Revisitando 1912 con un espíritu más crítico: una reseña/glosa escrita a ciegas

Foto: www.cupus.com

“En cuanto a la masacre de 1912, no fue casual ni un medio de evitar otra ocupación norteamericana, sino que tenía raíces tan profundas como la movilización centenaria de los afrocubanos […]”

Aline Helg (2012)

Pocos meses atrás fue publicado el libro Cuba 1912. “La Matanza de Negros”, de Juan Felipe Benemelis (Manzanillo, 1942) y María Ileana Faguaga Iglesias (La Habana, 1963). Tal obra es el resultado de un trabajo conjunto entre dos exponentes de generaciones diferentes; pero no distantes ideológicamente. Benemelis es un polígrafo de aquellos que ya no nacen en la cultura hispana, y con una elegancia sin par a la hora de transitar entre los temas históricos, políticos, artísticos, así como de las ciencias naturales y exactas. Y Faguaga es un espíritu indómito que se expresa desde la antropología con oficio periodístico y capital intelectual cimentado en la historia. El esfuerzo de ambos autores constituye un aporte no solamente a la temática que envuelve el proceso del Partido Independiente de Color, sino también a la historiografía sobre dicho tópico en específico, y a la historia del racismo “a la cubana” en sentido general.

La estructura de este libro es muy simple, porque se divide en 23 tópicos, que acto seguido voy a glosar para destacar las razones por las cuales considero que vale la pena leerlo. Esa revisita crítica propuesta por Benemelis y Faguaga nos permite reflexionar con una mayor profundidad las claves que emanan de dicho proceso político, que aún tiene secuelas en la Cuba de hoy para el negro como sujeto político.

“Los negros y la independencia” es un asunto de suma importancia para la discusión, porque en reiteradas ocasiones se minimiza su protagonismo en uno de nuestros procesos históricos de mayor relevancia. La lucha anticolonial en Cuba, desde el siglo XVI, tiene la presencia de los negros, cuyos nombres no fueron registrados; y ya en el siglo XIX podemos observar la eclosión de personalidades negras, que la historia oficial no suele tratar de la forma que merecen por los servicios prestados a la Patria (y no hablo de mitificarlos, sino de respetarlos con sus virtudes y defectos). En el transcurso de la Guerra Grande, los negros consiguieron, en la práctica, identificar políticamente la relación entre su libertad jurídica y la independencia de Cuba del yugo colonialista. Esto es muy importante subrayarlo si tenemos en cuenta que los líderes negros más destacados – y que surgieron – en dicho proceso bélico no habían nacido en la condición de seres esclavizados.

La historia nacional nos refleja más de cuatro siglos de esclavitud. Entonces, si nos animamos a pensar, junto a los autores, sobre el tópico “De la esclavitud a la discriminación” es posible hacer un buen ejercicio analítico, en el cual abrimos dos caminos y el resultado es el mismo. La esclavitud en la segunda mitad del siglo XIX tuvo dos campos de discusión en Cuba: uno en el seno del poder colonial (la metrópoli y sus representantes políticos, civiles y militares en la Isla) y otro en el territorio insurrecto (denominado “Cuba Libre”). Entre 1880 y 1886, España dio el visto bueno para abolir la esclavitud, lo cual ya habían resuelto los mambises en el lapso 1868-1870, y por eso a partir de 1878 los negros sobrevivientes preservaron su libertad debido a su participación en la Guerra Grande. Recordemos que en el sistema de esclavitud negra moderna, los esclavizados no eran considerados personas. Por tanto, cuando se les otorgó la libertad jurídica y comenzaron a transitar hacia el status de ciudadanos –algunos en la manigua redentora, y después ellos mismos y los otros en los tiempos de paz de entreguerras– sufrieron las actitudes discriminatorias de aquellos connacionales que los siguieron negando.

