Terminación voluntaria del embarazo en Cuba: ¿salud, derecho, libertad, justicia? Preguntas para una discusión pendiente

INTRODUCCIÓN DE CUBA POSIBLE

El balance del trabajo de Cuba Posible, publicado el mes de septiembre de 2016, además de sistematizar el trabajo realizado planteó ausencias de agendas y voces en nuestras contribuciones. Una de ellas fueron los estudios de género y sus múltiples aportes al análisis de los tiempos políticos, los procesos y los actores de la Cuba pasada, presente y futura. Recientemente, Cuba Posible se ha preocupado por construir una agenda proactiva en ese sentido, estimulando el análisis de género como filtro y mirador de temas diversos de la realidad cubana. Hoy abrimos una serie de trabajos que se incorporan a ese empeño.

En la pluma de una reciente colaboradora, inauguramos para Cuba Posible una agenda que esperamos contribuya a la inclusión progresiva de estos temas en los espacios de la institucionalidad política y la sociedad civil cubanas. La serie pondrá en relación debates sobre el género y los feminismos en Cuba preocupándose, al mismo tiempo, por remover el “velo insular” que a veces ignora el mapa de la región latinoamericana, su historia y reivindicaciones. Los temas que nos propone la autora recorren debates sobre la interrupción voluntaria del embarazo, la relación entre socialismo y feminismo, el acoso y la violencia sexual, el femicidio, y la participación política de las mujeres. El propósito es contribuir a ampliar las zonas donde se discute desde estos lentes, ponerlas en relación con otras discusiones de la agenda cubana, y propiciar diálogos con nuestra región, sus preocupaciones y sus realizaciones. Invitamos a quienes nos leen y a quienes colaboran con Cuba Posible a incorporarse a una de las discusiones que, también, nos plantean deudas con la sociedad cubana.

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Terminación voluntaria del embarazo en Cuba: ¿salud, derecho, libertad, justicia?  Preguntas para una discusión pendiente

Cada vez que debo hablar sobre aborto enfrento una disyuntiva. Generalmente lo hago en espacios académicos y ello implica que las experiencias personales se condicionen a un asidero analítico común entre hablante y audiencia; de lo contrario, más que para aportar a un debate, estaría hablando para escucharme a mí misma, algo que, francamente, detesto. Preparo los puntos principales, trato de evitar digresiones y buscar los ángulos que permitan un flujo más horizontal de las ideas, uno en el que me entiendan y en el que las posibles preguntas cuestionen mis propias certezas sobre el tema, porque cada vez valoro más aquella máxima filosófica sobre “no saber nada” (1). Procedimiento estándar para que te escuchen y escuchar, supongo.

Entonces, me golpea la disyuntiva en cuestión, relacionada con las “particularidades” de la Mayor de las Antillas que menciono en la presentación de esta serie. ¿Cómo abarcar medio siglo, desde que en la década de 1960 Cuba se convirtiera en el primer país latinoamericano en institucionalizar (no legalizar, como ahondo más adelante) la interrupción del embarazo? Y es que, aunque las expectativas se dirijan a construir conocimientos sobre un tema que ha ocupado un lugar preponderante en la reflexión académica de las últimas décadas, se atraviesa mi estupor al constatar cómo naturalizamos algún estado de cosas. Hablo de la sorpresa genuina que late, precisamente, en una experiencia personal. De ahí la disyuntiva, que casi siempre se resuelve como aquí: contando la experiencia y esperando que, al más puro estilo de Taladrid (2), la audiencia saque sus propias conclusiones sobre su relevancia para pensar sobre el aborto en Cuba y en América Latina.

La historia es la siguiente: en una de mis primeras clases en Ecuador, nos reunimos personas de cinco países de la región y discutíamos sobre la agenda de los movimientos feministas y de mujeres. Así, surgió el tema del aborto. La profesora preguntó quiénes se habían practicado uno y, antes de dar mi respuesta, alcancé a divisar un malestar compartido. Reticencia inicial, contrariedad, vergüenza, dolor o rabia invadieron varios rostros. Todo, antes de que los relatos mostraran cómo este es un asunto polémico y se hiciera evidente la resistencia y valentía de quienes decidieron compartir sus historias de ¡delincuencia! Sí, porque mientras yo, cubana, pude haber acudido a un centro médico especializado y gratuito, y regresar a mi casa sin mayores preocupaciones que las que esta interacción plantea, mis compañeras rompieron la ley.

