Una mirada inicial a Trump

Donald Trump speaking at CPAC 2011 in Washington, D.C.

Foto: Gage Skidmore/ Flickr (CC BY-SA 2.0)

Tela por donde cortar sobra en abundancia: desde el “Obamacare” hasta Crimea y China, desde los “Dreamers” hasta el uso legalizado de la tortura, desde los oleoductos Canadá-Nebraska, el Dow Jones por encima de los 20,000 puntos o el regreso a la polémica de los resultados electorales de noviembre. Por ahora, me limito a unos temas más cercanos a nuestro traspatio.

México y el muro que tiene que pagar

El espacio de la comunicación ha estado saturado por este asunto. La posibilidad de su discusión o negociación con el presidente Peña Nieto anda en el “pico de la piragua”, al insistir Trump en el pago y Peña Nieto en su rechazo. El primero concluyó, el día 26 de enero, que cualquier encuentro sería infructuoso (“fruitless”) y los contactos posteriores no han fructificado todavía.

Abunda la guapería verbal entre dos socios cuyas relaciones de comercio y finanzas crean una interdependencia económica que convierten a México en el tercer socio de la economía de Estados Unidos, lo que crea un estado de relación “cautiva”. En esos nexos tan voluminosos y complejos, no podemos olvidar las actividades “informales” que suman cifras multimillonarias cuando incluyen el narcotráfico y las ventas (cuasi públicas) de armamentos de parte de vendedores y traficantes norteamericanos a través de la frontera para beneficio de los ejércitos privados y sicarios de los narcos en México, Centroamérica y otras latitudes más al sur. ¿Relaciones complicadas, desiguales y violentas? Sin duda: es así desde Austin, Houston, Polk, “Los Niños de Chapultec”, la resistencia en Veracruz y Pancho Villa, o con términos como “gringos”, “espaldas mojadas” y “chicanos” (discretamente engavetados). Ahí está para los que quieran refrescar la memoria el excelente libro de Mario Gill, Nuestros Buenos Vecinos.

¿El muro? Ha sido una suerte de obsesión recurrente para enfrentar grandes desafíos. Desde grandes emperadores como Qin, los Ming y otros en China (con su Gran Muralla), hasta el romano Adriano en Britania, las trochas españolas en Cuba para impedir los avances de los mambises, las líneas “Maginot” y “Sigfrido” y la Muralla del Atlántico (durante la II Guerra Mundial), el Muro de Berlín en el apogeo de la Guerra Fría, o hasta el más reciente muro o barrera de seguridad que Israel ha levantado para sofocar la resistencia palestina y sus acciones terroristas (muro/cercado que corre en un 85 por ciento de territorio palestino y que ha absorbido o anexado, de facto, casi el 9 por ciento de dicho territorio).

El común denominador de todas ellas es que sirvieron o sirven de bastante poco. Si no que le pregunten a Genghis Khan o a su nieto Kubilai, mongoles victoriosos a pesar de la Gran Muralla; a los bárbaros celtas en Britania; a los aliados de la contienda 1939-1945; al de Berlín, que se desplomó por su propio peso y fracaso; y el muro/cercado de Israel que hoy transpira impotencia en tratar de liquidar el desafío palestino, muro/cercado condenado abrumadoramente por las Naciones Unidas y en la Corte Internacional de Justicia. ¿No pudiera pensarse en mejores y más constructivas soluciones? Decía un judío bien conocido hace 10 años, Shmuel Rosner (Contributing writer for the International New York Times and Jewish Policy), en su magnífico trabajo “FENCES”: “Las cercas altas casi nunca crean buenos vecinos. No se logró en la Margen Occidental (West Bank), y probablemente tampoco ocurra con la de Texas”.

