Varela y Martí

A cargo de Walter Espronceda Govantes

Martí siempre se mostró muy atento a las enseñanzas de la generación de fundadores de la identidad nacional cubana, sobre todo al legado de Félix Varela. De hecho, hoy Martí se nos revela acaso como el gran intérprete del legado vareliano para la estructuración del pensamiento social cubano. A propósito de la observación, Cintio Vitier considera a Varela el inspirador de la revolución que organiza y lleva a cabo Martí en el crepúsculo del siglo XIX. En la condición de hombres al servicio de la Cuba que emerge en un sentido de búsqueda de la independencia y la soberanía, las respectivas existencias de Félix Varela y José Martí es justo sean escrutadas por cada cubano.

Varela y Martí*

Por Cintio Vitier

Tenemos la costumbre de considerar al padre Félix Varela, con el antecedente de su maestro, el presbítero José Agustín Caballero en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, como el enemigo acérrimo de la escolástica decadente, el negador de la autoridad de los Santos Padres en materia filosóficas, el modernizador de la enseñanza de la filosofía, asimilador del cartesianismo, el empirismo inglés y la ideología francesa, adalid de las ciencias experimentales en el propio Seminario: ejemplo, en suma, del pensamiento iluminista y de un liberalismo político, deudor de las doctrinas de la Revolución Norteamericana y de la Revolución Francesa, que lo llevó, después de la experiencia de las Cortes de Cádiz, de un avanzado reformismo al independentismo radical que manifestó en su memorable periódico El Habanero.

Todo es indudablemente cierto si no olvidamos, para empezar por el principio, que toda decadencia supone un esplendor pasado, y que en ese esplendor del pensamiento católico, por lo menos desde San Agustín hasta Santo Tomás, estaba la raíz, a su vez profética y evangélica, de todo el pensamiento religioso, filosófico y político del padre Varela.

Sin tiempo para más en esta ocasión, acudamos directamente a las siguientes categóricas declaraciones en sus indispensables Cartas a Elpidio. Allí, en efecto, leemos: “Todas las máximas de los pueblos libres, todas las doctrinas de la civilización han sido enseñadas por los Padres y se hallan en esos mamotretos que condenan sin haber leído. Temblarían los déspotas, mi amado Elpidio, si pudieran ponerse en la mano de los pueblos las páginas en que sin consideración ni rebozo se les acusa por hombres a quienes la Iglesia ha declarado santos…”1

Allí mismo apela a citas de San Agustín, fundamento de otras de Santo Tomás, como la siguiente: “Separada la justicia, ¿Qué otra cosa son los reinos sino grandes latrocinios? Porque los latrocinios, ¿Qué otra cosa son sino unos reinos pequeños? Y en Ezequiel (22:27) se dice: Sus príncipes en medio de ellos como lobos, que roban la presa. Por tanto están obligados a la restitución y son ladrones, y pecan tanto más gravemente cuanto más peligrosa y común es su acción contra la justicia pública, para cuya custodia están puestos”.2

Esta doctrina de la “restitución” fue varias veces esgrimida por fray Bartolomé de las Casas, con especial valentía y fuerza en su reclamación al Consejo de Indias, desde La Española, en 1531; volviendo a las Cartas a Elpidio, añade San Agustín aducido por el padre Varela: “Con elegancia y verdad respondió aquel gran Alejandro un pirata que había aprendido, pues preguntándole al rey qué le parecía su crimen de infestar los mares, él respondió con libertad y descaro: “lo que a ti con respecto al orbe de la tierra; pero como yo lo hago con un buque pequeño me llaman ladrón; y porque tú lo haces con grandes ejércitos te llaman emperador” (Ciudad de Dios, lib. IV, cap. IV).3

También pudo citar Varela las siguientes palabras de San Basilio, el Magno, a los ricos en el siglo IV: “Vosotros, miserables, ¿cómo queréis justificaros ante el juez celeste? Me responderéis ¿qué culpa recae sobre nosotros si sólo guardáramos lo que nos pertenece? Pero yo os pregunto: ¿a qué llamáis vuestra pertenencia? ¿De quién lo habéis recibido? (…) ¿Cómo se enriquecen los ricos si no es acaparando lo que pertenece a todos? Si nadie tuviera para sí más de lo que necesita para el mantenimiento propio y diera el resto a los demás, no habría ricos ni pobres”.4

