Respuestas para una discusión ausente: a propósito de un texto de Liudmila Morales

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Hacer preguntas es prueba de que se piensa.

Rabindranath Tagore

I

Después de leer el artículo titulado Terminación voluntaria del embarazo en Cuba: ¿salud, derecho, libertad, justicia? Preguntas para una discusión pendiente, de Liudmila Morales, he pedido a los editores de Cuba Posible un pequeño espacio para discernir sobre algunas interrogantes que la autora plantea, sin por ello dar por concluido el debate ―por cierto, universal― sobre el tema de poner término voluntariamente al embarazo humano. No es un capricho ni una lindura escritural estas últimas palabras.

Cuando hablamos de “embarazo humano”, estamos haciendo una importante primera diferencia entre animales y personas, entre embarazo o gestación, y cualquier otro proceso biológico. Cuando decimos “poner término voluntariamente”, nos estamos refiriendo al ejercicio consciente, premeditado, de concluir ese proceso que llamamos gestación, una intervención en la salud del ser humano con todas las consecuencias positivas y negativas del acto.

Tales distinciones son importantes porque las palabras encierran significados y significantes que pueden cambiar radicalmente el sentido último de las cosas; y confundir y prefigurar juicios de valor sin ningún valor real, ni ser entendibles fuera de las fronteras insulares. En Cuba el término “jinetera” se emplea para llamar así a la prostituta, “deambulante crónico” al mendigo, al “sin casa”, e “interrupto” o “disponible” al desempleado. Tampoco hay trabajo privado sino “por cuenta propia”. El arte de suavizar los términos para cambiar su significante ―aquello que remite al inconsciente― se ha llamado eufemismo. Prostituta, mendigo y desempleado son palabras duras pero directas, claras, sin posibilidades de atribuirle otros significados. Son lo que son.

Es necesario aclarar esto, porque la interrupción del embarazo humano en Cuba ha corrido la misma mala suerte. La palabra adecuada, la que reconoce el mundo entero, incluida la RAE, ―quien regula el uso y el abuso del idioma castellano hasta ahora―, es aborto. Este puede ser provocado (la intervención voluntaria por una persona o por la propia mujer) y espontáneo (aquel que sucede por causas clínicas que van, desde malformaciones del feto, hasta causas atribuibles a la madre como infecciones, hipertensión, etc).

Como en la mayoría de los países del mundo el aborto provocado es condenable por ley o no, y está bien visto o no (no en el 25 por ciento, como afirma la autora). En Cuba, tradicionalmente, se han utilizado palabras que desvirtúan el significado y significante de lo que es, llana y sencillamente, terminar una vida humana no nacida; “vida objetiva” pues “existe más allá de la conciencia de los hombres”.

Así, por ejemplo, la interrupción de un embarazo antes de los 45 días se convierte, por la magia de las palabras, en “regulación menstrual”. El absurdo está en la propia definición: ¿de qué “regulación” se habla cuando no hay menstruación por 45 días? El proceder no regula nada.

Es un raspado del útero grávido, pues se hace una prueba de embarazo previa ―lo cual aumenta la farsa―, y se extrae del endometrio, por aspiración, el huevo fecundado. Una segunda palabra, “legrado”, enmascara el aborto provocado antes de las diez semanas. Es preciso decir que en ese tiempo ya el feto ha perdido su parte caudal, tiene placenta y se alimenta de la madre por el cordón umbilical. Como bien admite la autora, los documentos del Ministerio de Salud Pública que regulan los tiempos y las definiciones no son del conocimiento generalizado.

Ya el hecho de hablar en diferentes “idiomas” dificulta el entendimiento, no solo al interior de Cuba, sino con el resto del mundo. Ese mundo habitado desde hace 2 000 años por las tres grandes religiones monoteístas sigue creyendo que el aborto ―no la “regulación” ni el “legrado”― son faltas graves, pues ponen fin a la vida humana de forma voluntaria.

¿Por qué sorprenderse de que un presidente como Rafael Correa, católico practicante que milita en la izquierda, está contra el aborto? ¿Es que la izquierda no va la Iglesia, no puede ser cristiana, creyente? Este asunto nada tiene que ver con derechas e izquierdas, ni iglesias ni partidismos, sino con concepciones filosóficas profundas sobre qué es la vida, qué es la muerte, y otras “preguntas últimas” o escatológicas.

II

Una discusión sobre la terminación del embarazo humano debe comenzar desde el momento de la concepción. Quienes defienden el aborto argumentan que la vida humana no empieza sino con el nacimiento. Contrarios al aborto dicen que la vida está presente desde el mismo instante de la fecundación. Este es un punto interesante, y daría para varios artículos científicos y filosóficos. Por un problema de espacio y paciencia de los lectores es imposible detenerse en ello.