De todo esto, ¿no hay algo que pueda servirle al presidente Trump en su fijación mental con el muro? Además, su extensión no es la del Muro de Berlín (96 kilómetros), ni la de Israel (unos 800 kilómetros, casi el triple de los 320 kilómetros de Línea Verde que desde 1967 separa, con aprobación de las Naciones Unidas, los territorios de Israel y Palestina). Los casi 2,000 kilómetros que separan a México de Estados Unidos son una distancia enorme, con un costo estimado de construcción del muro de 6,400 millones de dólares y con un tiempo estimado que de seguro se necesitará una segunda Administración Trump para materializarse. Todo esto sin entrar a considerar los muchos conflictos culturales de toda índole que semejante proyecto acarreará. Una cosa es replantearse las bases y alcances de NAFTA o TLC -con el que se puede estar de acuerdo o no-, y otra muy distinta es este recurso aislacionista de marcaría mayores e imprevisibles consecuencias. La paradoja última pudiera consistir en que este empecinamiento de Trump, en un final, termine ayudando a López Obrador a llegar a la presidencia y a otras opciones de izquierda en América Latina.

El fin de la política de “Pies Secos/Pies Mojados” y Trump

El 17-D, al producirse el anuncio conjunto dando inicio a la normalización de relaciones, los cubanos con planes de emigrar hacia Estados Unidos por diferentes vías, intuyeron, al instante, que la Ley de Ajuste (Administración Johnson), “los pies secos/ pies mojados” (Administración Clinton) y el “parole” (entrada a Estados Unidos bajo palabra) para promover la mayor deserción posible de médicos cubanos en misiones de salud, estarían llegando a su fin; todo ello como un subproducto, natural e inevitable, de dicha normalización de relaciones. Acelerar todas las posibilidades y medios para “ir echando” aceleró todos los esquemas posibles de tráfico humano.

La larga negociación entre la Administración Obama y el Gobierno cubano, culminó en la decisión ejecutiva del primero de ponerle fin a las dos variantes no amparadas por decisiones congresionales: la de los “pies secos/pies mojados” y el “parole” para los médicos. Al suprimirse estas decisiones ejecutivas, sin atacar frontalmente el largo, complicado y nada seguro procedimiento congresional de abrogar la Ley de Ajuste, la Administración Obama logró reducir en un 80 por ciento los flujos de cubanos por medios anormales al negarle cualquier legitimidad, y enfrentarlos al mecanismo de la deportación. Ambos mecanismos eran el resultado de etapas de conflictos y tensiones entre ambos países de los últimos 20 años. Ante un proceso de normalización era absolutamente inadmisible e improcedente mantenerlos.

A una relación normal, tenía que seguir -tiene y tendrá que seguir- una normalización en todas las esferas que integran el conjunto de las relaciones bilaterales entre los dos países. En un futuro se determinará si los cubanos que entren legalmente a Estados Unidos podrán seguir recibiendo los beneficios de la Ley de Ajuste Cubano (beneficios que ni los judíos después de la II Guerra Mundial, ni los húngaros de la sublevación de 1956 recibieron) y si la misma, en el nuevo contexto, debe derogarse o no por decisión congresional.

Los cubanos que quedan desperdigados por Centroamérica, México, Colombia o Ecuador, quedan “embarcados” por completo, sujetos a diversas variantes como posibles acuerdos de deportación a por cuenta-gotas a su país de origen (Cuba), regresar por medios propios, o radicarse con mejor o peor suerte en los países donde hoy se encuentran, como ya está ocurriendo con no pocos. La hipótesis de que la Administración Trump decida acogerlos, por una única y última excepción, no se vislumbra hasta ahora en el horizonte.

To be or not to be

¿Echará Trump hacia atrás semejante decisión ejecutiva junto a las demás adoptadas en el curso de estos dos últimos años? Resulta altamente improbable; máxime si el presidente Trump se ha mostrado particularmente hostil a todos los mecanismos ilegales y anormales de inmigración. El caso cubano (desde 1959) es uno que alcanzó hasta hoy proporciones y componentes sin precedentes en los anales migratorios de Estados Unidos como parte de un conflicto interno y bilateral, y que actualmente debe llegar a su fin, a menos que el Presidente Trump opte por echar atrás todo el proceso de estos dos años, lo cual sigue siendo tema de discusión hasta ahora.

