¿Trump o Hillary? Mucho más que una elección presidencial

La elección presidencial del próximo 8 de noviembre en Estados Unidos no es, de ningún modo, una elección más. Tampoco es simplemente un pugilato entre poderosas maquinarias electorales de ambos lados, ni el impacto de una marejada de millones de dólares para inclinar la balanza a favor de uno u otro bando, en medio de crecientes niveles de apatía de parte del electorado; fenómeno este último, consignado ya hasta en los libros de Cívica en Estados Unidos. Nunca antes en la historia política de este país habían concurrido los factores que, hasta hoy, han moldeado tan insólito proceso electoral.

En primerísimo lugar asistimos, como nunca antes, a una extrema polarización social y política de la sociedad en su conjunto; ni siquiera fue así durante las elecciones de la Gran Depresión, ni en los tiempos de la lucha a favor de los derechos civiles y de la guerra de Vietnam. En una primera etapa, ello se hizo marcadamente visible con los fenómenos de Bernie Sanders, entre las filas del Partido Demócrata, y de Donald Trump, en el seno del Partido Republicano; y mucho más allá de los límites convencionales de los afiliados a cada partido.

Sanders no era otra cosa que un oscuro legislador de un pequeño Estado (Vermont). Primero representante y ahora senador, con una larga trayectoria de activismo liberal, sin cobertura mediática alguna, ni poderosas maquinarias respaldándolo, e increíblemente, sin ser millonario. Sin embargo, este hombre, subestimado por todos, fue capaz de convertirse, en brevísimo tiempo, en el contendiente más serio de Hillary y de su aplastante maquinaria electoral y de los millones de la mayoría de Wall Street. Puso todo esto en jaque y se convirtió así en la figura que encontraba mayor apoyo entre jóvenes, mujeres e independientes (esto es, sin afiliación a ningún partido), ganando un número insospechado de elecciones primarias en los diferentes estados. Contra él se confabularon todos los factores de la maquinaria electoral demócrata, con jugadas tan sucias que le costarían la renuncia a la presidenta del Comité Nacional Demócrata (la legisladora por la Florida, Wasserman-Schultz).

El discurso de Sanders convocaba a un socialismo democrático, a una revolución política, a políticas salariales y sociales de amplios beneficios sociales, con una regulación mayor sobre la economía y mayor rigor fiscal, y a reducir de manera efectiva el poder que ejerce la minoría del uno por ciento que controla el grueso de la riqueza de este país. Y tan inusual discurso fue capaz de generar una convocatoria de masas como nunca antes se había visto. Era sabido que no llegaría a ganar la nominación presidencial, pero la trascendencia de su proyecto y discursos, obligarían a la Hillary a “moverse hacia la izquierda”, incorporando a su plataforma política muchas de las claves movilizadoras del viejo Sanders. Así lo reconocía, en una opinión editorial a comienzos de mayo, el influyente The New York Times, consignando que forzaba a Hillary a integrar a su campaña muchos de los planteamientos de Sanders, y que ello traería aparejado una significativa transformación en el Partido Demócrata, en la cual Sanders continuaría desempeñando, como hasta ahora, un papel de primer orden.

Semejante polarización “hacia la izquierda liberal”, no tiene precedentes. Hillary, pese a sus desastrosas “credenciales” en política exterior y en el Medio Oriente en particular, ganaba la nominación, pero ya su plataforma era otra, marcadamente influida por las claves de Sanders. Aunque una candidatura femenina como la de Hillary tendrá, también, que remontar el obstáculo histórico-cultural representado por la predominante cultura machista de este país.

En el otro extremo, la entrada de Trump a la competencia por la nominación fue recibida con un torrente de descalificaciones por todos los medios, la prensa escrita, la televisión, las redes sociales y las principales figuras del Partido Republicano. Payaso, charlatán, falto de respeto, improvisado, racista, anti-feminista, chovinista, ultraderechista y otros muchos epítetos y burlas, lo acompañaron desde un comienzo. Sin maquinaria electoral, se lanzaba a disputarles la nominación a reconocidos políticos republicanos que sumaban 16 candidatos. En Miami, y de manera general en la Florida, una aparente mayoría aseguraba que el candidato victorioso de esos 17 no sería otro que Jeb Bush, ex-gobernador del Estado, dueño de la maquinaria electoral más poderosa y del mayor respaldo en millones de dólares, proveniente además de una familia con dos ex-presidentes, el padre y el hermano; ganaba seguro, se afirmaba.