La rompieron porque integran el 25 por ciento de la población mundial que vive en países con leyes restrictivas hacia el aborto, según datos de Women on Web. Muchos de ellos están América Latina, con destacable porcentaje de los pocos en el mundo que lo prohíben sin excepciones, o en todos los casos. Incluso si está en peligro tu vida, incluso si te violan… incluso si eres una niña. (Pausa para que procese las dimensiones de lo anterior).

Por eso, hablar del aborto en El Salvador (donde hay mujeres en la cárcel, cumpliendo sentencias judiciales por abortar) y en Cuba parecería como su comparásemos diferentes planetas. En el primer país, al igual que en Chile, la discusión y las luchas son para excepciones (para proteger la vida de la madre, por violación, etc.) en una legislación totalmente prohibitiva. A principios de 2016 la Cámara de Diputados chilena aprobó un proyecto de despenalización en tres causales. Aunque su entrada en vigor requiere muchos otros pasos y enfrenta una férrea oposición de sectores conservadores, superar el primer eslabón legislativo se considera un “avance” sin precedentes, desde que la dictadura de Pinochet decretara la prohibición total. Y, si los ejemplos parecen lejanos, tomemos a Ecuador, Bolivia y Venezuela, nuestros compañeros de integración regional y aliados en el discurso del socialismo del siglo XXI. Con algunas excepciones (literalmente relacionadas con vida y muerte, en el primer caso, y con peligro considerable para la salud, en los otros dos), abortar es ilegal en estos países.

Alguien pudiera argumentar que se trata de disposiciones anteriores a la llegada de la izquierda al poder y, tal vez, esgrimir el ejemplo chileno. Eso implicaría ignorar las múltiples oportunidades de cambio que se han presentado en estas geografías, donde son ejemplos paradigmáticos las asambleas Constituyentes (1998-1999, en Venezuela; 2006-2009, en Bolivia y 2007-2008, en Ecuador), que situaron en la arena pública múltiples temas de corte social, e introdujeron modificaciones sustanciales en varios de ellos.

El aborto, sin embargo, es un asunto aparte. No en vano hablar de él remite a una “izquierda dividida” y, a su alrededor, se polemizan las calificaciones de “izquierdas” y “derechas”, muchas veces diluyendo la línea que las separa. La complejidad del tema es palpable, por ejemplo, en las declaraciones públicas del presidente de Ecuador, Rafael Correa –integrante del giro a la izquierda en América Latina–, quien se ha opuesto a los intentos de legalizar el aborto en caso de violación, argumentando que sería asesinato, porque la vida comienza en el momento de la concepción.

Organizaciones internacionales han solicitado a varios países latinoamericanos mayor apertura en su legislación, y movimientos de mujeres y feministas sitúan la causa en el centro de sus luchas; pero el panorama permanece en disputa, más o menos evidente, según la coyuntura. La atención mediática se activa ante casos emblemáticos, que casi siempre involucran violaciones u otros hechos de fuerte resonancia social. Tal estrategia caracteriza la agenda por la despenalización del aborto en la región, desde inicios del siglo XX. Con todo, pongámoslo así: en pleno siglo XXI, si eres una mujer latinoamericana y no quieres continuar con un embarazo, a menos que vivas en Guyana, Guyana Francesa, Uruguay o Cuba, enfrentas la posibilidad de ir a la cárcel (3).

Esa es, precisamente, la constatación que causó mi estupor en la situación que antes narraba. Un estupor que, al parecer, golpea a muchas migrantes cubanas, cuando deben aceptar un nuevo contexto de prohibiciones legales y sanción moral en torno a su vida sexual y reproductiva. Así lo narró María Rosa Cevallos, quien, investigando sobre el aborto en Ecuador, no pudo resistirse a incluir la escena de una mujer cubana en un hospital público del país. Ella causó asombro entre los presentes, al demandar acceso a lo que consideraba su derecho y admitir, de forma abierta, haberse practicado otros abortos con anterioridad (4). La migrante quebró las reglas no escritas de silencio y estigma que rodean esta práctica fuera de Cuba; de ahí lo llamativo de la situación, para quienes la presenciaron.

Tanto la anécdota como el interés cuando se habla de Cuba en una mesa sobre aborto en la región, validan la legitimidad de las experiencias para ilustrar la complejidad del tema. A la vez, ellas pueden implicar una reevaluación de las vivencias personales, pues, como he apuntado antes, hasta aquel momento en un aula de Ecuador “mi experiencia de interrupción del embarazo no constituía un episodio particularmente importante de mi trayectoria de vida. De hecho, me costaba encontrar elementos sugerentes para reconstruirla como narrativa digna de ser contada a otras personas. Pero en ese instante, adquirió una singularidad sin precedentes en aquel escenario, confrontadas con las dificultades que referían mis compañeras, las condiciones de legalidad, gratuidad y ausencia de estigmas sociales en que había accedido al servicio” (5).