San Juan Crisóstomo (347-407), patriarca de Constantinopla, fue quien más instó a los cristianos a volver al comunismo primitivo de los orígenes, los que Martí consideró los cuatro siglos puros del cristianismo, manipulado a partir del Edicto de Constantino en el 313, pero sobreviviente en los auténticos cristianos de todos los tiempos. Prueba de ello fue Gregorio Magno, que en el siglo VI escribe y clama: “No basta no quitar a otros su propiedad. No estáis libres de culpa si conserváis para vosotros unos bienes que Dios ha creado para todos. El que no da a otros de lo que posee es un ladrón y un asesino, ya que, al guardar para sí lo que serviría para sustentar a los pobres, puede decirse que mata cada día un número de personas igual al que podría vivir de su exuberancia. Cuando repartimos lo nuestro con los que padecen necesidad, no les damos lo que nos pertenece, sino lo que les pertenece. No es una acción compasiva, sino el pago de una deuda”.5

Tales voces medievales, sin excluir la escolástica de la que también el padre Varela heredara, entre otras, la fineza con que explicó en su Miscelánea filosófica la extraordinaria tesis de que “la idea que no puede definirse es la más exacta”, nos traen a la memoria el juicio de Martí sobre la Edad Media, tan poco notado, en su crónica sobre la Historia Universal de César Cantú, en que nos dice: “La Edad Media, como seno de madre, dio de sus sombras creadoras a nuestra Edad, que no la rechaza ya como hija impía sino que anhela conocerla, porque nació de ella”.6

Ese rechazo, del cual por cierto se quejó Federico Engels, en cuanto desconocedor de los grandes aportes positivos de la Edad Media y negador de lo que llamó “la concatenación histórica”, sin la cual todo pierde sentido, persiste desdichadamente hasta hoy.7

En cuanto a Varela como precursor de Martí, es tema que puede resumirse en los siguientes puntos: 1. Desactivación del criterio de autoridad. 2. Eclecticismo filosófico. 3. Conciliación de ciencia y fe. 4. Prédica revolucionaria. 5. Experiencia de Estados Unidos.

1. Para la Cátedra de Filosofía, el padre Varela postuló en el Elenco de 1816: “La autoridad es el principio de una veneración irracional que atrasa a las ciencias, ocultando muchos su ignorancia bajo el frívolo pretexto de seguir a los sabios”.8 De su época de estudiante en España, a propósito de la afinidad que descubre en el pensamiento de Krause con el suyo propio, en el siguiente apunte en el cual Martí establece un principio acorde con la contradicción iniciada por Caballero y afianzada por Varela y Luz: “La independencia nacional, solo de la verdad natural incambiable y de la deducción lógica exacta dependiente, es muy noble y esencial condición del alto espíritu humano”.9

2. En su Philosophia Electiva, José Agustín Caballero había afirmado: “Es más conveniente al filósofo, incluso al cristiano, seguir varias escuelas a voluntad, que elegir una sola a que adscribirse”,10 para lo cual se apoya en paisajes de San Agustín, Séneca, Cicerón, Santo Tomás y San Pablo, quien dijo a los romanos: “Sea cada uno rico de sus opiniones” (XIV, 5). Buscando también apoyo en la tradición católica, Varela escribe: “En el siglo IV de la Iglesia, Potamón Alejandrino estableció un género de Filosofía más libre, en que cada uno buscaba la verdad, sin jurar en las palabras de ningún maestro, y estos filósofos se llamaron eclécticos, porque elegían libremente lo que juzgaban más cierto. Muchos Padres de la Iglesia fueron eclécticos, entre los cuales se cuentan San Ambrosio, San Jerónimo, y con especialidad San Clemente Alejandrino.11

Dentro del carácter propio de su pensamiento, que pudiéramos calificar de asistemático integrador y que tanto nos recuerda la ausencia de compromisos doctrinales, postulada en materias filosóficas por Caballero, Varela, Luz y Martí asimilará, sobre un fondo cristiano, ingredientes sustantivos del estoicismo, el hinduismo, el platonismo, el krausismo, pero esos ingredientes encarnarán en la univocidad de su espíritu heroico, arrastrados por el impulso ascensional de su acción revolucionaria, en el más completo sentido de esta palabra.

