El tema racial frente a la situación cubana actual: algunas sensaciones interrogativas

Foto: El País

“… Cada interrogante es una propuesta/invitación que induce a pensar en soluciones de urgencia para nuestra circunstancia nacional; y cada letra negrita explica la magnitud de los obstáculos y de la esperanza para avanzar en nuestro empeño de luchar por una Cuba para Todos los Cubanos, estén donde estén…”

Pedrinho de Cuba (2018)

Para nadie es un secreto que el racismo es un flagelo que continúa afectando a las sociedades contemporáneas, y Cuba no es una excepción. El gran problema de nuestro país es el miedo galopante a establecer una discusión más seria y profunda de este asunto tan complejo. Por mucho tiempo hablar de racismo en Cuba fue un tabú, y nací justamente durante ese contexto de inmovilismo en el siglo pasado. En la década de los años 80, cuando era un adolescente, le dieron un espaldarazo político al libro de Pedro Serviat, que de forma festinada afirmaba que el problema del negro estaba definitivamente superado. Mientras, la dinámica social desmentía el manual ortodoxo de Serviat. ¿Sensación de la preponderancia del discurso politizado cuando se intenta hablar de raza y racismo?

Los años 90 fueron decisivos para que se visibilizasen mejor los alcances sociales de las prácticas racistas, las actitudes discriminatorias y los gestos prejuiciados que habían sido mantenidos en la sombra anteriormente para garantizar la defensa de los altos fines políticos del Estado Socialista. Es decir, si antes de dicho instante traumático para la nación cubana hablar de racismo era tabú, imagínense lo que acontecería si alguien comentara (alto y claro) sobre las desigualdades sociales, que todavía existían en nuestro país y que yo -como niño, adolescente y joven- sufría. A partir de ahí, el Estado se vio forzado a salir de su “zona de confort” de matiz invisibilizadora sustentada por su propaganda ideológica. ¿Sensación de resignación ante la imposibilidad de mantener el tabú del silenciamiento?

La actual situación de la nación cubana, inmersa en una crisis económica que aguijonea al Estado Socialista, y que para muchos parece interminable en este siglo XXI, permite hablar de racismo y de desigualdades sociales; pero sin muchos bombos y platillos, por decirlo de una manera jocosa (aunque no le veo la gracia por ninguna parte). El Estado cubano se siente ofendido y agredido cada vez que ambos temas salen a la palestra nacional e internacional. Mientras estuvo viviendo en su zona de confort propagandístico, el Estado podía evitar la publicidad de esos tópicos heredados en 1959. Pero hoy le cuesta más trabajo hacerlo, y por eso, su agonía crece a cada momento. No obstante, su maquinaria publicitaria continúa operando en pro de los altos fines políticos haciendo creer que están equilibrando la sociedad racializada, y diciendo que tienen capacidad para resolver lo tocante a las desigualdades sociales entre cubanos. ¿Sensación de quien dice que quiere; pero realmente no puede parar la avalancha social que se le viene encima?

Ese discurso oficial parece reflejarse en la dinámica del mundo de las ciencias sociales. No parece igual investigar las manifestaciones actuales sobre las desigualdades sociales y el tema racial respectivamente. Por eso me pregunto por qué razón los trabajos científicos sobre desigualdades sociales de la Cuba actual (firmados por Mayra Espina, Pedro Monreal, Elaine Acosta o Carmelo Mesa-Lago, por solo citar cuatro), pueden parecer más interesantes (y en algunos casos, muy sólidos) que los textos relativos al problema racial cubano de hogaño. Es verdad que existen buenos trabajos sobre el tema racial (gran parte de ellos escritos en instituciones académicas extranjeras); pero la mayoría dirige la mirada a lo acontecido antes de 1959 y la actualidad del fenómeno, con algunas excepciones, se suele trabajar desde subjetividades culturalistas de forma cursi, irrelevante, epidérmica y contemporizadora con los altos fines políticos estatales (y el otro tema no está exento de ese vicio según el caso que sea menester criticar. Además, la mayor parte de las veces soslayó el tema racial o no le dio la importancia que tiene). La verdad es que la mayor parte de las veces, el Estado prefiere estar al dorso del madero ante las señales de la ciencia. ¿Sensación de folklorizar/hacer ciencia ficción para el alma divertir?