Ahora, un análisis consecuente requiere examinar las condiciones que propician que, para muchas mujeres cubanas, la posibilidad de poner fin a un embarazo sea una realidad incuestionable. En el ambiente de cambios que vive la Isla desde hace casi una década, es recomendable considerar las circunstancias en las que nos “abrimos al mundo” y pensamos el futuro. En cuanto a la agenda de género, se hace imprescindible una discusión sobre el aborto, a partir de su lugar en el contexto latinoamericano. Una discusión que contribuya a enfocarlo desde las ciencias sociales y a configurar adecuados marcos de análisis, más allá de las cifras y los indicadores poblacionales. Qué podemos aportar y qué debemos reevaluar constituyen dos preguntas básicas y necesarias para una discusión que invita a comenzar por el propio uso diferenciado del término “aborto”.

¿Aborto o interrupción voluntaria del embarazo? Lo que nos dice el discurso de salud cubano

Aunque la Real Academia de la Lengua Española recoja como primera acepción del verbo abortar la acción de “interrumpir, de forma natural o provocada, el desarrollo del feto durante el embarazo”, en Cuba suele utilizarse para designar la forma “natural”. Léase, sin intervención médica dirigida a terminar el embarazo. Para aludir a la forma provocada, han ganado lugar los nombres de los dos procedimientos médicos disponibles, según el tiempo de gestación: regulación menstrual (practicada hasta los 45 días de falta de menstruación) y legrado, hasta las diez semanas. Estos plazos son establecidos por las “Guías metodológicas para la instrumentación de todos los tipos de terminación voluntaria del embarazo”, del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), que rigen dichas prácticas. Documento que, salvo en referencias de artículos académicos, escapa de la luz pública y, mucho más, del conocimiento generalizado.

Las Guías… sustituyen el término “aborto” por “terminación voluntaria del embarazo”, y eso incide en una relación más fluida entre el discurso de salud y el lenguaje cotidiano, hecho que merece especial atención. Lo digo porque una demanda de los movimientos por la despenalización en América Latina es despejar el término “aborto” de evaluaciones morales y reorientar el análisis en otros ámbitos: los derechos, la justicia o la salud, por ejemplo. Por tal razón, al analizar las tensiones entre movimientos feministas y gobiernos, se ha argumentado a favor del “derecho al aborto como un asunto de justicia social, una cuestión de salud pública y una aspiración democrática” (6). Este constituye un requisito sine qua non para modificar las concepciones culturales. En Cuba, efectivamente, a la percepción sobre el aborto contribuyó el giro discursivo que tuvo lugar en las políticas que lo regulan, el cual se proyectó con toda intención, como las autoridades involucradas corroboran.

Junto a Vilma Espín, el doctor Celestino Álvarez Lajonchere, destacado médico ginecobstetra, fue una de las figuras clave en los “ensayos de institucionalización” de la terminación voluntaria del embarazo, iniciados en la primera mitad de la década de 1960. Reflexionando sobre el proceso, Álvarez destacó en una entrevista que, primero, se “hospitalizaron” las interrupciones de embarazo y luego, “durante muchos años, no usamos la palabra aborto”. Esta decisión, como subrayó Álvarez, “no era un mero capricho” (7). Frente al fuerte enfoque moral y religioso que ha caracterizado el debate y creado interminables digresiones —entre ellas, la polémica sobre el momento en que comienza la vida—, se buscó posicionar un discurso de salud pública. Esa es una de las razones por las que “legrado” y “regulación” resultan hoy términos más habituales en el lenguaje común de la población cubana que “aborto”.

En el ámbito jurídico, como adelanté, no puede hablarse de una legalización del aborto en Cuba. Tal como “terminación voluntaria del embarazo” sustituye a “aborto”, “institucionalización” sustituye a “legalización”. La presencia del aborto ilícito en el Código Penal vigente (artículos 267 al 269) tipifica a aquel practicado sin respetar las regulaciones de salud establecidas al efecto, con fines de lucro o sin el consentimiento de la mujer. En general, prevalecen las disposiciones del MINSAP en la institucionalización, pero la práctica en sí precede al triunfo de la Revolución.