3.  Fieles a la formación iluminista, discípulos criollos de Feijóo y Jovellanos, los hombres del Seminario propugnaron el estudio intensivo de las ciencias experimentales. “Caballero –apunta Luz– fue el primero que habló a sus alumnos sobre experimentos y física experimental”.12 “Es indispensable quemarse las cejas en las hornillas y los bufetes”, decía. Nada de esto le pareció inconciliable con la revolución hebreo-cristiana ni con las enseñanzas teológicas de la Iglesia. “En un mismo entendimiento –afirmaba Caballero– puede haber al mismo tiempo acerca del mismo objeto, ciencia, fe y opinión…”.13 En cuanto al padre Varela, de tal modo intensificó esas enseñanzas, que prácticamente vivía en el laboratorio del Seminario, entre los aparatos donados por el obispo De Espada o por el propio Varela construidos, frente al artilugio de los astros girando o entre las chispas, las corrientes, los galvanismos que, según testimonios, por su personal hipersensibilidad, lo estremecían dolorosamente en su sotana de seda negra.

Consecuente con sus maestros, también Luz buscó la conciliación de ciencia y fe. La perspectiva dominante de esa conciliación está patente en el aforismo que la resume: “Las ciencias –ríos caudalosos que conducen al Océano de la Divinidad”.14 Martí dirá lo mismo al final de un apunte en que leemos: “Al estudio del mundo tangible, se ha llamado física; y al estudio del mundo intangible, metafísica. / La exageración de aquella escuela se llama materialismo; y corre con el nombre de espiritualismo, aunque no debe llamarse así, la exageración de la segunda. / Todas las escuelas filosóficas pueden concretarse en estas dos (…) Las dos unidas con la verdad; cada una aislada en sólo parte de la verdad, que cae cuando no se ayude de la otra (…) Por medio de la ciencia se llega a Dios”.15 Años más tarde, en ocasión de la muerte de Darwin, reafirma su criterio conciliador. Admira la grandeza de Darwin como investigador, pero disiente de la orientación exclusiva de su teoría, frente a otras igualmente parciales, por lo que pregunta: “Y ¿es que es loca la ciencia del alma, que cierra los ojos a las leyes del cuerpo que la mueve, la aposenta y la esclaviza, y es loca la ciencia de los cuerpos que niega las leyes del alma radiante…?” Y responde: “La vida es doble. Yerra quien estudia la vida simple”.16 Pero quizá la formulación más plena de estas ideas las encontramos en su ensayo sobre Emerson, en el cual afirma: “Cuando el ciclo de las ciencias esté completo, y sepan cuanto hay que saber, no sabrán más que lo que sabe hoy el espíritu, y sabrán lo que él sabe”.17

4. Dominado por su encendido “amor patrio”, inseparable de su amor solidario a Hispanoamérica, pero a la vez defensor de nuestra insularidad política y espiritual, el padre Varela escribe en El Habanero, además de sólidos análisis de la situación cubana, párrafos que son verdaderas alocuciones revolucionarias, precursoras de los discursos de Martí, como cuando dice: “Compatriotas: salvad una patria cuya suerte está en vuestras manos. ¡Ah! ¿y perecerá en ellas? Echad una sola mirada sobre el futuro, que ya tocamos: no permitáis que vuestro nombre pase con execración a las generaciones venideras. Al que fuere tan débil que aún tema cuando la patria peligra, cuyo temor es ignominia, concédasele la vida en castigo de su crimen; arrastre, sí, una existencia marcada en todo momento con abominación y oprobio. Súfranse estos tímidos, pero reprímanse los que no lo fueron para asesinar la patria siéndolo sólo libertarla. Son nuestros todos los que piensen o por lo menos operen como nosotros, sean de la parte del mundo que fueren. Unión y sincera amistad con ellos. Son enemigos todos los que por cualquier respecto lo fueron de la Patria. Firmeza y decisión para castigarlos. Olvido sobre lo pasado. La generosidad en cada partido, no es ya sólo una virtud moral; es un deber político, cuya infracción convierte al patriota en asesino de su patria. Unión y valor; he aquí las bases de vuestra felicidad”.18