Para quienes defienden la inviolabilidad del claustro materno, la vida humana comienza cuando se unen el ovulo y el espermatozoide. Y no porque lo haya dicho Jesucristo, Mahoma o Sidarta Gautama. Hay razones de sobra ―científicas, no religiosas―, para creer que es así. Desde la formación de la mórula ―la segmentación inicial de las células― ya el “proyecto” tiene definidos sus rasgos fenotípicos ―color de pelo, de ojos, piel, sexo―, y genotípicos ―carga genética, enfermedades, fortalezas y debilidades―. Un chiste aleccionador pregunta a los abortistas si pondrían fin al embarazo de una señora tísica, con varios hijos mal alimentados, y de un padre alcohólico, abusador. Si contesta que sí, matarían a Beethoven.

Es aquí donde los caminos se bifurcan. Si usted opina que la vida humana no es factible hasta el nacimiento o pocas semanas antes, toda intervención que se haga “a tiempo” y en la cual no corra peligro la madre, es necesaria, es justa. Lo único que está haciendo usted es “resolver un problema”; el embarazo viene a ser una “cosa” de la cual hay que salir.

Hay, sin embargo, razones consideradas de peso por algunos, como sería el caso de violaciones o malformaciones genéticas. En ese sentido, son mucho más comprensibles las interrupciones de embarazo. Pero para quienes defienden la vida por nacer, quien está “adentro” o sea, el bebé, no tiene “culpas” para morir; la “cosa”, como diría el abortista, no tiene responsabilidad alguna en la violación.

Entonces habría otro argumento para discutir: ¿quién decide cuándo, cómo y dónde se pone fin al embarazo? La respuesta de los que defienden el aborto es que es un “derecho reproductivo” y compete solo a la mujer tal decisión. La pregunta de los llamados “pro-vida”: ¿y quién defiende la vida del no-nacido? La respuesta de los primeros suele ser que los no-nacidos no son personas, no tienen derechos. Entonces los defensores del non-nato argumentan que el derecho a la vida es natural, nadie lo otorga, viene dado por el orden de las cosas ―si no se quiere hablar de Creación y de Dios― y no hay legislación, ideología o poder que esté por encima de lo consustancial, de lo privativo a la persona: la vida humana.

Se abre entonces el capítulo muy discutible del derecho. ¿Hay una fuente natural, metafísica ―más allá de los accidentes―, que defiende el derecho a la vida antes de nacer y antes de morir? En el artículo de Liudmila Morales hay varias alusiones al derecho, a los códigos, y otras expresiones legales. Pero como bien sabemos, el derecho per se no es fuente de eticidad, de bien obrar. El derecho es una convención, un cotejo de normas escritas para organizar la sociedad. Porque algo está bien y es justo, es entonces que encuentra razones y apoyos en el derecho.

No porque la ley tipifique ciertas cosas, estas son moralmente correctas y entran en el terreno de lo aceptable, de lo “normal”. La esclavitud era legal hasta el siglo XIX y sabemos cuánto dolor y muertes produjo. Hoy mismo, en ciertos países árabes, la mujer no puede conducir, ni puede descubrirse el pelo en público. Nos parece horroroso, y no está bien. Pero es la ley, y quien no la cumple, paga las consecuencias. No porque las disposiciones del Ministerio de Salud Pública digan que la “regulación menstrual” o el “legrado” son procederes clínicos seguros y adecuados, los hace automáticamente válidos y éticos.

Es algo, por cierto, que debería haberse debatido en la Asamblea Nacional hace mucho tiempo. Morales nos dice que la terminación voluntaria del embarazo es una conquista social de la Revolución. Y añade que es responsabilidad del Estado garantizar los derechos sexuales y reproductivos ―léase abortos―, a nivel institucional. Eso está bien, según algunos. Pero nuevamente aquí hay otro punto para contender: no es la institución, el Estado o el barrio, quienes deciden si debe o no interrumpirse la gestación. Ellos pueden ofrecer seguridad y garantía profesional –―implica distanciamiento de las decisiones individuales―, pero compete solo a la mujer y al esposo, o acompañante, si se interrumpe o no el embarazo. La institución ―Salud Pública, el Estado o el CDR― no deben hacerse responsables de las consecuencias, positivas o negativas, del acto.