El Artículo 443 del Código de Defensa Social, que regía desde 1938, consideraba ilegal el aborto, excepto A) para proteger la vida y la salud de la madre; B) como producto de una violación “rapto no seguido de matrimonio, o estupro” y C) para evitar la transmisión al feto de una grave enfermedad hereditaria o contagiosa, siempre con la anuencia de los padres. Sin embargo, es casi un consenso las escasas condenas por este delito, la “ilegalidad tolerada” que existía y la generalización de su uso como método de control de la fecundidad. Esto último, traza líneas de continuidad con el panorama contemporáneo, marcado por preocupaciones por el “abuso” de las interrupciones voluntarias del embarazo.

El problema ha sido conectado con los indicadores demográficos cubanos —sobre todo, la baja natalidad y el envejecimiento poblacional—, aunque sin apuntar a una relación causa-efecto, como un entendimiento simplista sugeriría y como el discurso contrario a la legalización en Latinoamérica intenta demostrar. En Cuba todo ello ha fijado un nuevo marco de disputa que, comparado con los parámetros morales que prevalecen en otros países de la región, reafirma la existencia de lo que muchos han llamado una “cultura de tolerancia”, anterior a la institucionalización, incluso.

Las condiciones en las que se interrumpían los embarazos antes de esta medida, sin embargo, resultan incomparables con las actuales. La escasez de personal médico en la Cuba pre-revolucionaria y su posterior emigración masiva, en la década de 1960, engrosaron las cifras de muerte de mujeres por abortos practicados sin adecuadas condiciones sanitarias. Ese es el principal argumento con el que, en la actualidad, los movimientos feministas y de mujeres reclaman la legalización en varios países de América Latina: la prohibición no impide la práctica, solo precariza las condiciones en que se lleva a cabo.

La Revolución cubana enfocó esto como problema de salud, que requería intervención estatal. La forma de proyectarla, según Álvarez Lajonchere, fue mediante una “interpretación flexible” del Código de Defensa Social, cuyas disposiciones eran consideradas progresistas por aquel entonces, y son, de hecho, bastante similares a las excepciones vigentes en algunos de los países mencionados al comienzo. Para Lajonchere, esto permitió “sin modificaciones de texto, dar un giro decisivo, según nuestras necesidades de protección de la salud de las mujeres, simplemente con establecer disposiciones complementarias que no habían sido elaboradas antes (…) Las disposiciones complementarias del Código no habían precisado cómo aplicar esos artículos, sin duda progresistas. El Ministro de Salud me autorizó a informar a los ginecólogos qué interpretación flexible yo sugería” (7).

De esta forma, se institucionaliza la práctica de legrados o “curetajes” y luego, en la década de los 80, de regulaciones menstruales. Según las Guías…, las “contraindicaciones médicas” constituyen el único impedimento para que se apruebe una solicitud de regulación menstrual. La disponibilidad del procedimiento, considerado más sencillo que el legrado, sesga la fiabilidad de las cifras sobre interrupción voluntaria del embarazo en Cuba porque, además de este, se puede utilizar con otros fines ginecológicos. Así, en esta y otras expresiones de preocupación por la interrupción voluntaria del embarazo han prevalecido los enfoques de salud y demográficos, que condenan su uso generalizado y como método anticonceptivo, no las dimensiones morales o éticas de la práctica.

Un episodio llamativo, no obstante, es el hecho de que el cardenal Tarcisio Bertone (designado al año siguiente secretario de Estado del Vaticano) declarara a la prensa en 2005 que Fidel Castro había pedido ayuda a la Iglesia católica para combatir “el problema del aborto”. Mientras, los movimientos feministas latinoamericanos reclaman que esta institución permanezca al margen, que los Estados actúen bajo principios laicos y que los preceptos religiosos no se trasladen al espacio jurídico y de las políticas públicas. La intervención de cualquier institución religiosa implicaría desplazar los términos que configuran la perspectiva de salud cubana. Términos que posibilitan que —a diferencia de otras geografías donde adquiere relevancia la mediación de preceptos e instituciones religiosas, para culpabilizar a las mujeres—,  el aborto se viva como una realidad radicalmente distinta.

En el primer número de la revista Sexología y Sociedad, publicación del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), una de sus psicólogas refiere: “En Cuba, donde el aborto es legalmente aceptado y también lo es desde lo social por una parte considerable de la población, resulta poco frecuente que la mujer que opta por esta decisión presente síntomas conscientes de depresión o de angustia. Es probable que los sentimientos de culpa y de temor no incidan de la misma forma que refiere la literatura sobre el tema, pues para muchas es algo desmitificado desde antes de comenzar su vida reproductiva” (8).