5.  Las circunstancias de la Isla, como sabemos, no estaban maduras para la prédica de Varela, quien al cabo se retiró al ejercicio de su ministerio, a la polémica religiosa y a la composición de sus magistrales Cartas a Elpidio. En total vivió casi 30 años en Estados Unidos, muy ligado a la Iglesia irlandesa de los pobres, que tan dignamente representaría más tarde el padre McGlynn, con quien tanto se identificaría Martí. Su experiencia de aquel país, donde por su virtud y su saber se granjeó el más alto respeto, el cariño y la devoción de sus correligionarios, pero del cual nunca quiso hacerse ciudadano, las numerosas observaciones críticas que hizo de la sociedad norteamericana en las Cartas a Elpidio, lo constituyen también en el verdadero precursor de la experiencia que unos 50 años después, tendría Martí, reflejada en sus crónicas. Si en una de éstas leemos de Estados Unidos: “señor en apariencia de todos los pueblos de la tierra, y en realidad esclavo de todas las pasiones de orden bajo que perturban y pervienten  a los demás pueblos”,19 Varela ya había advertido, contra la opinión generalizada, y adelantándose al espíritu rector de las crónicas martianas, desde 1835: “Siempre se presenta a este pueblo como un modelo de perfección, y aunque yo soy uno de sus admiradores, quisiera igualmente que no se alucinasen muchos y perdiesen la importante lección que la experiencia puede darles en este mismo país que tanto elogian. Los defectos de los grandes hombres siempre han sido el mejor correctivo para enmendar a los medianos: del mismo modo, las imperfecciones de los pueblos adelantados deben servir de antídoto para el veneno que pueda introducirse en otros menos patrióticos”.20

Por todo lo apuntado, y mucho más que pudiera decirse –incluida la enérgica censura que hizo de los errores de su propia iglesia–, el padre Varela fue muy anticipado precursor de la revolución martiana y ejemplo nobilísimo del mejor catolicismo americano, el que se inicia con el sermón de fray Antonio de Montesinos en La Española y prosigue con Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroga, Antonio de Vieyra, Luis Beltrán, Servando Teresa de Mier, Melchor de Talamantes, Miguel Hidalgo, José María Morelos, Mariano Matamoros, Andrés María Rosillo, Idelfonso Escolástico Muñecas, y resurge en nuestros días, desde la inolvidable figura del padre Camilo Torres, en las vanguardias cristianas de América Latina. Pero además de haber sido uno de los fundadores de la nacionalidad y precursor de José Martí, el padre Varela fue, como servidor de su patria, de los pobres y de los marginados, en sí mismo, una preciosa realización humana, cuya vida, obra y espiritualidad debemos conocer a fondo todos los cubanos.

Notas:

* Ensayo publicado en el libro Dos siglos de pensamiento de liberación cubano. Coordinador: Eduardo Torres-Cuevas. Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 2003.

1.- Félix Varela. Obras. Ediciones Imagen Contemporánea-Editorial Cultura Popular, La Habana, 1997, t. II, p. 24.

2.- Ibídem, p. 26.

3.- Ibídem, p. 27.

4.- Enrique D. Dussel, p. 115.

5.- Ibíd., p. 117.

6.- José Martí: O. C., t. 14, p. 399.

7.- He aquí, literalmente, el juicio de Federico Engels en “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”: “La Edad Media era considerada como una simple interrupción de la historia por un estado milenario de barbarie general; los grandes progresos de la Edad Media, la expansión del campo cultural europeo, las grandes naciones de fuerte vitalidad que habían ido formándose unas junto a otras en ese período, los enormes progresos técnicos de los siglos XIV y XV: nada de esto se veía. Este criterio hacía imposible, naturalmente penetrar con una visión racional en la gran concatenación histórica, y así la historia se utilizaba, a lo sumo, como una colección de ejemplos e ilustraciones para uso de filósofos”. (Carlos Marx y Federico Engels: Obras escogidas. Editora Política, La Habana, 1963, t. III, p. 238.)

8.- Félix Varela. Obras, ed. Cit., t. I, p. 69.

9.- José Martí: O. C., t. 21, p. 98.

10.- José Agustín Caballero. Obras, Ediciones Imagen Contemporánea, La Habana, 1999, p. 146.

11.- Félix Varela. Obras, ed. cit., p. 142.

12.- José de la Luz y Caballero: Escritos literarios, 1946, p. 186.

13.- José Agustín Caballero. Obras, ed. cit., p. 156.

14.- José de la Luz y Caballero: Aforismos, 1945, p. 372.

15.- O. C., t. 19, p. 361.

16.- O. C., t. 15, p. 373.

17.- O. C., t. 13, p. 25.

18.- Félix Varela. Obras, ed. cit., t. II, p. 176.

19.- O. C., t. 9, p. 27.

20.- Félix Varela. Obras, ed. cit., t. III. p. 84.

 

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