Un detalle más, anecdótico. La autora cita a un famoso gineco-obstetra que estandarizó la práctica abortiva institucional en los tempranos años 60. Se lee como si fuera una experiencia innovadora, algo que no se hacía en ningún sitio. No sé si ella conoce que en Estados Unidos todavía es una intervención penada por la ley en muchos estados.

En la Cuba pre-revolucionaria, La Habana era el centro abortivo de América; cientos de norteñas embarazadas viajaban como turistas a la Isla para practicarse abortos, prohibidos en territorio norteamericano. Muchos de nuestros más encumbrados obstetras de aquella época hicieron miles de pesos “sacando cosas” norteamericanas.

III

Los argumentos a favor de la práctica abortiva van desde carencias materiales ―salarios bajos, muchos hijos, vivienda―, hasta proclamados derechos individuales que ven en el aborto una especie de liberación, de soberanía sobre el cuerpo y el futuro de la mujer. Y ciertamente, los hijos solo deben venir a este mundo cuando las condiciones materiales, sicológicas y sociales así lo aconsejan.

El dilema, como bien apunta Morales, es cuando el aborto ―y cualquiera de sus eufemismos―, se convierte en un método anticonceptivo. Y ello sucede, entre muchas otras cosas, porque no hay una discusión abierta, franca, sobre el tema. Tampoco hay una regulación ―esta sí es una regulación― más exigente en cuanto a los procederes abortivos.

Es absolutamente irresponsable e incierto decir que cualquier aborto, y sus variedades enmascaradas, son procederes seguros y exentos de peligros. Las complicaciones de un legrado van desde sangramientos profusos y perforaciones del útero hasta infecciones graves, por muy asépticos que sean los salones o experimentados los galenos. Los colegas que lean estas líneas saben que es así. Nadie sensato asegura cien por cien que no habrá accidentes.

Se dice, además, que la depresión de las mujeres que abortan es por la “pena” y la culpa que sienten debido a los prejuicios morales y religiosos. ¿Qué religiosidad hay en nuestras chicas cubanas, casi adolescentes, que se practican abortos todos los días, si jamás han ido a una iglesia ni saben quién fue Jesús? ¿Cuál pena, si en la cola para la “regulación menstrual” en cualquier policlínico están haciendo chistes y contando, precisamente, sobre el último embarazo que feneció en esa misma camilla que ella espera? ¿Alguna vez les han explicado a esas muchachas que la depresión y la angustia es resultado, también, de una caída brusca del tenor hormonal y los neurotransmisores, después que son removidos la placenta y el feto?

En el ámbito socio-demográfico y político también hay algunas respuestas que aguardan por una discusión abierta. El que exista una política flexible, y hasta inducida, con los abortos sí influye, y de manera decisiva, en los índices de mortalidad infantil. La razón es muy simple: Solo llegan a término, es decir, a nacer, los niños que son deseados, supermanes que no padecen de casi ningún trastorno.

Cuando las estadísticas cubanas se comparan con países donde hay que parir “sí o sí”, y donde por desgracia no hay una atención materno-infantil universal, competente, es lógico que las isleñas las aventajen considerablemente.

Otra negación ilógica es decir que la prolijidad de abortos de todo tipo no interviene en la demografía cubana. La sangría de juventud cubana se produce en las mesas obstétricas y en los aires y mares que rodean la Isla. La mujer cubana, “liberada y dueña de su futuro”, no quiere parir; acaso tiene un hijo, o máximo dos. Los demás embarazos, creados de la misma naturaleza que sus padres, mueren antes de nacer en las mesas ginecológicas. El futuro y la libertad de la mujer cubana podrán estar muy limitados en los próximos 25 años, cuando la población de ancianos sea casi la cuarta parte de la sociedad y no haya suficientes brazos jóvenes para trabajar por ellas.

Por último, sería muy conveniente un panel donde confluyan profesionales y especialistas de todas las ramas, incluyendo, por supuesto, líderes religiosos; aunque la mayoría de la población no lo sepa, hay cientos de años de sabiduría, estudios profundos, y miles de páginas escritas sobre el tema de la sexualidad humana por ordenados y laicos.

Si las grandes religiones no tienen acceso a los medios de comunicación ni a las escuelas, ¿cómo podremos oír una voz alternativa? También pudiera ser constructivo darle espacios al feminismo, no al radical, que aborrece a la familia, y a los hombres.