En esos términos, la terminación voluntaria del embarazo se enuncia como una conquista social de la Revolución cubana. En el discurso oficial de autoridades e instituciones del gobierno, para referirse al tema, “logro”, “avance” y “conquista” constituyen algunos de los términos frecuentes, siempre seguidos por “de la Revolución”. ¿Significa, entonces, que Cuba está donde otros intentan llegar? Como he venido narrando, hasta cierto punto sí. En materia de institucionalidad, de universalización del derecho a la terminación voluntaria del embarazo, y de cumplimiento de las responsabilidades del Estado para con los derechos sexuales y reproductivos, definitivamente.

Pero a lo anterior habría que añadir otros elementos. En primer lugar, las propias instituciones cubanas se han pronunciado sobre las falencias de la educación sexual, que conllevan el mal uso de los anticonceptivos y su sustitución por la terminación voluntaria del embarazo. Ello incide en el modo en que toman forma, en Cuba, las tres demandas principales de los movimientos por la despenalización del aborto —educación sexual, para decidir; anticonceptivos, para no abortar y aborto legal, para no morir— y recuerda que esas demandas necesitan reprocesarse y repensarse, de forma continua, en las políticas públicas y en la sociedad civil. En segundo lugar, el optimismo excesivo y la pose de “ejemplo” podrían obnubilar la reflexión crítica dirigida a la igualdad sexogenérica. Ese, por cierto, es un camino en el que todavía nos falta bastante por recorrer y al cual han contribuido los estudios feministas y de género, evidenciando las desigualdades inherentes a un sujeto político “neutro”, el masculinismo del Estado y la reproducción de relaciones de poder de género en la pretendida neutralidad de las políticas y en el igualitarismo.

Es por lo dicho que alegué que, “hasta cierto punto”, Cuba está donde otros intentan llegar. Porque necesitamos cuestionar si, con el enfoque de la terminación voluntaria del embarazo como una conquista social de la Revolución cubana, puede considerarse cumplido el rol de una real o potencial agenda feminista en torno al asunto. Más que ensayar una respuesta apresurada, reflexionar sobre tan difícil cuestión exige un recuento de los principales paradigmas desde los cuales se reivindica la legalización del aborto en la región. A estos me refiero en la próxima entrega, que plantea una discusión de fondo: ¿cómo conciliar diversos discursos y plataformas emancipadoras para que los “logros” deconstruyan relaciones de poder también diversas? En el caso de Cuba, los límites coincidentes entre feminismo y construcción del socialismo pueden trazar coordenadas para ese análisis.

 Notas:

1) Atribuida a Sócrates y que, por supuesto, no alude a la cantidad de conocimientos, sino a su incontestabilidad. Por tanto, cuestiona la posibilidad misma de conocer algo, una idea central para las reflexiones que planteo en este texto.

2) Reinaldo Taladrid es el presentador de “Pasaje a lo desconocido”, un popular programa científico cubano, que popularizó la frase “saque usted sus propias conclusiones”.

3) No incluyo al Distrito Federal, en México, por tratarse de una política regional, más que una realidad nacional.

4) Cevallos Castells, María Rosa (2012). El temor encarnado. Aborto en condiciones de riesgo en Quito. Quito: FLACSO Ecuador.

5) Morales Alfonso, Liudmila (2015). “Claroscuro: voces y silencios sobre el aborto en la Cuba revolucionaria y el Ecuador de la Revolución Ciudadana. Tesis de maestría. FLACSO Ecuador.

6) Lamas, Marta. (2008). “El aborto en la agenda del desarrollo en América Latina”. Perfiles Latinoamericanos 31, 65-94.

7) Álvarez, Celestino (1994). “Aspectos jurídicos y médicos legales del aborto en Cuba”. Sexología y Sociedad 0: 6-7.

8) Bravo, Ofelia (1994). “El aborto, ¿por qué el último recurso?”. Sexología y Sociedad 0: 14-15.

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Liudmila Morales Alfonso 4 Artículos escritos
(Villa Clara, Cuba, 1987). Se graduó de Licenciada en Periodismo por la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, en 2010, y cursó estudios de derecho en las Universidades José Martí Pérez, de Sancti Spíritus y Carlos Rafael Rodríguez, de...
Cuba Posible 188 Artículos escritos
Cuba Posible es un “Laboratorio de Ideas” que gestiona una relación dinámica entre personas e instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas. Si...
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