¿Y qué pasó? Que el advenedizo Donald Trump -multimillonario sí, pero sin credenciales políticas, ni maquinaria electoral-, derrotó a los 16 candidatos, forzando incluso un temprano retiro de Jeb Bush. El triunfo de Trump en las primarias lo convirtió en el candidato de un partido político cuya estructura dirigente no lo quería y lo rechazaba abierta y públicamente, y que incluso buscó mecanismos tramposos y conspirativos para bloquear su candidatura.

El Partido Republicano, amenazado seriamente por un proceso interno de desintegración —del cual los 17 precandidatos originales fueron un síntoma elocuente— tras la formación del polo neoconservador conocido como Tea Party (término alegórico a un incidente que marca los comienzos de la guerra de independencia de las 13 Colonias) unos años atrás, no podía garantizar un candidato de su preferencia, y tenía que acomodarse a la idea de un candidato que los desafiaba, los amenazaba, los cuestionaba, los insultaba, pero con el cual tienen que lograr alguna conciliación si aspiran a tener cierta influencia efectiva, en caso de que Trump gane la elección.

De Donald Trump merecen hacerse algunas puntualizaciones que me parecen importantes. Los términos de neoconservador y neofascista, y otros similares, abundan. Creo que, más bien, estamos ante un caso que va más allá de semejantes calificativos y simplificaciones similares. Hay que asumirlo mucho más como un electrón suelto, sin encasillamientos, que como buen multimillonario debe ser conservador y tipo de derecha —lo más común entre los presidenciables de este país, salvo alguna honrosa excepción como James Carter en su tiempo—, que hace de la demagogia o el tremendismo algo común; precisamente lo que casi todos los políticos practican por acá, así como en muchas otras latitudes. Pero, la inclinación política rectora de este hombre es, ante todo, la de hacer dinero en grandes cantidades. Trump es un “cruzado” ideológico de la causa de hacer más millones. Su imagen de empresario exitoso ha jugado un especial papel en su ascenso. El no formar parte de las élites políticas de Washington, al igual que en el caso de Sanders, lejos de restarle apoyo, le ha asegurado un mayor soporte, producto de la creciente hostilidad popular, más allá de las afiliaciones partidistas, hacia el mundillo político de Washington y del Congreso en particular. Su divisa máxima no es otra que la del “Poderoso caballero, Don Dinero”.

Si queremos colgarle alguna etiqueta les aseguro que la de inescrupuloso pragmático es la que mejor le encaja. De la manera más inescrupulosa se mueve y así podrá interactuar a lo largo y ancho de todo el espectro político de este país, incluso pasando por encima de lealtades partidistas, las cuales no le dan ni frío ni calor. No es hombre de oratoria ni grandes discursos políticos; sino que recurre a un estilo más bien coloquial, de oraciones cortas e ideas sencillas, sazonado de anécdotas y de lenguaje directo.

Lo mismo puede promover fórmulas aislacionistas contrarias a la continuación del redespliegue industrial (outsourcing), allí donde sea útil, o de acometer masivas inversiones en terceros países donde reporten pingues ganancias. Puede un día impugnar o cuestionar a figuras republicanas de renombre (como el senador John McCain o el representante y presidente de la Cámara, Paul Ryan), para luego entenderse perfectamente con los mismos, como si nada hubiera pasado; puede insultar a los mexicanos un día y al día siguiente expresarse —como lo hizo durante su pasada visita a México— en los términos más cuidadosos y constructivos cual diplomático consumado, para horas más tarde regresar a la idea del muro en la frontera entre ambos países (nada original, pues en parte ya existe). Esta visita de Trump fue percibida -incluso por muchos de sus peores críticos-, como una victoria política que sumó puntos favorables a su empate de septiembre con Hillary.

No vacila Trump en elogiar acciones de Rusia y mostrarse proclive a la cooperación militar con Putin. De repente, nos encontramos con lo nunca visto: un candidato presidencial abogando por recortes sustanciales en la participación de Estados Unidos en la OTAN, así como por abandonar sus dispositivos militares y nucleares en Japón y Corea del Sur.

Aparecen enseguida los que señalan el apoyo a Trump del Ku Klux Klan, del National Rifle Association y de otras instituciones y figuras de la ultraderecha, pero nadie menciona que tales apoyos se hicieron bastante tarde y que los mismos se mueven indistintamente entre los dos partidos. ¿Qué Administración ha sido más anti-inmigrante y ha expulsado más inmigrantes ilegales tras perseguirlos con saña? ¿Qué Administración se empeñó con más fuerza en proseguir las intervenciones militares en Afganistán, Iraq, Libia y Siria o en castigar (como ninguna otra) las relaciones comerciales y financieras de Cuba (incluso en tiempos de normalización de relaciones? Pues la Administración de Obama y su Secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Y aquí aclaro algo importante: no es que Trump los haya ido a buscar o haya recabado su apoyo, sino que en la medida en que éste se perfiló como un candidato con posibilidades reales, todos ellos han procurado acercar “la brasa a su sardina” y garantizar sus posibles conexiones, en caso de que la Casa Blanca pase a manos de Trump, después de ocho largos años de administración demócrata. De ganar Trump la Casa Blanca, no habrá una presidencia republicana, sino una presidencia “trumpista”.

