Zelda Valdés: la cubana que vistió Hollywood

Hace un par de navidades, en medio de la peor situación de salud física y mental de mi vida, conocí en Barcelona a Nancy Deihl, una mujer brillante que imparte “Historia del Traje” en la Universidad de Nueva York. Nancy en sí misma merece una crónica que le debo aún. Es un personaje delicioso, como lo es esa parte de la historia de lo que somos, que ella se conoce al dedillo: a de la ropa que nos ponemos.

Nancy es una conversadora exquisita y una oyente atenta, así que aquella única noche que nos vimos, hablamos todo el rato y me levantó el ánimo del suelo, apartándome por unas horas de mis ideas catastrofistas.

Nancy me regaló un montón de sus propias experiencias y anécdotas sobre la ropa, la moda y la gente que la ha hecho, llevado o comprado desde que el mundo se viste, y también dejó cosas en mi cabeza acerca de la naturaleza humana, sobre las que aún reflexiono y de las que todos los días aprendo un poquito más.

Hace unas semanas me reencontré en la red con Zelda Wynn Valdés, una de las mujeres que me descubrió Nancy Deihl, a quien he de agradecer públicamente una impagable edición de “History of American Dress”, su regalo por mi 50 cumpleaños, una colección de volúmenes que recomiendo, donde se le dedica a Zelda Wynn un capítulo sustancioso y muy completo sobre su vida privada y su paso por el backstage de las grandes estrellas.

Zelda viene al hilo de una foto de conejitas Playboy que publiqué hace unos días mientras buscaba la crónica que escribí entonces, y que gracias a mi amigo Carlos Tasse, he decidido desempolvar para él y para el que la quiera leer.

Hay escasas, repetidas y muy breves biografías disponibles de Zelda Wynn, todas con poca información personal, y enfocadas más en su trabajo profesional como estilista que a su casi inescrutable vida privada. La causa es que Zelda fue una mujer muy celosa de su intimidad, y hermética en cuanto a revelar detalles sobre su origen o sobre cualquier otra cosa relacionada con sus primeros años de vida. Se consideró siempre tan afroamericana como su madre, aunque no hubiera nacido en Norteamérica. Fue también una hija ejemplar, y una incondicional amiga, con un férreo sentido del deber, de la dignidad y del honor que a su entender, debían distinguir a la mujer negra moderna. Lo que ella sentía ser.

Estrellas de todos los colores se pelearon por las creaciones de Zelda Wynn, “la escultora de sirenas”, como la conocían sus clientas, por sus provocadores vestidos ceñidos al cuerpo, “la moda negra que abraza”, como la definió un crítico del Times. Con ellas vistió a buena parte del star system femenino del cine norteamericano a lo largo de 40 años, se convirtió en un modelo a seguir por las mujeres de todas las razas, y un espejo en el que mirarse para la afroamericana independiente y exitosa, gracias y a pesar de la segregación.

Zelda fue la encarnación de una élite discreta de “personajes de color” que abogaron por la “normalidad” con el mundo blanco, aceptando el reto de brillar por sí mismos por sus cualidades y su educación, sin que el color tuviera mucho que ver.

Quizás Zelda no iba errada, porque todas las estrellas y personalidades públicas que vistió conocían sus orígenes a pesar de su empeño en no revelarlo, y terminaron siendo sus amigas íntimas, y ella, la albacea de sus secretos mejor guardados.

Zelda era Wynn, pero no de apellido, sino de segundo nombre, uno muy común entre las mujeres afroamericanas de Pensilvania a principios del siglo XX. Era la tierra de origen de su familia materna, que fue la única que tuvo, porque de su padre habanero apenas supo el nombre y poco más cuando se hizo mayor.

Aborreció desde niña su apellido paterno tan castellano y tan castizo, que añadía al estigma de su color el de un origen hispano al que no sentía pertenecer, y que también aprendió a olvidar, como a su padre mismo. Pero Zelda Wynn nunca se quitó su apellido español de pila pudiendo hacerlo, ni adoptó uno distinto por vía matrimonial porque nunca se casó. Sí tuvo varias parejas de hombres “corrientes”, otro desafío más a los convencionalismos de la época que la hizo aún más notable.