“La República” de 1902 estuvo muy lejos de ser aquel oasis, o aquella tierra prometida, que los negros cubanos esperaban vivenciar tras cuatro siglos de colonialismo español. Por ejemplo, “El blanqueamiento” se erguía como una fuerza de mayor alcance, que –parafraseando a Nelson Maldonado-Torres – les negaba la hospitalidad de la República, cuyo slogan era “con todos y para el bien de todos”. ¡Así lo vio Rafael Serra! Además, bajo esas palabras del Martismo (que Serra también defendía), y desde el campo antropológico, quisieron blanquear a Antonio Maceo Grajales (mejor dicho, a su cráneo) para no reconocerle sus valores como sujeto negro santiaguero. Aunque muchos en aquella época lo negaban, los autores afirmaron que “Se busca la segregación”, no sólo por la aplicación de lógicas estadounidenses en la organización de la novel sociedad republicana, sino también porque las desigualdades sociales se profundizaban, la sombra de la colonialidad se alargaba, y la mayor parte de los negros continuaban sin tener acceso a los caminos de disfrute de la riqueza que generaba el país. Por otra parte, una de las cláusulas del contrato social contenía un precio que los negros tenían que pagar para ser ciudadanos: renunciar a sus religiosidades de raigambre africana. España no era la metrópoli; pero dejó su tarjeta de visita con el “Catolicismo hispanizante”, por el cual los órganos represivos republicanos perseguían las acciones en el espacio sagrado, tales como: los juegos de ñáñigos, las manifestaciones de Plantes en el Palo Monte y los Tambores en la Regla de Ocha.

“El racismo y la guerrita de agosto” son dos aspectos que fueron de la mano en aquel verano de 1906. El Presidente de la República era Tomás Estrada Palma y quería seguir como Primer Magistrado. Sus oponentes se identificaban como gente del liberalismo y no querían que Don Tomás continuara sentado en la silla del poder y “pegado al jamón”. Y justo en el medio de esa “balacera” de improperios estaban los negros veteranos de las guerras de independencia, que sufrían cotidianamente con las prácticas racistas republicanas. En fin, aquellos que se alinearon al bando liberal lo pagaron muy caro: algunos fueron procesados por conspiración (como Evaristo Estenoz); otros fueron a la cárcel; y al General Quintín Bandera lo asesinaron.

“La frustración” de los negros con la República es una de las cuestiones discutidas por Serra; pero tanto Benemelis como Faguaga pusieron el énfasis en ese susodicho infortunio político que sufrieron los negros como Estenoz cuando se percataron que no tendrían un espacio de importancia en la estructura del Partido Liberal. Precisamente, en los albores de la República, las fuerzas políticas contendientes se disputaban el voto de los negros, o sea, el sufragio universal masculino aprobado en la Constitución de 1901. Los negros eran utilizados como los peones de ese ajedrez politiquero y algunos de ellos estaban dispuestos a decir: ¡basta! Cuando se habla sobre “El origen” se refiere a una toma de conciencia por parte de Estenoz y sus partidarios –como Pedro Ivonnet y Gregorio Surín– de que había llegado el momento histórico de organizarse como fuerza política autónoma y aprovecharon la brecha dada por el Gobierno Interventor de Charles Magoon para fundar una Asociación en 1908, que después devino en “El Partido Independiente de Color”, cuya vida política fue corta e intensa.
“La lucha de razas” no fue propuesta por el Partido Independiente de Color, porque antes de su fundación ya tenía siglos de historia. Es importante resaltar que el Partido Independiente de Color no quería prolongar esa disputa interracial, sino construir un espacio político con el intuito de visibilizar a los sujetos negros sin inculcar un odio racial en contra de los blancos. “Las conspiraciones” a lo largo de la Isla muestran el trabajo de movilización política realizado por Estenoz para ganar adeptos a esa causa que nucleaba a los veteranos negros de las guerras de independencia. La enjundia ideológica y de civismo del Partido Independiente de Color estaba reflejada en “Un programa avanzado”, que –dialogando con los aspectos neurálgicos de la Carta Magna de 1901, y con otros pliegos de carácter socialista de la época– resumía los puntos de vista más interesantes en pro de convertir a Cuba en una nación más justa en cuanto a la igualdad plena de derechos y deberes de los ciudadanos. El periódico Previsión era su órgano emisor de las ideas políticas y sociales.