El tema racial es el mayor punto de atención de la circunstancia nacional, por tener estrechas relaciones con el tópico de las desigualdades sociales; así como con otros asuntos de gran importancia como género, religiones, culturas, epistemologías, urbanismo, marginalidad, migraciones, turismo, justicia, criminalidad, política, salud pública, etcétera. Es decir, el tema racial atraviesa/traspasa múltiples cuestiones sociales de nuestro país. Por eso no me parece posible establecer una discusión verdadera sobre el tema racial con previas cortapisas de índole politizada –hasta el punto de adoptar actitudes de policía–, visibilizadas en el miedo/pánico/terror de que el Estado se sienta ofendido y agredido por decirle varias verdades que no quiere aceptar desde la óptica de sus altos fines políticos. ¿Sensación de temor de reconocer que el racismo es una ideología cada día más fuerte que las tímidas tentativas actuales de presumir/alardear de justicia social?

El Estado cubano, cuya articulación comenzó a darse en 1959, abrazó la causa de la justicia social bajo la metáfora engañosa de la igualdad (traducido en igualitarismo), cuando realmente debería haber enarbolado la bandera de la equidad por su “cable a tierra” con la realidad de los sujetos sociales empobrecidos. En ese contexto dinámico, donde lo nuevo sustituía y también intentaba borrar/cortar de raíz lo viejo, la retórica subió “como la espuma” y se negó a esperar que la cruda realidad de un país racializado y empobrecido, la sustentase. Y hoy ante la imposibilidad de reciclar totalmente aquel tabú del silenciamiento, el Estado juega al despiste (quiero/dejo que hables/escribas de…) y se inventa el tabú postmoderno del “corto-circuito” para manipular el fluido comunicativo (no quiero/dejo que hables/escribas de…) porque combina mejor con sus altos fines políticos. ¿Sensación de continuar con la práctica colonial del sí, pero…?

El tema racial cubano es fiel testigo de lo peligroso que resulta un ineludible aumento de las desigualdades sociales. El factor económico continúa resentido y la precariedad llama a la puerta de los cubanos empobrecidos constantemente, porque el acceso a la riqueza siempre ha sido desigual. Y no me refiero al asunto de la libreta de abastecimiento/racionamiento, mediante la cual el Estado distribuye a la población aquellos recursos que administra. El Estado dice que toma una actitud al intentar la dinamización de la economía con herramientas de la libre empresa, que se manifiestan con claridad en el sector terciario de la economía: prestación de servicios; pero qué coincidencia que los beneficiados y los perjudicados son los mismos de siempre. En el contexto del cuentapropismo (iniciativa privada) las relaciones de trabajo no son las mismas que en las instituciones estatales, y eso marca diferencias sustanciales entre ambos espacios. No obstante, las relaciones intersubjetivas entre cubanos de diferentes razas son una constante, porque quienes detentan el poder son los mismos, tanto en el sector público como en el sector privado. A eso añadimos la práctica no legislada de manejar los espacios públicos como espacios privados, o sea, la fuerza y omnipresencia del dictatus que reza: “esta unidad se reserva el derecho de admisión” ¿Sensación de connivencia con el racismo estructural/institucional?

La población negra de Cuba no es minoría, como intenta hacer ver el Censo de 2012. Ante ese controvertido resultado estadístico no será suficiente reformular la “variable racial”, porque este asunto es de conciencia. La estrategia para registrar ese dato poblacional se basó en la validad de la autodefinición racial de cada uno (dígase color de la piel, con mayor exactitud). Por eso es triste ver cómo personas negras (aunque tengan la tez y los ojos claros, y los cabellos lacios) no se sienten ni se ven como negros, y tampoco piensan que es un orgullo ser negro, lo cual indica que el ideal de blanqueamiento nunca fue superado en nuestro país, pese a la lucha por establecer una justicia social cultora y gestora de la dignidad plena del ser humano. ¿Sensación galopante de colonialismo mental?