Para concluir con la anécdota a que se refiere la autora, es lógico que en Ecuador (y en casi todo el planeta), confesar un aborto en público sea penoso, difícil. La mayoría de las mujeres son musulmanas, cristianas o judías, y las que no, hinduistas, sintoístas y budistas. Y aunque no practiquen religión alguna, han crecido en esos valores porque son humanos, los mismos de sus ancestros; son culturas y costumbres que merecen ser respetadas y, sobre todo, entendidas en sus razones, tan válidas o quizás más que las de los “progre”. Hay muchos sitios en este mundo donde el aborto y la eutanasia no son cosas tan simples para gritarlas en público o convertirlas en “buenas” solo porque están escritas en un trozo de papel y llevan la firma de un abogado.

Cuando nuestros colegas salen al mundo, al real, el de verdad, deben ser más humildes, misericordiosos, porque tanta gente no puede estar equivocada; a veces da la impresión de que algunos compatriotas consideran que la Tierra toda gira alrededor de sus ideas, y no que sus ideas giran contrarias a toda la Tierra. Creen, firmemente, que el mundo en que vivimos es el suyo, y que el resto de los humanos vive en un oscurantismo perpetuo, en retrocesos e ignorancias miopes. No hay nada extraordinario en pensar así. Es el Síndrome del Espejo.

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Jamás, el silencio. Réplica a Francisco Almagro

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El aborto de las ideas

Sobre los autores
Francisco Almagro Domínguez 7 Artículos escritos
(La Habana, 1961). Médico psiquiatra. Psicoterapeuta y Supervisor clínico. Licenciado por el Estado de la Florida. Escribe narrativa, ensayo, periodismo. Ex-miembro del Consejo de Redacción de la revista Palabra Nueva, y ex-editor de Espacio Laic...
Cuba Posible 187 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
5 COMENTARIOS
  1. Ailyn Martin dice:

    “grandes religiones”??? o sea, hay religiones ‘pequenas’? y lo más insultante: “acceso a los medios de comunicación ni a las escuelas”. no senor, si nuestra esperanza en una “voz alternativa” reside en que tengamos escuelas religiosas, estamos mal…

    • Francisco Almagro dice:

      grandes religiones son conocidas como las religiones monoteistas: cristianismo, judaismo e Islam. religiones menores son algunas politeistas. Es asi como suelen llamarse. Si no sabe sobre el tema de las religiones puede ir a Internet y aprender.
      Tambien en el mundo, Ailyn, o sea en mas del 90 % del Planeta, los padres pueden escoger las escuelas que desean para sus hijos: escuelas laicas, catolicas, ortodoxas, ect. Que no haya escuelas religiosas en Cuba, como en el resto del mundo, no esta a tono con el resto de la Humanidad. Y nadie la ha insultado. Respete la opinion ajena, tan valida como la suya. Empicece por ahi.

  2. Francisco Almagro dice:

    Para Aylin Martin.
    Se les llama grandes religiones a las que profesan monoteísmo, un solo Dios. Ellas son el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Entre todas suman alrededor de 3,000 millones de personas, casi la mitad de los habitantes de la Tierra. Por eso se les conoce como “grandes”. Las llamadas pequeñas son algunas politeístas –varios dioses- aunque el Hinduismo –más bien un modo de vida- y el budismo son practicados por otros cientos de millones.
    Sobre la educación debo informarle que en casi todos los países del mundo hay escuelas católicas, islámicas, judías, ortodoxas y laicas –no hay enseñanza religiosa. Es opción de los padres –y así está en la constitución de esos países- decidir que educación desean para sus hijos. No entiendo por qué estaría mal que hubiera medios masivos a disposición de las religiones, pues usted tiene la opción en democracia, de poner el canal de Tv o la estación de radio que usted desee.

  3. De alguien a nadie dice:

    Pueda aceptar que en una sociedad secular, donde exista una separación clara entre el Estado y las distintas religiones, intervenga una figura de alguna de estas en cualquier debate. Pero creo que debe hacerlo como individuo, no desde la posición que le otorga su responsabilidad como burócrata en una organización dedicada a un ser imaginario. ¿Qué legitimidad tiene un obispo para querer dictarle la conducta a alguien que no comparta su fe? ¿Qué autoridad tiene fuera de su templo? La respuesta para mí es clara: ninguna. Salvo que el obispo sea obstetra o tenga alguna especialidad relacionada con el tema, su ignorancia estará al nivel de cualquier obrero calificado.

    Yo estoy a favor de la libertad para practicar la religión y todavía más a favor de la libertad para no practicarla ni verse sujeto a las reglas arbitrarias fijadas por sus acólitos. Y arbitrarias, que la doctrina católica ha cambiado muchísimo con los siglos, empezando por la infalibilidad papal que es, si no me falla la memoria, un invento del siglo XIX. De hecho, si hay algo arbitrario es la moralina detrás de la cual se esconden las distintas religiones.