La labor del Partido Independiente de Color no era bien vista por las fuerzas políticas, tanto las leales al gobierno de José Miguel Gómez, como los sectores opositores. Aquí incluimos a personalidades negras con una importante influencia en la sociedad (como Juan Gualberto Gómez y Martín Morúa Delgado), que pertenecían al Partido Liberal (pero a facciones internas “distintas”). Por eso fue tan fuerte y despiadada “La campaña de difamación”, que llegó a su punto clímax con la aprobación, en 1910, de una enmienda al Código Electoral que proscribía la fundación de asociaciones políticas tomando como base específica los criterios de raza (léase color de la piel). De esta manera, la denominada “Enmienda o Ley Morúa” contribuyó a la ilegalización del Partido Independiente de Color.

Estenoz y sus seguidores agotaron todas las vías legales de la política republicana para que el Partido Independiente de Color volviese a ser legalizado. La postura de la Administración miguelista era clara: ¡esa organización partidista debía desaparecer y había que reprimir a sus miembros! Entonces, Estenoz e Ivonnet se decidieron por “La protesta armada”, que era un recurso marcial utilizado anteriormente, sobre todo por los liberales, para ejercer una presión ante la tozudez del gobierno de turno. La fecha escogida para el comienzo oficial de las hostilidades fue el 20 de mayo por su carga simbólica en la República. Al mismo tiempo, fue iniciada “La campaña racista blanca” contra los partidarios de Estenoz e Ivonnet, quienes fueron acusados de estar “dividiendo la nación”. Inclusive, un caucus negro del Congreso de la República se reunió e invitó a Juan Gualberto Gómez para redactar una carta abierta en la cual denunciaban como antipatriótico el alzamiento de los militantes del Partido Independiente de Color y así, de una forma u otra, estaban apoyando el grito de “Muerte al negro” que el gobierno miguelista infundió en el ejército.

El General José de Jesús Monteagudo lideró la “Cacería de negros” en Oriente (dónde estaban suspendidas las garantías constitucionales), en la cual murieron tanto participantes del alzamiento, como civiles que moraban en las zonas de conflicto. Por tanto, fue un genocidio, cuyo precedente histórico está en el siglo XIX (1844); aunque el número de muertos sea inferior. La lógica represiva colonialista aplicada durante el proceso denominado “conspiración de la Escalera” tuvo su continuidad histórica en el método represor en tiempos de la colonialidad aplicado en 1912. Dos libros publicados en dicho año explican, desde una perspectiva colonialista y racista, las tensiones vividas entonces: Guerra de razas (negros y blancos en Cuba) de Rafael Conte y José Capmany; y La extinción del negro. Apuntes político-sociales de Gustavo Mustelier.

La atención de Benemelis y Faguaga a “Los hechos” que marcaron el transcurso de ese proceso los colocó ante el esbozo de “Una deuda histórica” no sólo con los independientes. El deseo de dilucidar “El síndrome del miedo” y de abordar sin tapujos “El miedo al negro” como dos claves para explicar cómo opera el racismo “a la cubana” enmascarado con acciones sutiles y gráficas. Tal vez, ambas cuestiones (y otras) sean el caldo de cultivo del abordaje crítico propuesto sobre “La historiografía castrista”, es decir, los textos producidos en Cuba después de 1959. En mi opinión, aquellos discursos y narrativas producidos por la historia oficial cubana que aún intentan tergiversar la verdad histórica sobre el contexto nacional y la acción del Partido Independiente de Color, no podrían escapar a la mirada crítica de dichos autores.