A escala de la Florida, el gobernador Rick Scott -en procura de beneficios electorales- busca hacerse “el duro” ante los belicosos de Miami -cuya base de apoyo es cada día menor-, al decir que no tolerará que barcos que hayan tocado puertos cubanos puedan tocar, a continuación, puertos floridanos. Y digo hacerse “el duro” puesto que él sabe perfectamente que no puede desafiar una clarísima decisión federal anunciada hace meses por la OFAC, que levantó la “sanción de 180 días” previamente aplicada a aquellas embarcaciones que comerciaron con puertos cubanos. Si quiere ser tan duro, pudiera impedir que naves aéreas vuelen desde la Florida hacia Cuba y viceversa, y ver qué pasa. Estamos en presencia de un episodio más de guapería hueca.

Recientes debates y escritos de un numeroso grupo de expertos en el tema “Cuba/ Estados Unidos”, desde el profesor de Harvard, Jorge I. Domínguez, hasta el conocido abogado Pedro Freyre e incluso el almirante (r) Stavridis, actual decano de la muy respetada Fletcher School of Law, tienden a descartar un escenario de retroceso de 180 grados; y se inclinan a pensar, como la peor de las hipótesis, en un estancamiento o muy lentos avances. Y todos coinciden en destacar que iniciativas cubanas en la continuidad de sus reformas y rediseño internos deberán alimentar los escenarios más constructivos.

A muchos les preocupa la presencia de algunos cubanoamericanos belicosos en la periferia de la Administración Trump, así como las promesas de campaña de éste en sus visitas a Miami. Los belicosos de la Calle 8 -conscientes de que desmantelar los dos años de avances y acuerdos propiciados por el saliente Obama y las autoridades cubanas sería enormemente engorroso y complicado- se han aferrado a una hipótesis que pudiera crear “el milagro del retroceso”; ésta no es otra que colocar de nuevo a Cuba en la lista de países promotores del terrorismo, lo que conllevaría, de inmediato, a un congelamiento y eventual retroceso. Ello se facilitaría por la fragilidad de los avances alcanzados. Al respecto, ha dicho el experto John Kavulich: “La relación bilateral comercial, económica y política permanece tentativa, frágil e inmensamente sujeta al impacto desde el Norte y los vientos del Sur”, destacando que los 18 acuerdos suscritos entre ambos países en diferentes esferas en estos dos años, no tienen fuerza legal obligatoria que comprometa su aplicación (“none were binding treaties”), lo que, eventualmente, pudiera facilitar “el milagro del retroceso”.

A esos cubanoamericanos en la periferia de la Administración Trump y a su peregrino argumento de colocar a Cuba entre los países promotores del terrorismo, habría que preguntarles: ¿qué tienen para ofrecerle a esta nueva Administración en términos de financiamiento de campaña, votos y provechosos negocios? Muy poco, diría yo con alguna elegancia. ¿Con cuánto contribuyeron a la campaña de Trump? Con casi nada, pues casi todo había ido a manos de Jeb Bush o Marco Rubio. ¿Pudo la otrora poderosa y alardosa maquinaria electoral de los cubanoamericanos republicanos garantizarle la victoria a Trump en los condados de Dade, Broward y los Palm Beaches? ¡Nada de nada! ¿Y de negocios provechosos? Bastante poco y de escasa relevancia.

Mientras, a los asesores del presidente Trump, y a éste en persona, les llegan reiterados mensajes de las opciones y oportunidades que se abren en el mercado cubano y sus conexiones regionales e internacionales. Repasemos brevemente algunos casos y comparemos su influencia con lo que tienen que ofrecer los cubanoamericanos de filiación belicosa:

  • Cámara de Comercio de EEUU y su presidente Donahue, sobre todo después de su participación en la Feria Internacional de La Habana y su cordial entrevista con el Presidente Raúl Castro y sus principales asesores económicos;
  • El National Trade Council, American Farm Bureau y la American Feed Industry;
  • La American Society of Travel Agencies, las compañías de crucero y hoteleras como Starwood (Cuba ya es, con sus más de 4 millones de turistas, el segundo mercado en el Caribe después de República Dominicana, donde en sus principales bahías ya están siendo visitadas por cruceros de MSC y otras firmas europeas);
  • Google (que ya logro un buen contrato y busca desplazar a la china Huawei);
  • Un centenar más de grandes compañías de Estados Unidos, empezando por GMC, que ya se han registrado con la corporación de la Propiedad Industrial de Cuba a fin de conducir legalmente sus tanteos y negociaciones;
  • Los aliados más cercanos de Estados Unidos (Canadá, Japón, la Unión Europea) de ninguna manera secundarían la idea de retroceso basado en el restablecimiento de Cuba como país promotor del terrorismo. Todo lo que estos aliados han hecho, y continúan haciendo, es justamente avanzar en los procesos de normalización y de promoción de proyectos de beneficio mutuo. Sólo un ejemplo reciente: si usted camina desde Prado y Malecón hasta el Parque Central encontrará -donde hace un par de años no había nada- seis proyectos franceses, y no sólo de hoteles, sino la simbólica reapertura de la Casa Guerlain.
  • ¿Cuántos gobernadores de Estados Unidos están, activa y personalmente, involucrados en iniciativas para la promoción de comercio e inversiones con entidades cubanas, empezando por los de Texas, Nueva York, Louisiana y otros del Midwest? Sería una lista bastante larga.
  • No puede pasarse por alto que varios miembros de la nueva Administración, en el pasado reciente, han sido partidarios favorables de la normalización con Cuba. Tampoco que -como informara Business Week- representantes de los negocios de Trump en el 2010 y el 2013 visitaran Cuba para explorar las potencialidades del mercado cubano. Algunos de esos miembros son Jason Greenblatt (representante especial para negociaciones internacionales) y de George Ervin “Sonny” Perdue, ex-gobernador de Georgia (visitó Cuba en el 2010), nominado para Secretario de Agricultura. Mucho menos debe olvidarse que -como nunca antes en la historia de la diplomacia de Estados Unidos- un numerosísimo grupo de ex-generales y de almirantes han abogado activamente desde los inicios de este siglo por la más completa y total normalización de relaciones con Cuba (incluyendo una petición pública al presidente Obama en el momento de iniciar su presidencia). Y muchos de estos fueron y son colegas y amigos de dos de los generales (r) que Trump ha incorporado a su administración en cargos claves, los generales (r) Mattis y Kelly.
  • No menos significativa es la tendencia entre una parte creciente e influyente de cubanoamericanos que se han involucrado activamente en apoyo de la normalización y reclamando ya que la nueva administración no retroceda, sino que continúe el avance del proceso de normalización. Importantes nombres como los de Carlos Saladrigas, Alfie Fanjul, Carlos Gutiérrez y otros se inscriben en esta perspectiva.

Puestos en una balanza, ¿cuál de estas dos opciones posee la mayor capacidad de influencia y lobbysmo? ¿La Calle 8 y la Brigada 2506? ¿O este apretado resumen de los intereses y fuerzas norteamericanos que favorecen la normalización de relaciones con Cuba? Me parece bastante sensato sugerir que el segundo grupo será el que prevalezca al final, máxime si se tiene un cuenta que corresponderá a esta Administración prepararse y abordar el relevo generacional definitivo en la estructura de poder en Cuba. Esto no requiere un retroceso o líneas de confrontación, sino avanzar con sentido creativo y constructivo, tanto por parte del presidente Trump y su equipo, así como por parte de la vieja dirigencia cubana en fase de retiro y de los que vengan a reemplazarla.

Sobre los autores
Domingo Amuchástegui 31 Artículos escritos
(La Habana, 1940). Licenciado en Historia por la Universidad Pedagógica. Máster en Educación por la Florida International University. Doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Miami. Fue Jefe de Departamento en el Ministerio de Re...
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