    Y claro que un embrión está vivo, faltaría más. Pero usted se esconde detrás de ese adjetivo para sugerir que tiene conciencia, y eso es mentira. Está vivo como están vivas las celulas de su piel o un tumor. Es verdad que los tumores no se convierten en personas, pero no están más muertos por eso. Sea honesto, usted no quiere decir que están vivos, usted quiere decir que hay un alma que reside ahí desde el momento de la concepción. Asuma su superstición, no se esconda detrás de obviedades.

    • Yo respeto su opinión, pero me gustaría responder a su comentario, con todo el respeto que usted merece y sin ánimo de ofenderle en lo más mínimo.

      Creo que la separación del Estado y de las diversas confesiones religiosas ha sido una ‘bendición’. Un Estado laico debe respetar todas las confesiones religiosas y las tradiciones espirituales del pueblo, garantizando así que todos los fieles puedan vivir libremente de acuerdo con su fe, su conciencia. El Estado debe servir a su pueblo, y proteger la libertad religiosa es uno de sus tantos deberes. Del mismo modo, el Estado tiene la obligación de proteger a las personas que no practican ninguna religión. Ahora bien, tratar de eliminar los símbolos religiosos o silenciar la opinión de personas de fe, sean laicos u ordenados, considero que es una grave violación a la libertad religiosa, y es una de las grandes amenazas de la secularización discreta pero avasalladora que está devorando a la civilización occidental.

      Y suponiendo que Dios sea un “ser imaginario”, ¿por qué sus “burócratas” no tendrían derecho a opinar sobre temas sociales? En ese caso, los cubanos podemos tirar a la basura todas las obras de Félix Varela. Al fin y al cabo, él representaba el burocratismo de una organización “dedicada a un ser imaginario”. No es tan simple. Por suerte, todos tenemos el derecho de expresar nuestras ideas fuera de un templo, al menos en tierras de libertad. Expresar y defender nuestras ideas y principios en lugares públicos no es un acto de autoridad.

      ¿Desde cuándo hay que tener un diploma universitario para poder opinar sobre un tema en particular? ¿Acaso “un obrero calificado” no es capaz de discernir entre el bien y el mal? ¿Acaso no existen obstetras en contra del aborto?

      Si bien es cierto que la Iglesia Católica siempre ha estado en el frente de discusiones acerca del aborto, no pueden dejarse a un lado las numerosas denominaciones protestantes que luchan por los derechos del ser humano desde su concepción. Martín Lutero y Juan Calvino, padres de la Reforma Protestante, también se pronunciaron abiertamente sobre este tema. Tampoco podemos olvidar las voces procedentes de otras religiones que defienden posturas similares, y de personas no creyentes que rechazan también la práctica en cuestión. Creo que sería útil mencionar que el aborto y el infanticidio se practican desde hace mucho tiempo, no es un fenómeno de la era moderna. Ya en el siglo V a.C.n., al leer el Juramento Hipocrático original los interesados se comprometían de forma explícita a no participar en un aborto. Hay otros ejemplos…

      La infalibilidad del Papa (algo que sólo concierne a los católicos) no es un “invento” del siglo XIX. Fue declarada en ese entonces, pero la autoridad del obispo de Roma era aceptada desde el primer siglo del cristianismo. Además de las Santas Escrituras, se podrían citar muchos ejemplos, San Ireneo (S. I), Tertuliano, o San Agustín. La infalibilidad papal no significa que el Papa no se equivoca, o que no es un “pecador”. El Papa se considera infalible sólo cuando habla ‘ex cathedra’ y sobre asuntos de fe o moral, es decir, sólo lo hace en raras ocasiones. Este es otro tema. Lo que quiero decir es que no, cuando los católicos nos pronunciamos en contra del aborto no lo hacemos apoyándonos en la infalibilidad del Pontífice. La Iglesia Católica no es la única que se opone al aborto, no es necesario ser creyente para defender la vida del concebido. Además, la moral cristiana no se basa única y exclusivamente es las palabras de Cristo.

      En cuanto al “alma”, digamos que Platón y Aristóteles también comentaron algo sobre esta “superstición”. Y sí, yo creo que un concebido tiene alma, tiene vida, y es diferente de un tumor. Como decía Jérôme Lejeune: “La vida tiene una larga historia, pero cada uno de nosotros tiene un inicio muy preciso, el momento de la concepción.” Si creemos que todos los seres humanos tienen los mismos derechos universales y naturales, entonces la única diferencia entre usted y un embrión humano, es el tiempo.

      Saludos

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