La verdad es que en las últimas seis décadas (segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI) existe una cantidad insignificante de trabajos monográficos sobre el Partido Independiente de Color. El texto pionero de Serafín Portuondo Linares (Los independientes de color. Historia del Partido Independiente de Color de 1950), por el momento, sólo tiene como “continuadores” a Sergio Aguirre (El cincuentenario de un gran crimen, folleto presentado en 1962); Rafael Fermoselle (Política y color en Cuba, la guerrita de 1912, publicado fuera de Cuba en 1974); Silvio Castro Fernández (La masacre de los independientes de color en 1912, propagado en el 2002 después de varios años de censura); María de los Ángeles Meriño Fuentes (Una vuelta necesaria a mayo de 1912, editado en el 2006); Ricardo Rey Riquenes Herrera (Guantánamo en el vórtice de los independientes de color, impreso en el 2007); Rolando Rodríguez García (La conspiración de los iguales. La protesta de los independientes de color en 1912, divulgado en el 2010) y Alejandro Fernández Calderón (Viviendo después de la guerrita del doce: en busca de las secuelas de la masacre, tirado en el 2011). A esta lista insertamos la obra de Benemelis y Faguaga. En otros libros, publicados en Cuba, firmados por autores como: Julio Le Riverend (La República, dependencia y revolución, 1969); Joel James Figarola (La República dividida contra sí misma, 1976); Pedro Serviat (El problema negro en Cuba y su solución definitiva, 1986) y Tomás Fernández Robaina (El negro en Cuba, 1902-1958: apuntes para la historia de la lucha contra la discriminación racial, 1990) el tema de los independientes ocupa un pequeño espacio. Lo mismo acontece, salvando las distancias, con el trabajo de Alejandro de la Fuente (Nation for all: race, inequality and politics in twentieth-century Cuba, 2001); pero no con la contribución de Aline Helg (Our rightful share: the afro-cuban struggle for equality, 1886-1912, 1995). Ambas obras fueron producidas en Estados Unidos y tuvieron cierta influencia en la academia cubana, que a pesar del “Período Especial” (en tiempos de paz) no estaba tan animada a discutir la cuestión racial en nuestro país porque continuaban alimentando el tabú del silenciamiento.

Parece que Benemelis y Faguaga, sin proponérselo, se colocaron en la misma perspectiva de Helg; porque ellos están conscientes de que la matanza de negros de 1912 era una señal para someter a los sujetos afrocubanos al conformismo por medio del terror. No obstante, ellos van más allá que Helg, porque con este libro proyectaron dicha tesis para la Cuba actual; donde la subjetividad negra no está siendo pensada políticamente debido a que es más conveniente cosificarla en términos culturales contemporizadores con la folklorización. Por tanto, entre lo físico y lo simbólico, muchos cubanos –sean blancos y/o negros– no quieren que reaparezcan espíritus iluminados con la fuerza y la visión de Estenoz e Ivonnet para construir una Cuba más justa, es decir, una verdadera nación de sí, en sí y para sí. Esa actitud anti-nacional debemos encararla con dignidad, sapiencia y sentido del deber, traducidos en conciencia crítica y denuncia social, como nos enseñaron aquellos que ultimaron alevosamente hace más de una centuria; y como nos sugiere esta dupla de ilustres autores afrocubanos, que nos honran con este libro necesario y oportuno para nuestro crecimiento intelectual.

Bibliografía

Helg, Aline. “La masacre de los independientes de color en Cuba en la historiografía cubana (1912 – 2012)”. LaRevista, Boletín n. 74 de la Sociedad Suiza de Americanistas, Ginebra, 2013, p. 37-43 [Memorias de un Simposio: Acerca del centenario de la masacre de los independientes de color en Cuba, 1912 – 2012. Université de Genève: Centro Cultural Latinoamericano Tierra incógnita, 9 – 12 de mayo de 2012.].

Sobre los autores
Pedro Alexander Cubas Hernández 26 Artículos escritos
(La Habana, 1969). Licenciado en Historia (1996). Máster en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina, El Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana (2002). Diplomado en Cultura Cubana por el Centro Nacional de Superación para la Cultur...
2 COMENTARIOS
  1. Muy bueno. Me he enterado de muchas cosas y yo me imagino una persona culta, lo que dice que nos han ocultado muchas cosas en la Historia de Cuba.

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