Un elemento indispensable en la configuración de esta ecuación política no será sólo la elección de Hillary o Trump. Máxima atención debemos prestar a los resultados electorales en la reconfiguración del Congreso —Cámara de Representantes y Senado—, y valorar en qué medida ambas cámaras oscilarán en favor de demócratas y republicanos, considerando la actual primacía republicana en la Cámara y la mínima mayoría demócrata en el Senado. De cómo se perfilen ambas dependerá mucho la autonomía y poder de maniobra de la presidencia. Y nadie hasta ahora se atreve, en medio de semejante polarización, a aventurar un cálculo serio ni tentativo de cómo podrán ser dichos resultados.

La polarización en torno a Trump, no sólo suma ahora a sectores ultraconservadores, sino a mayoritarios segmentos de la clase obrera, crecientes números de negros y latinos (en su mayoría componentes sociales pro-demócratas tradicionales) y de amplios contingentes de la clase media independiente de los dos partidos; todos ellos cada vez más enajenados del sistema político convencional. De otra manera no se puede explicar el comportamiento de las cifras en las encuestas más recientes.

Estados Unidos es el país de las encuestas y las hay para complacer todos los gustos o preferencias, en dependencia de los objetivos y tipos de muestras y preguntas, que se propongan los que las preparan. De manera recurrente, hasta mediados de agosto, Hillary aparecía con una sostenida ventaja que oscilaba entre el 10 y el 12 por ciento sobre Trump.

Sin embargo, desde finales de agosto, el cuadro ha comenzado a modificarse. Ya a comienzos de septiembre se habla de un “empate caliente”, donde las diferencias se miden por escasos puntos que se diluyen en los márgenes de errores de dichas encuestas. Y esto ha ocurrido a pesar de una abrumadora hostilidad de parte de la casi totalidad de los poderes mediáticos en contra de Trump y a favor de Hillary; en tanto que la mayor parte de las contribuciones millonarias a las campañas electorales las continúa monopolizando la candidatura de Hillary.

Si nos atenemos a los parámetros más convencionales de la política en Estados Unidos (maquinarias electorales, contribuciones millonarias, apoyo mediático, discursos habituales), Hillary Clinton pudiera ganar de seguro en noviembre. Al menos esta era la apreciación más extendida dos meses atrás. Ahora dichos patrones están severamente cuestionados y lo que parecía imposible, pues ha ocurrido: Donald Trump se ha empatado con Hillary.

Los próximos días serán decisivos. Llueven las predicciones para satisfacer todos los gustos después de los debates sostenidos y de las interpretaciones encontradas en torno a sus resultados. El documento de los 88 generales en retiro, apoyando a Trump, ha devenido en indicador importante de por dónde pueden inclinarse las preferencias para elegir a un presidente que será comandante en jefe de las fuerzas armadas más poderosas del mundo. La polarización de la sociedad ha alcanzado su clímax.

La idea de que Hillary debe ganar persiste, pero debilitada; cada vez más deteriorada por la recurrente noción de que es una persona netamente “deshonesta”, término éste que no ha dejado de aparecer en todas las encuestas. En tanto, cada vez es mayor el número de personas a las que no sorprendería una victoria de Trump. Hasta ahora esta hipótesis, que parecía imposible un par de meses atrás, sigue ganando terreno y, a manera de conclusión, me atrevería a considerarla como muy posible.

Sobre los autores
Domingo Amuchástegui 31 Artículos escritos
(La Habana, 1940). Licenciado en Historia por la Universidad Pedagógica. Máster en Educación por la Florida International University. Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami. Fue Jefe de Departamento en el Ministerio de Re...
1 COMENTARIO
  1. Marga Martín dice:

    Creo que las predicciones no son ahora muy buenas para Trump , Hillary está por encima con 5 puntos y estoy segura que después del debate subirá mucho más estas eleciones se guerra el futuro de millones de indocumentados y de que resulfa el razismo alentado por el candidato republucanos y y los americanos de extrema derecha que odian a los hispanos .

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