Siempre quiso que se le llamara solo Zelda Wynn, y ese fue el nombre que la puso en boca de leyendas como Mae West, Josephine Baker o Dorothy Dandridge, que dejaron que Zelda vistiera sus cuerpos y guardara el secreto de sus pecados.

Sus padres José Valdés y Ann Barbour se habían conocido en La Habana a mediados de 1902, el año en que el hermano mayor de su madre quiso lanzarse a la conquista del naciente comercio de ropa “al detalle”, en una Cuba que inauguraba una paz futuriblemente duradera. Una atractiva y exuberante república tropical acababa de nacer al amparo de la Unión, y allí comenzaban a posicionarse las marcas comerciales más importantes de Estados Unidos.

A la familia matriarcal de Ann Barbour le fue bien después de la guerra, a pesar de ser un clan de mujeres solas con numerosos hijos, sobrinos y nietos, cuyos padres murieron dignamente en combate, indignamente de cirrosis, o simplemente desaparecieron de sus vidas y de las de sus hijos. Era el panorama que enfrentaban miles de mujeres afroamericanas en Pensilvania inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, apenas comenzado el siglo XX.

Pero aún en ese entorno económicamente precario y especialmente hostil con los negros, la madre de Ann Barbour pudo sacar a flote a toda la familia incluyendo a Zelda y a su hermana Mary Barbour, sobre la base de trabajar duro. La abuela había sido una costurera avezada, curtida en la guerra, que había diseñado y cosido uniformes para el Ejército Confederado, y que luego se labró un prestigio entre las mejores modistas negras de Chambersburg, donde llegó a tener la tienda de modas para mujeres negras más próspera de todo el estado de Pensilvania.

Comenzaban a ponerse entonces de moda en Cuba los ateliers, y las llamadas “Casas de Vestir” que brindaban un servicio exclusivo de ropa a medida a mujeres cubanas de clase media alta. El hermano mayor de Ann Barbour, integrado al negocio familiar, se lanzó a expandir la empresa junto a un socio, abriendo un pequeño atelier en la Habana en la calle Mercaderes, a donde se llevó a su hermana Ann como modista y vendedora.

Pero las cosas debieron torcerse cuando Ann conoció al padre de Zelda, de cuya vida se sabe tan poco como de ese encuentro y de su breve presencia física junto a su hija.

En primer lugar, su nombre exacto no está claro, pues aparece en la inscripción de nacimiento de Zelda Wynn como José E. Valdés Capetillo, mientras en su acta de defunción en La Habana es José Valdés y Valdés. Se sabe que era unos veinte años mayor que Ann, y que vivía en la barriada periférica habanera del Cerro. Por su apellido se intuye que fue con muchas probabilidades un hijo de la Beneficencia, al no tener tampoco familiares vivos, pero llegó a ser uno de los choferes del Presidente de la República. José conoció a Ann en alguna de las recepciones que brindaba el Presidente a los inversores extranjeros, y Ann se enamoró y contrajo matrimonio civil con él en La Habana, en noviembre de 1904. Lo hizo en una discreta ceremonia en un bufete de la calle Lamparilla contra los deseos de su tío y la negativa inútil de su abuela en la lejana Pensilvania, a donde las cartas tardaban tanto en llegar que siempre brindaban la información caducada.

Hay una partida de nacimiento de Zelda en el censo del estado de Pensilvania con una nota al margen especificando: “Already born, checked by verbal transcription from her mother”, aunque Ann Barbour siempre consideró a su hija mayor tan norteamericana como lo fue Mary Barbour, su hija siguiente nacida ya en territorio de los Estados Unidos.

