por tejidos que no reproducen necesariamente una ideología única, sino que disienten, desafían, cuestionan, socavan, reciclan y deconstruyen viejos paradigmas; redefiniendo, a su vez, nuevos escenarios posibles.

Rethinking Cuban Civil Society: Official Trailer from María Isabel Alfonso on Vimeo.

Notas:

[1] Recio, Milena en: Alfonso. Documentary Rethinking Cuban Civil Society. De este documental, de próximo estreno en New York, presentamos un trailer al final del artículo.

[2] Valdés Vivó, Raúl. “¿Sociedad civil o gato por liebre?” Granma. La Habana, 4 de enero de 1996.

[3] Habermas, Jürgen. Facticidad y validez. Madrid: Editorial Trotta, 1998.

[4] Fraser, Nancy. “Rethinking the Public Sphere: A Contribution to the Critique of Actually Existing Democracy.” Social Text, No. 25/26 (1990): 56-80.

[5] Chandhoke, Neera. The Conceits of Civil Society. Ofxford: University Press, 2003.

[6] Hernández, Rafael. “Mirar a Cuba.” La Gaceta, agosto, 1993. De gran importancia es también la tesis de grado de la periodista Milena Recio “Sociedad civil en los 90: el debate cubano”, parcialmente publicada por Temas, la cual recoge entrevistas al propio Rafael Hernández, a Armando Hart, Berta Álvarez, Jorge Luis Acanda, e Isabel Monal, ente otros. El trabajo de Recio sistematiza y poner a dialogar muchas de las ideas, a ratos encontradas, sobre el tema de sociedad civil y la autonomía–entre otros muchos–, dentro del complejo panorama de Período Especial por el que atravesaban la isla. Un fragmento de este trabajo puede accederse en

[7] Acanda González, Jorge Luis. “Sociedad civil y hegemonía.” Temas 6 (1996):87-93.

[8] Blinken, Antony. National Statement and the Human Rights Council. March 2, 2016. http://www.state.gov/s/d/2016d/253899.htm

[9] El documento fue referido y citado por Tracy Eaton en su blog Along the Malecon. http://alongthemalecon.blogspot.com/2016/03/new-state-department-program-targets.html

[10] Resolución aprobada por el V Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. (citado por Ramírez Cañedo, Cubadebate, 18 marzo, 2016).

[11] Prieto citado en “Esta es nuestra sociedad civil, … y revolucionaria. ”Juventud Rebelde. Marzo 17, 2015 Autores varios.

[12] Elizalde, Rosa Miriam. “Comisión 1 del VII Congreso del Partido: El Modelo del país que queremos.” Cubadebate, 16 abril, 2016. http://www.cubadebate.cu/noticias/2016/04/16/comisiones/#.V8NFoZMrKRs

[13] Ibídem.

[14] Ibídem.

Sobre los autores
María Isabel Alfonso 23 Artículos escritos
Licenciada en Letras Hispanas en la Universidad de La Habana. Doctora en Lenguas Romances en la Universidad de Miami. Autora de numerosos artículos sobre las dinámicas socio-culturales de los años 60s en Cuba ―en específico, sobre las Ediciones...
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