La mayoría de los negros residentes en Cuba tienen una situación precaria (vivienda, por ejemplo), que se agudizó en los años 90, y hasta hoy no han visto la luz al final del túnel del desastre nacional. Lo que llama la atención es que una buena cantidad de esos sujetos sociales tienen títulos universitarios, que lograron tanto en Cuba como en el exterior. Entonces, el Estado debería dejar de lado su ego (de sentirse ofendido y agredido), y entender que ese amplio sector poblacional necesita de políticas públicas dirigidas fundamentalmente a los mundos de trabajo (para que les ayuden a comenzar a resolver sus necesidades de tener una existencia más digna). La juventud también se siente perjudicada con la crisis, y no puede ver perspectivas concretas para desarrollar sus talentos con el intuito de crecer profesionalmente, contribuir al núcleo familiar y/o construir sus nuevas familias con garantías básicas de sustentabilidad. ¿Sensación de vivir constantemente en una encrucijada perversa?

La perversidad, a la cual me refiero, emana del miedo a llamar las cosas por su nombre. Eso puede ser premeditado también por conveniencia política. En la legalidad socialista se observa que donde es preciso decir racismo, dice discriminación. Eso favoreció la operatividad del tabú del silenciamiento, y ahora está favoreciendo el tabú postmoderno del “corto-circuito” para manipular el fluido comunicativo. Las normas jurídicas para penalizar (con multas o privación de libertad) las actitudes discriminatorias de varios tipos están registradas en el Código Penal (1987). Tanto la Constitución (1976), como el Código de Trabajo (2013), proscriben cualquier actitud discriminatoria que lesione la dignidad humana. Pero sería interesante saber quién ha ido preso en Cuba por perpetrar tales delitos cotidianos, quiénes lo denunciaron y quién le dio curso a ese procedimiento legal. ¿Sensación de validación del antiguo slogan “las leyes se acatan; pero no se cumplen”?

Los observatorios antirracistas son prácticas operativas interesantes en pro de la justicia social; pero no deberían tornarse burocratizantes, con el acopio de denuncias que no llevarán a ningún infractor a la cárcel. En otras palabras: mientras estemos como estamos, la población carcelaria de Cuba seguirá siendo de mayoría negra. El Estado, con su habitual preocupación por los altos fines políticos, no entiende que esa estadística negativa que involucra a los negros es un resultado del racismo. En nuestro país continúan sin explicar las razones de la aplicación arbitraria de la Ley número 62 (de 1987), sobre la “peligrosidad social predelictiva” (prevista en el Código Penal), cuyas víctimas siguen siendo los mismos de siempre. El racismo es un crimen de lesa humanidad y la legalidad socialista no lo tiene registrado así porque los legisladores siguen pensando que Cuba no es un país racista. ¿Sensación de hostilidad ante la necesidad de vertebrar un Estado de Derecho garante del respeto a los Derechos Humanos?

Teniendo en cuenta de que las prácticas racistas son generadas en el contexto de las relaciones jerárquicas de poder, y Cuba no es una excepción, es posible observar que quienes detentan el poder son los que toman las decisiones sobre el destino de la nación dentro de la estructura estatal. Ni la población negra empobrecida, ni los sectores negros que se dicen empoderados, están en el poder ocupando los denominados puestos de decisión. ¿Sensación de la necesidad de tomar conciencia de que el poder no se pide/mendiga, que el poder nadie te lo regala porque no es un mero juguete; o que debe ser conquistado con dignidad, sapiencia y sentido del deber?

Sobre los autores
Pedro Alexander Cubas Hernández 24 Artículos escritos
(La Habana, 1969). Licenciado en Historia (1996). Máster en Estudios Interdisciplinarios sobre América Latina, El Caribe y Cuba por la Universidad de La Habana (2002). Diplomado en Cultura Cubana por el Centro Nacional de Superación para la Cultur...
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