Ann reinscribió a Zelda en el censo de Chambersburg a su regreso a casa, pero no pudo retirarle el apellido del padre ausente y tuvo que conformarse con ubicar su nacimiento el día que tramitó el expediente y en el lugar en el que lo hizo: el 28 de junio de 1905 en la iglesia de Chambersburg, Pensilvania, más de un año después de la fecha natal verdadera de su hija primogénita. Zelda no tendría que añadirle al color de su piel el haber nacido en una república latinoamericana bananera, aunque tuviera que arrastrar siempre consigo el apellido infausto de un padre indolente y desprovisto de amor filial.

En cambio es posible aún encontrar en el Registro Civil de La Habana, una partida de nacimiento a nombre de Zelda Wynn Valdes, “ne. 6 de marzo de 1904 en la Clínica La Covadonga de La Habana, Cuba, hija de Dn. José E. Valdés Capetillo y Dña. Ana Barbour, naturales él de La Habana, Cuba y ella de Chambersburg, Pensilvania, Estados Unidos”.

La Covadonga era a la sazón la joya médica insignia de los asturianos residentes en la Isla, y había sido inaugurada solo escasos años antes, en 1897. A pesar de la exclusividad de sus servicios, solo para naturales blancos o sus descendientes, abrió sus puertas a una mujer norteamericana de raza negra para practicarle un parto asistido con las técnicas más modernas de la época en un país latino.

El promotor y primer director de La Covadonga, Don Manuel del Valle, presidente de la asociación de asturianos de Cuba, había conocido en Pittsburg a una admirable costurera negra que consiguió reinventarse tras la guerra y echar a andar un negocio próspero en Pensilvania, que convirtió en una gran marca. Con frecuencia, aquella modista negra hacía generosas donaciones caritativas a instituciones que apadrinaba Don Manuel, y él quedó impresionado por la integridad y la valentía de esa afroamericana ejemplar. Don Manuel y su esposa cuidaron de su hija Ann en La Habana, y también a Zelda Wynn, aun nonata en el vientre de su madre, hasta que Zelda vino al mundo. La mano invisible de abuela parecía proteger la supervivencia de su nieta, desde la lejana Pensilvania.

A partir de la llegada de Zelda a Estados Unidos, hay muy pocas referencias acerca de los años siguientes en su vida junto a su madre y su abuela. Le gustaba bailar desde muy pequeña y estudió un año de clásico en la Chambersburg Ballet Company, pero tuvo algún problema con las madres de sus compañeras blancas y tuvo que abandonar las clases.

Pero no importaba, porque su vocación verdadera pasaba por su exquisito gusto para crear magníficos trajes de novia y atrevidos vestidos de gala, muchos de los cuales se han hecho icónicos con el paso del tiempo junto a sus mediáticas dueñas, aunque pocas veces hemos puesto cara a la mujer que los creó.

Zelda Wynn ya diseñaba con ocho años vestidos de papel de periódico para sus muñecas, junto a la máquina de coser de su abuela, de la que recibió las técnicas de alta costura más tempranas. Demostró estar tan dotada para el negocio familiar, siendo apenas una adolescente, que comenzó a trabajar en la nueva sastrería de su tío, ya recuperado de la incursión a Cuba.

En 1948, con 38 años, Zelda abrió su primera boutique, “Chez Zelda”, en Nueva York; la primera de su tipo en toda la ciudad, propiedad de una mujer afroamericana. Estaba enclavada en los terrenos que ahora ocupa Washington Heights, en Broadway con la calle 158 Oeste. La acompañó en la aventura empresarial su hermana menor María Barbour, que se encargaba de supervisar cada día personalmente la tienda. Inmediatamente la boutique de Zelda Wynn atrajo a las más elegantes celebridades y a mujeres ricas de todos los ámbitos de la vida.

Zelda terminaría 40 años después en un local diez veces mayor en el centro de Manhattan, en West 57th Street. Aun entonces, ya con 65 años, una edad a la que la mayoría de los diseñadores se han retirado, Zelda respondió al reclamo del Maestro Arthur Mitchell, creador de la primera compañía negra de ballet, para diseñar la ropa de la “puesta de largo” del naciente Teatro de Danza de Harlem.

Gracias a una de sus primeras clientas, la esposa de un líder de una banda negra de swing de los 40, Zelda entró de lleno en el mundo de la farándula. Después vinieron a su atelier Josephine Baker, Marian Anderson, Ella Fitzgerald, Dorothy Dandridge, Joyce Bryant, María Cole, la esposa de Nat, Edna Robinson, la de Sugar Ray, y superestrellas posteriores como Gladys Knight y la diva de la ópera Jessye Norman. También diseñó vestidos para Marlene Dietrich y Mae West, que la consideraba la mejor diseñadora de Hollywood.

Zelda fue cofundadora y presidenta de la NAFAD, la Asociación Nacional de Moda y Complementos, un proyecto de la educadora negra Mary McLeod Bethune. Era un grupo industrial destinado a la promoción de los profesionales negros del diseño, en un momento en que la industria de la moda padecía la misma segregación racial que la sociedad misma.

Zelda se movía en un entorno empresarial blanco, racista, masculino y elitista, muy reticente a reconocer sus logros y proclive a ponerle dificultades en el camino. Pero decía de sí misma: “Dios me ha dado un talento especial para hacer a la gente hermosa y mi obligación es no parar de hacerlo hasta que él me lo permita”. Y porque celebraba la vida, amortajó a su abuela con el primer vestido en tela que había hecho para ella cuando era sólo una niña de 15 años, y que la anciana usó y cuidó con esmero hasta el mismo día de su muerte.

A principios de la década de 1950, la cantante negra Joyce Bryant era una gran estrella en la comunidad negra, y una de las primeras mujeres de color en aparecer en la revista Life. Se le conocía como “La Marilyn Monroe Negra”. Pero a pesar de ser una soprano espectacular, Joyce fue conocida por su atractiva imagen, y esa imagen se la “fabricó” Zelda Wynn. Hay notas de la prensa del momento, en que se dice que “los vestidos de Zelda cambiaron la carrera de Joyce Bryant que antes de vestir sus trajes, llevaba vestiditos bouffant, de corte “dulce” y casi religioso”. Sin embargo, Zelda convenció a Joyce de no seguir ocultando sus curvas, y en cuanto Bryant comenzó a usar sus vestidos ceñidos y escotados, su carrera despegó hacia el estrellato.

El espaldarazo definitivo a su carrera se lo dio Hugh Hefner, que la contrató para diseñar los primeros trajes de conejito de Playboy en la década de 1950, porque en sus palabras, Zelda era “la reina de todo lo descarado, elegante y sexy en ropa de mujer”. Todavía se puede ver la influencia de Zelda en la actualidad de la moda del espectáculo, en la ropa del diseñador Zac Posen.

Zelda nunca se tomó unas vacaciones, era una trabajadora incansable. Después de 82 producciones de ballet, 38 películas y más de 100 espectáculos musicales en 22 países, se había convertido en la matriarca de las diseñadoras de vestuario para las estrellas norteamericanas.

Zelda, la modista cubana de las estrellas, siguió siendo una leyenda viva aun después de sus 83 años, edad con que se retiró, hasta los 93 que cumplió en 2001, la fecha en que se fue para siempre. A sus exequias asistieron lo que más valía y brillaba del espectáculo norteamericano, y Hugh Hefner le dedicó un sentido discurso de despedida, agradeciéndole haber vestido a sus conejitas, y dotar a Playboy de una imagen imperecedera y glamurosa.

Esa es la historia de Zelda Wynn Valdés, la negra habanera que vistió a las grandes estrellas de Hollywood.

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Sobre los autores
Carlos Ferrera Torres 1 Artículo escrito
Arquitecto, (27 de agosto de 1963) escritor y guionista nacido en La Habana, reside en España desde 1993, donde ha desempeñado su labor profesional como guionista de ficción y realitys en productoras de televisión como Magnolia y Zeppelin TV. Ha ...
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